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lunes, 27 de julio de 2026

La reforma equivale a división con exponente al infinito (r=d∞)

 

La imaginación de los reformadores del cristianismo no tiene límites, y lo dramático de la misma es que se transforma en materia de fe.

Ya vimos la saga novelística de los mormones. Una novela capaz de generar altos ingresos, gracias a una fe ciega en una narración ficticia.

Ya vimos la novelística católica sobre el rapto, tomada de la influencia de los reformadores que inventaron todo el argumento.

Hoy, algunos prelados se esfuerzan en buscar puntos de unión con los reformadores, cuando ellos por causas bien banales se dividen. División que muta al infinito.

Una de las causas de la división de las sectas reformadoras consiste en la doctrina del rapto, o como la llaman ellos, the rapture.

Para el católico, the rapture, es pura materia de ficción-religiosa, mientras que para las sectas es un puntal de esperanza. No repetiré lo ya escrito en otra ocasión mostrando hasta que punto ridículo han llegado cuando lo afirman; hoy toca mostrar lo ridículo cuando lo niegan.

Si se decía que tot capita tot sententiæ, aquí puede decirse que tot rapta tot sectæ. Veamos lo sucedido.

La escena del rapture, navega en las mejores aguas de la ficción-religiosa, pues ningún autor destacado de los reformadores sabe donde ubicarlo. Esto ya sería un motivo para desconfiar de esta novela y echar al traste el mismo tema.

El reformador que lo ubica antes de la así llamada “great tribulation", y sobre el mismo monta su argumento, lo llaman pretribulacionista. La causa, cuentan ellos, se debe a que Dios es tan bueno que no permitirá que sus seguidores sufran la tribulación. Acaso sea como no permitió los sufrimientos de Jesucristo.

El reformador que lo ubica dentro de la "great tribulation", con todos los pormenores de su argumento, lo llaman tribulacionista.

El reformador que lo ubica después de la “great tribulation", lo llaman postribulacionista.

¿Quién da más?

Todo parece concluido, pero antes de bajar el martillo de este remate, en la oferta del rapture apareció otro comprador, que da un portazo a los pre, in y post tribulacionistas, y dice que el rapture ya se produjo. Como la división es el pan nuestro del reformador, lo llamaron, el preterismo.

¿Quién fue este genio preterista?

Estamos hablando del escocés James Stuart Russell (1816-1895). Su teoría sobre el rapture como hecho consumado, lo sintetizó en un breve folleto llamado The Rapture of the Saints. Es un resumen condensado de sus visiones ideales, de un profetismo que no mira para adelante, sino para atrás. La verdadera novela aparece en su obra The Parousia. Allí nuestro genial novelista, afirma sin dudas, que toda la parusía ya se dio, motivo por el cual, las profecías sobre la misma, son todas cosas del pasado. Así es reformadores, como dice el escocés, Jesucristo ya vino y el rapture ya se dio. Por lo tanto, a otro con todo esta novela.

Para sostener su tesis, debe poner en entredicho toda la tradición cristiana, cuya base se basa en la reforma de todos los tiempos. Para colmo de ridiculez, debe dar un paso más, sembrar dudas sobre la historia, caso contrario su argumento en la novela, caería sin credibilidad.

Comienzo al respecto indicando la forma como demuele la Tradición. Lo hace en el folleto ya mencionado, en un Post Scriptum:

No hay advertencia más necesaria para el estudiante de los 'Orígenes Cristianos' que desconfiar de la Tradición. Es notoriamente un testigo falso y siempre debe ser tratada con sospecha. Nunca su influencia ha sido más dañina que en el cristianismo; y nada aclararía tanto el ambiente como su exclusión total del tribunal.

Nuestro escocés, se ha constituido en juez de la Parusía, pues se ubica dentro de un juicio inapelable. En el tribunal, existe un testigo que es falso, la Tradición. El juez James, padece de enorme miopía, pues no está ante un solo testigo, sino ante millares de testigos de una comunidad, que vieron, lo que él es incapaz de ver a escasos metros dentro de una corte.

¿Pero qué sucede con la Historia Eclesiástica?

Sobre la muerte de los apóstoles, la historia auténtica no sabe absolutamente nada, y muy poco sobre su vida, pero la Tradición lo sabe todo. Sabe cómo, cuándo y dónde perecieron San Pablo y San Pedro; cómo los doce repartieron el mundo como sus diócesis; cómo y dónde la mayoría sufrió martirio. Es especialmente precisa en sus relatos sobre el Apóstol Juan y la Virgen María, la Asunción de esta última y la edad extremadamente avanzada del primero, quien sobrevivió a su baño de aceite hirviendo y levantó la tierra sobre él cuando fue enterrado!

