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sábado, 27 de enero de 2018

Las Tres Semanas Precuaresmales

El año litúrgico en el Rito Tridentino

A partir del domingo 28 de este año, en la Liturgia Tridentina se inicia el período penitencial de cuaresma. Extractamos y comentamos desde la Historia de la Liturgia, (Tomo I) por Mario Righetti su explicación: 1
El gran misterio pascual, que forma el centro luminoso en torno al cual gravitó todo el año eclesiástico, comprende desde hace siglos una preparación ascético-litúrgica dividida en tres fases, cada una de las cuales señala una etapa ulterior hacia la fiesta de Pascua.
La primera abarca las tres dominicas 2 de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima. 3
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Las Tres Semanas Precuaresmales. Su uso en Oriente y en el Occidente.
En el uso litúrgico tanto de la Iglesia latina como de la Iglesia griega, se suele anteponer a la Cuaresma un período de tres semanas, las cuales llevan el nombre en orden de tiempo de Septuagésima, Sexagésima y Quincuagésima.
Este apelativo, que se remonta probablemente a la época misma de su institución, puede parecer extraño si se piensa que no indica, como parece, setenta, sesenta, cincuenta días, sino, respectivamente, la novena, la octava y la séptima semanas antes de Pascua. Dada, sin embargo, la predilección medieval por los números redondos, es fácil comprender que los copistas litúrgicos encontrasen natural extender a las tres dominicas instituidas antes de la primera dominica 'in quadragesima' aquella nomenclatura que había sido adoptada por esta última, llamando 'in quinquagesima' a la primera, 'in sexagésima' a la segunda, 'in septuagésima' a la tercera.
Las Causas
¿Cómo se originaron estos tres domingos? Los historiadores enumeran sus causas:
La primera fue el ayuno.
El origen de estas tres semanas suplementarias no es muy cierto; pero hay que buscarla, sin duda, en la diversidad de disciplina vigente en la antigüedad con respecto al ayuno cuaresmal.
Un sermón antes atribuido a San Ambrosio, pero que debe pertenecer a un obispo del siglo V, hace alusión a algunos que no se contentaban con ayunar los cuarenta días, sino que por una miserable vanidad anticipaban la Cuaresma una semana. Estos, observa el escritor, 'dicunt se observare Quinquagesimam, qui forte Quadragesimam complere vix possint'.
La segunda causa indica una imitación a la influencia de la liturgia oriental:
Una costumbre parecida existía en los países cisalpinos, según refiere San Máximo de Turín (+ 450). Estos usos Accidentales eran una repercusión de análogos usos orientales, donde, al decir de Casiano, el añadir una o dos semanas al ayuno cuaresmal era cosa común en los monjes, no tanto por deseo de singularizarse cuanto por mayor rigor de penitencia.
Como en estos países, y Milán se contaba entre éstos en Occidente el sábado no era considerado día de ayuno, así muchos deseaban compensar los seis sábados de la Cuaresma añadiendo una séptima semana.
Después, en algunos lugares en que durante la Cuaresma no se ayunaba ni el sábado ni el jueves, o bien se consideraba la Semana Santa fuera de la cuarentena, eran dos o tres las semanas a compensar; de aquí todavía una Sexagésima y una Septuagésima.
También en Occidente, a ejemplo de los bizantinos, esta más larga preparación al ayuno cuaresmal fue introducida aquí y allá, pero naturalmente sin una disciplina uniforme.
La tercera causa, habla de una costumbre monástica, que lentamente fue adoptada por el resto de la iglesia occidental.
Fue en un principio una devoción privada o de alguna comunidad monástica, después una observancia de particulares provincias eclesiásticas, finalmente entró en el ciclo litúrgico oficial.