Otro gran problema de este juez, es su gran incapacidad para distinguir la Tradición, de las tradiciones. Algo típico en un reformador, que solo busca simplificar las cosas.

Ahora estamos hablando de historiadores, donde algunos fueron testigos de los hechos. ¿Acaso podemos decir que Flavio Josefo no sabía nada? Con todo, morigera su juicio categórico:

Lamentamos que la historia del sitio de Jerusalén, tal como la registró Tácito, se haya perdido irremediablemente, y si no fuera por el feliz accidente —digamos, o mejor dicho la singular providencia— de que un historiador judío, contemporáneo de los apóstoles y testigo ocular de las agonías de Jerusalén, dejó un detalle completo de ese evento sin igual, nuestro conocimiento sería escaso y fragmentario.

Lamenta la pérdida de una parte de la obra de Tácito en la cual muchos libros se perdieron; y si se perdieron es porque no valían gran cosa. De allí que el escocés no la conoce, y no la conoce porque se perdió. ¿Qué tiene que lamentar si no la conoce? Nadie pierde al Quijote de Cervantes o a una tragedia de Shakespeare. Todo lleva a reconocer que el escocés no sabe mucho, pues afirma tener un conocimiento escaso y fragmentario y es fragmentario porque no apoya su tesis de novela.

A su vez las tradiciones fueron puestas por escrito, por autores, mucho más serios que nuestro escocés. ¿Acaso podemos decir que Eusebio de Cesarea (260-340) y los escritores de los primeros siglos del cristianismo no sabían nada? Existe un dogma expreso entre los reformadores, con el Apocalipsis, se cerró todo escrito de valor. luego se lamentan:

Si tuviéramos una historia cristiana existente, como tenemos una pagana por Tácito y una judía por Josefo, que diera cuenta de lo que ocurrió dentro de esa ciudad dedicada durante ese terrible período de su historia, entonces podríamos seguir más claramente la profecía de los dos testigos. (The Parousia, The Two witnesses. Rev. xi.) 

El tercer paso que dan. consiste en contrastar la Sacra Scriptura con la Tradición, una enfermedad endémica de los reformadores:

A veces uno se siente tentado a pensar que los teólogos y los críticos bíblicos prestan más atención a las charlas más débiles, insensatas e infantiles de la Tradición que al testimonio expreso y auténtico de la revelación divina.

Ya tenemos los tres pasos bien marcados de nuestro testarudo escocés.

1. Tradición falsa.

2. Historia ignorante.

3. Tradición contra Revelación.

Su error principal, consiste en invertir lo que el catolicismo ha conservado por todos los siglos. La Tradición que mantiene intacta la Revelación y la Historia como testigo de todo este proceso.

***

En nuestros días, la estupidez de ciertos católicos se ha manifestado como nunca. Buscan la unidad con aquellos que multiplican al infinito su propia división. Estos insensatos han olvidado el principio surgido en Roma, La Nueva Troya de los reformadores, donde se afirmaba: Divide et impera.

Mientras los romanos buscaban dividir para ordenar el orbe, estos ignorantes hacen todo lo contrario, buscan unir reformadores, a quien ningún católico divide, sino que se lo hacen ellos mismos. ¿Acaso no es un síntoma de error, la misma división? ¿Se puede concebir una insensatez mayor? Solo existe un remedio a este mal reformador:

Volver al tronco del cual se fueron.


lunes, 29 de junio de 2026

La utopía joaquinista

 

    En nuestra entrada anterior, presentamos una simple Kritic a la película de Jordan River. Ahora desarrollaremos muy brevemente las teorías imaginativas de Joaquín de Fiore.

El monje Joaquín introduce una novedad, ya sea esta de concepción como de método.

La concepción se origina en el milenarismo de su época, pues en sus días ya se habían contado los mil años de la era cristiana. Este paso del tiempo inquietaba los ánimos. El monje calabrés no pudo escapar de esta vivencia, de allí que su gran novedad, es el nuevo milenarismo que se aproxima, a tal punto, que ya lo veía ante sus puertas.

Su exégesis

Para adentrarse en el nuevo milenio, se hace necesario efectuar una exégesis que lo haga posible y aquí nace su otra novedad.

Hasta sus días, se daban en la exégesis de los textos sagrados, cuatro sentidos. Tomemos como ejemplo el milagro de las bodas de Caná (Juan 2,1-11). En este texto tenemos un primer sentido, que es el literal: seis tinajas de agua se transforman en vino. El segundo sentido es alegórico, las seis tinajas de agua representan la ley antigua de los hebreos. El vino, responde a la nueva ley de Jesucristo. El tercero es un sentido moral, donde la Virgen María intercede ante su Hijo y los sirvientes obedecen sirviendo agua al maestresala, y la misma se transforma en vino. Por último, en el cuarto hallamos un sentido místico, donde nos encontramos ya de hecho, en una Nueva Alianza entre Dios y el ser humano. Ya no son las bodas de Caná, sino las bodas místicas del Cordero con su Iglesia.

Frente a esto, Joaquín de Fiore instala un quinto sentido que de Lubac llama, el espiritual, el cual no es otra cosa que su intuición personal. Aquí está la ruptura de la tradición y la novedad joaquinista. Este nombre lo toma de Ricardo de San Víctor (1110-1173). Para Ricardo, el agua de las bodas de Caná, se refiere a la «letra» y el vino a la «inteligencia espiritual» (Miscellanea l, 82; PL 177, 517-518). Sin embargo esta inteligencia espiritual de Joaquín difiere con Ricardo, donde la intuición se hace inteligencia.

Para el monje calabrés, las edades de la historia salvífica son cinco. Esta división la toma de San Agustín. El obispo de Hipona ve en las tinajas de piedra el símbolo de las seis edades del mundo, ante las que la venida de Cristo inauguraría una nueva y definitiva.

Si aplicamos a Joaquín dicha alegoría, estaríamos tan solo con cinco tinajas:

Primera, la edad anterior a la ley, «ante legem».

Segunda, el pueblo hebreo bajo la ley, «sub lege».

Tercera, el nuevo pueblo bajo el evangelio, «sub evangelio» o más bien, «sub litterre evangelii».

Cuarta, el pueblo bajo la letra del Nuevo Testamento, «sub litterre novi Testamenti».

Por último, la humanidad en la Nueva Jerusalén, «in patria» o «in manifesta visione Dei».

Como vemos, el número de las tinajas del Evangelio no encaja con la división realizada por Joaquín de Fiore.

Sin embargo, para visualizar su intuición, las cinco tinajas se resumen en tres eras, edades, eones o Testamentos. Esto lo induce a pensar, que cada persona de La Trinidad, toma a su cargo una de ellas. En el Liber Figurarum, lo esquematiza con tres círculos.

El primero es de color verde y responde al Padre. Se inicia en la creación. El mismo se divide en dos. Antes de la ley y bajo la ley.

El segundo es de color azul, representa al Hijo que viene del cielo.

El Tercero es de color rojo, regido por el Espíritu Santo quien es Amor.

Los círculos se entrelazan entre sí y poseen una intersección, para indicar la unidad de naturaleza o esencia entre las tres Personas Trinitarias.

En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán condenó la concepción trinitaria de Joaquín. La condena se basaba en un panfleto contra Pedro Lombardo. Se comprobó que este escrito es apócrifo. Joaquín de Fiore concebía la Trinidad como lo hizo la Tradición. Sus errores están en otra parte.

La novedad del monje calabrés se encuentra en el tercer estado. Éste se produce, pues toma a la letra el Apocalipsis, de modo que se transforma, al modo de ciertas corrientes protestantes de hoy, como una Historia de la Iglesia futura. Sin embargo, no se trata de historiografía ni de filosofía. Estamos ante una fanta-historia.

Esta fantasía histórica lo lleva a concebir el nuevo Testamento como una analogía del Antiguo. O sea que en el Antiguo Testamento no se ha realizado nada que no se tenga que realizar igualmente en el Nuevo. La deducción es simple. El Tercer Testamento, es una analogía de los otros dos y no se realizará nada que no haya sido ya realizado. En el tercer eón ya no habrá letra ni doctores. Solo existirá un Evangelio espiritual que se inscribiría en los corazones de los cristianos contemplativos. Por lo tanto, el clero dejaría de existir porque le daría paso al monacato. Estaríamos ante el «Evangelio eterno», del que habla el libro del Apocalipsis. (Ap 14,6).

Es cuando emerge "otra Iglesia" portadora del "Evangelio en espíritu". A la "Ecclesia clericorum" sucederá la "Ecclesia contemplantium". Para describir esta mutación, toma como analogía la barca de Pedro y la barca de Juan. Hoy la iglesia navega en las dos barcas, pero en el tercer estado, solo la Iglesia navegará solamente en la barca de Juan.