Esta tradición fue ocupando el terreno lentamente, y así lo resume este historiador:
De los datos oficiales que conocemos, podremos resumir así las sucesivas etapas históricas de este tiempo:
  • Se comenzó bajo el papa Hilario (461-68) a transformar en días de ayuno completo los semiieiunia, de los antiguos días de estación, el miércoles y viernes antecedente al Caput Quadragesimae, y a dotarles de una misa especial; el jueves y el sábado permanecieron alitúrgicos hasta el siglo VIII.
  • Sucesivamente, como nos consta por Fausto de Rietz (+ entre el 490 y el 495), el ayuno fue extendido a toda la semana de Quincuagésima.
  • En Roma, como justamente opina Morin, la Quincuagésima debió introducirse a principios del siglo VI, bajo el papa Hormisdas (514-523). La regla benedictina (526), sin embargo, no la conoce todavía o al menos no la admite.
  • La Sexagésima aparece algo más tarde; en un principio, para indicar el comienzo de un ayuno particular de los monjes, y después de un período penitencial, también para los fieles. Como tal había ya entrado en la praxis litúrgica de Italia meridional a mitad del siglo VI, porque el Apostolus, de Víctor de Capua (546), y el evangeliario de Lindisfarne, proveniente de Napóles (658), comienzan precisamente con Sexagésima la serie de sus perícopas.
  • La Septuagésima fue la última en añadirse al ciclo de las dominicas precedentes pocos años antes de San Gregorio, para completar, si hemos de creer a Amalario, la cifra simbólica de 70, los años de la cautividad de Babilonia.
Como se ve, el desenvolvimiento litúrgico de este tiempo precuaresmal se efectuó preferentemente en Italia, donde eran más sensibles a las influencias del Oriente, y se realizó poco después de la mitad del siglo VI.
Como toda entrada en la Tradición, la misma tiene su oposición, la cual con el tiempo sede y le abre el espacio requerido:
Es curioso, sin embargo, constatar cómo en las iglesias seculares de rito galicano no se la quiso reconocer. ...
En Roma, por el contrario, las tres semanas precuaresmales eran ya celebradas al final del siglo VI, sino con un ayuno preliminar, al menos con particular solemnidad; esto porque aparecen señaladas a las dominicas importantes estaciones.
Las estaciones. 4
En la primera (Septuagésima) se iba a la basílica de San Lorenzo extramuros: en la segunda (Sexagésima), a San Pablo; en la tercera (Quinquagesima), a San Pedro. El elegir estas iglesias sucedió ciertamente en relación con las circunstancias particulares que en Roma dieron origen a las tres solemnidades estacionales.
Eran por entonces tiempos de tribulación, por las difíciles circunstancias históricas que se atravesaba, esto motivó la redacción de algunos textos:
El P. Grisar lo ha puesto justamente de relieve. Nótese — escribe él — cómo la bella liturgia de estas tres dominicas resuena con gritos en demanda de auxilio de la Iglesia romana, que presupone un tiempo de gran penuria. Ya desde el introito de la misa de la primera dominica (Sept.) parece que se recuerdan días de público peligro: 'Circumdederunt me gemitus mortis, dolores inferni circumdederunt me, et in tribulatione mea invocavi Dominum'... 5
Si el origen de la solemnidad de estas dominicas, o al menos de las dos primeras, va unido al siglo VI, involuntariamente el pensamiento corre a los tiempos de Pelagio I (556-561) y Juan III (561-74), cuando durante la restauración del culto eclesiástico, decaído en la guerra gótica, imprevistas invasiones de bárbaros asolaron duramente Italia; en particular la de los longobardos hizo temer por Roma. Es lícito suponer que los papas, para impetrar la ayuda del cielo, hiciesen celebrar con una estación aquellas tres dominicas en las indicadas iglesias cementeriales de San Lorenzo, San Pablo y San Pedro, dedicadas a los tres más ilustres patronos de la Ciudad Eterna. La estación fue después mantenida cuando el peligro había desaparecido.

La hipótesis de Grisar es confirmada por los antiguos libros litúrgicos romanos. El sacramentario gelasiano en sus varias redacciones contiene oraciones para las misas 'in Septuagésima, in Sexagésima y las Orationes et preces a Quinquagesima usque ad Quadragesimam'.
Es interesante constatar que los textos de las lecturas se mantuvieron inmutables desde esa época:
El leccionario de Wurzburgo menciona las tres dominicas con las mismas epístolas y con los mismos evangelios que recitamos todavía hoy. La colección de homilías de San Gregorio Magno contiene también las pronunciadas por él en tales días en la iglesia estacional y sobre las mismas perícopas evangélicas que se leen todavía en el misal.
...
En cuanto a las perícopas escriturísticas de las misas de este tiempo — y son todavía las mismas que les fueron señaladas en su origen —, las de Sexagésima y Septuagésima no muestran especial relación ni a acontecimientos históricos ni a la Cuaresma inminente, sino que parecen más bien inspirarse en el titular de la iglesia donde tenía lugar la estación.
En la dominica de Septuagésima, con la estación en la basílica del Verano, junto al sepulcro del invicto mártir diácono San Lorenzo, el ecónomo de la Iglesia de Roma, la epístola trae la semejanza del atleta, el cual 'ab ómnibus se abstinet ut corruptibilem coronam accipiat' 6, para inculcar el deber del sufrimiento y de la lucha para ganar la corona eterna, indicada en el dinero, que, según el evangelio del día (parábola de los obreros de la viña, Mt. 20:1-16), será dada como jornal por el Patrón divino a los fieles trabajadores de su mística viña.
En la Sexagésima (estación en San Pablo), la epístola teje con sus mismas palabras la apología y el elogio del gran Apóstol (2 Cor. 11:19-33), mientras en el evangelio (parábola del sembrador, Lc. 8:415) se quiere hacer alusión a su prodigiosa actividad apostólica, por lo cual es llamado 'praedicator veritatis in universo mundo' 7.
Las lecturas, en cambio, de Quincuagésima (estación en San Pedro) fueron probablemente escogidas en vista de la Cuaresma inminente, cuando las dos 'dominicas' precedentes no habían entrado todavía en el ciclo precuaresmal. El evangelio, en efecto (Lc. 18:31-43), nos presenta la predicación de Jesús en torno a su próxima pasión y la curación del ciego de Jericó, símbolo de la humanidad, que siente la extrema necesidad de acercarse a Jesús para obtener la salud.
El prefacio de estas tres dominicas es actualmente el de la Trinidad; pero el sacramentario gregoriano contiene uno propio para la segunda dominica. En particular el de Septuagésima parece aludir al renacimiento primaveral de la naturaleza, que trae a la mente del cristiano el pensamiento de los bienes celestiales.
Nótese también cómo en las misas de Sexagésima y de Quincuagésima comienza la serie de las antífonas 'ad communionem', sacadas de los Salmos según su orden numérico progresivo: 1, 2, 3... (del cual hablaremos en breve). El hecho de que la misa de Septuagésima haya sido excluida, resulta una confirmación de su tardía introducción.
La Despedida del “Alleluia.” Todavía actualmente el tiempo de Septuagésima mantiene su primitiva importancia penitencial, que, excepto el ayuno, de poco lo diferencia de la Cuaresma. Su característica litúrgica más saliente nos es dada con la supresión del Alleluia en la misa y en cualquier parte del oficio hasta Pascua.
Por esto, en las vísperas del sábado antes de Septuagésima, como para saludar al grito de júbilo cristiano que se marcha, se añade tanto al Benedicamus Domino como al Deo gratias un doble Alleluia.
En realidad, el uso primitivo romano, atestiguado por Juan Archicantor, era el de deponer el Alleluia al comienzo de la Cuaresma, como, por lo demás, se hacía en paralelo de la epístola puede haber sido sugerida por el largo camino necesario que tenían que recorrer los fieles para llegar a San Lorenzo, fuera de los muros.
Milán y en la liturgia galicana. Pero con la adopción de las tres dominicas introducidas como progresiva preparación a la Cuaresma, era lógico que la supresión del Alleluia viniese anticipada a la primera de ésas, es decir, a la dominica de Septuagésima.
Con el tiempo se vio que los setenta días que supuestamente abarcaba todo este tiempo hacía referencia a la figura de los setenta años pasados por los hebreos en su cautividad en Babilonia. Ciudad que es figura del poder del pecado y del reino demoníaco que lo sustenta. Y es en estos setenta días que la actividad demoníaca se incrementa, al serle recordado la liberación alcanzada por el sacrificio en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por ello leemos en la Historia de Rghetti:
A hacer esto empujaba, además, una razón mística, recordada ya por Amalario. El explica cómo el tiempo antecedente a la Pascua es figura del destierro sufrido por los judíos en Babilonia lejos de Jerusalén, durante el cual hacían callar los cantos de alegría. Septuagésima representaba precisamente el comienzo simbólico de los setenta años de la cautividad de Babilonia, en el cual, por tanto, debía suprimirse el canto de júbilo cristiano. Y así fue hecho muy probablemente bajo San Gregorio Magno. Pero el desplazamiento llevó consigo otros.
En el Oficio Divino se debió proceder a ciertas adaptaciones:
El Te Deum, himno festivo como ninguno, tuvo que ser substituido al término de los nocturnos por un noveno responsorio; el Alleluia, que normalmente era la antífona de las horas menores, cedió el puesto a antífonas sacadas del texto evangélico de la dominica y compuestas ciertamente por San Gregorio mismo; además, las antífonas de los tres últimos salmos de laudes, que por lo general son aleluyáticas durante el año, fueron reemplazadas por antífonas salmódicas especiales.
Para compensar estas cesiones del Alleluia, Gregorio Magno dispuso, conjetura con buen fundamento Callewaert, — que el oficio nocturno de Septuagésima (vísperas, maitines y laudes) viniese enteramente consagrado a una férvida glorificación del Alleluia. Tota intentio est in ista nocte cantorum — observa ya Amalario — ut magnificent nomen Alleluia.
El oficio se encuentra en los antiguos antifonarios de Compiégne y de Hartker, y quedó en vigor en Roma, según refiere el Ordo Bernhardi, hasta el tiempo de Gregorio VII (1070-1085), el cual lo suprimió, substituyendo nuevos textos a aquellos aleluyáticos y limitando al doble Alleluia de las vísperas de Septuagésima el saludo de despedida.
El oficio aleluyático gregoriano, sin embargo, no desaparece enteramente de la escena litúrgica. Se mantiene todavía en el bajo Medievo en muchas iglesias, las cuales continuaron, a veces también con ceremonias un poco teatrales, celebrando el solemne adiós o, como se decía, su depositio.
Copiamos dos trozos interesantes:
Mane apud nos hodie, alleluia, alleluia; / et crastina die proicíscens, alleluia, alleluia, alleluia; / et dum ortus fuerit dies, / ambulabis vias tuas, alleluia, alleluia, alleluia! (ant. ad Magníficat). 8
Deus, qui nos concedis — alleluia id cantici deducendo solemnia celebrare, da nobis, in aeterna beatitudine cum Sanctis tuis alleluia cantantibus, perpetuum feliciter Alleluia posse decantare. Per Dominum (colecta). 9
Las Lecturas
En las lecturas de Maitines se comienza a leer el libro del Génesis.
Con la dominica de Septuagésima se abre en el oficio nocturno el ciclo de las lecturas escriturales, comenzando con el libro del Génesis, que está en cabeza en el canon de los libros sagrados.
Tal lectura en un principio era universalmente fijada al principio de la Cuaresma con el fin de iniciar a los catecúmenos en el conocimiento de la persona divina de Cristo, en las profecías y en las figuras mesiánicas de los escritos de Moisés. Jesús con los discípulos de Emaús había seguido un método parecido: incipiens a Moyse...
Cuando después se antepuso a la Cuaresma una semana preparatoria (Quincuagésima), también la lectura del Génesis fue anticipada; en efecto, así resulta del arcaico Ordo de San Pedro, que no conoce todavía las otras dos semanas precuaresmales. Introducidas, finalmente, también éstas en la praxis litúrgica, la lectura del primer libro escriturístico fue, sin duda, trasladada a Septuagésima. Esto sucedió probablemente bajo San Gregorio Magno.
A continuación dejamos el final de la primera víspera de Septuagésima, cantada recientemente por los monjes del Monasterio de Barroux.
Comenzamos con la antífona tomada del Génesis 2,16, que hace referencia al precepto divino dado a Adán:
Dijo el Señor a Adán: Del árbol que está en el medio del paraíso no comas: en el momento que lo comas moriréis de muerte.
El texto alude sin lugar a dudas a una de las reflexiones de San Basilio Magno (S.IV) en favor del ayuno: 
(El ayuno) es tan anciano como el primer hombre, porque en el Paraíso se promulgó el ayuno. El precepto primero que tuvo Adán fue éste: Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comeréis. Estas palabras no comeréis expresan una ley rigurosa del ayuno y abstinencia. Si Eva hubiera observado el ayuno del árbol, no tendríamos necesidad del ayuno presente; porque para los sanos no es el médico necesario, sino para los que están enfermos. Por el pecado todos fuimos heridos, y así afanemos por la penitencia: pero es penitencia vana e infructuosa la que no va acompañada con el ayuno. La tierra de maldición no producirá sino espinas y abrojos. Te está mandado que vivas en tristeza, y que no te entregues a las delicias. Satisface pues a Dios con el ayuno.  10
Luego se canta en griego el Kyrie eleison. Christe eleison... (Señor ten piedad de nosotros...)
El Abad reza el Padrenuestro (Pater Noster) y la Oración de Septuagésima:
Te rogamos, Señor, escuches clemente las súplicas de tu pueblo: para que los que somos justamente afligidos por nuestros pecados, seamos librados misericordiosamente por la gloria de tu nombre.
Por último se despide el alleluia en el 'Bendigamos al Señor'. Ya no se dirá hasta Pascua.













1 La misma puede leerse desde este sitio: https://es.scribd.com/doc/254859311/Historia-de-La-Liturgia
2 Latinismo, equivale a domingos.
3 Advertimos que en la reforma de Mons. Bugnini, quien fue expulsado del Vaticano por masón, esta tres semanas pasaron por la guillotina de sus manos quedando en el olvido.
4 Fueron fijadas por el Papa Gregorio I, Magno (574?-604) , dice la Enciclopedia católica: Se reunía con el clero y el pueblo en alguna iglesia previamente elegida y todos juntos iban en procesión a la iglesia de la estación, donde se celebraba la misa y el Papa predicaba.
5 Me cercaron angustias de muerte; dolores de infierno me rodearon: y en mi tribulación invoqué al señor, ...
6...se abstiene de todo para alcanzar la corona corruptible.
7 ...predicador de la verdad en todo el mundo.
8 Aleluya, quédate hoy con nosotros, / y mañana debes irte, Aleluya. / Y cuando llegue el día, / tienes que caminar hacia ti, Aleluya, Aleluya.
9 Lo que sigue es la Oración correspondiente: Dios, que nos concedes celebrar de acuerdo a la solemnidad, el aleluya y sus cantos consiguientes; concédenos poder cantar siempre alegremente el aleluya en la beatitud eterna junto con todos tus santos. Por N.S.J....
10 San Basilio Magno. Homilía I Sobre el Ayuno.

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