El evangelio del Espíritu no es un nuevo libro, que aporte una nueva letra, sino la inteligencia espiritual de los libros de los dos Testamentos. Es el nuevo cielo abierto del Apocalipsis. Esto hace que nos encontremos con una nueva "religión", libre y espiritual. De este modo todo el Evangelio tiende a convertirse en un proto-evangelio de transición entre un eón y otro.

Con este planteo, se debilita la Iglesia de Cristo para dar paso a la Iglesia del Espíritu. Ya no es que vivimos en un tiempo donde se lleva la doctrina de Jesucristo al mundo para ser bautizado, como lo plantea el final del Evangelio de San Mateo (Mat. 28,18-20), sino que esta etapa caduca ante su intuición. Para la Tradición, esta tercera etapa, tradicionalmente corresponde a la misión ante el mundo para que acepte la revelación. No es una tercera etapa para congeniar con herejes y judíos, como se practica en la actualidad. Una actualidad de una Jerarquía impregnada de un fuerte joaquinismo.

Otra vuelta de tuerca

Para redondear su intuición, inventa el principio de la concordia entre los dos Testamentos. Esta concordia termina por equiparar el Nuevo Testamento al viejo. No existe en el mismo, un salto profundo y cualitativo. El Nuevo Testamento pasaría a ser una letra concordante con la primera, por lo tanto, ambos terminan en la chatura literal. Esto parece concordar con aquellos que opinan que Joaquín poseía ascendencia judía.

La utopía joaquinista

La pregunta sobre el monje calabrés, como un intuitivo iluminado, es preguntarse ante qué nos encontramos. Esto no es Revelación, no es exégesis propiamente dicha, no es espiritualidad y en último caso aplicando recortes en su pensamiento, puede hasta no ser una herejía. A Joaquín no se lo condenó por hereje. Tan solo se condenaron sus opiniones, pues acarreaban una disolución eclesial. ¿Qué es entonces? Simplemente, una hermosa utopía, desencajada de toda Tradición sensata. Fuera de toda realidad circundante.

La era donde transcurrió su vida era dura y llena de problemas. Encontró refugio en el Apocalipsis que estimuló su imaginación desbordante. Su Tercera Edad o Testamento, no es la Jerusalén Celestial que se realiza en la Historia, sino una hermosa utopía irrealizable. Ya el mismo término lo dice todo. Utopía proviene de ου, es decir, no y τοπος o lugar. Es el No-Lugar del futuro. Para llegar a este No-Lugar debe forzar todos los textos sagrados y hacerles decir, lo que él quiere que digan. Este No-Lugar fue el faro de muchos que transitaron por la Historia. En nuestros días, es el No-Lugar del Vaticano II, con el desesperado llamado de Juan XXIII al Espíritu Santo, para que inaugure una Tercera Era, donde católicos, judíos y herejes se cubran bajo las alas del mismo Espíritu.




lunes, 25 de mayo de 2026

La "Kritic" al Concilio Vaticano II ya está abierta, imposible detenerla

 

Luego de medio siglo, la impronta que impuso Juan XXIII con su famoso Concilio, se ve en la actualidad, con mayor claridad. Ya es tiempo de hacer una Kritic objetiva, sin fanatismos ni esquizofrenias.

El tiempo asienta los hechos y desgasta las ilusiones humanas, hasta convertirlas en lo que realmente son. Entonces hoy puede hacerse la pregunta sin ilusiones ni fanatismos: ¿Qué fue realmente el Concilio Vaticano II? Este artículo es tan solo una de las tantas respuestas.

Lo que nunca fue

El Vaticano II no está a la altura del Concilio de Nicea ni el de Trento. Si tuviéramos que elegir una categoría, diríamos que en vez de un Concilio fue un Gigantesco Sínodo, de tono espectacular. Las preguntas que se hacen sobre el mismo en la actualidad, son muchas.

¿Fue el Vaticano II un Concilio dogmático?

No figuran en sus escritos dogma alguno. Esto hace que en sí mismo el Vaticano II, no es ni será materia de fe. Por el contrario, todos sus escritos son opinables. Pues así como los prelados afirman que las manifestaciones místicas no son obligatorias para la fe, así las manifestaciones del Vaticano II lo son mucho menos.

Por supuesto, están los fanáticos que lo inscriben en el símbolo de la fe, como si rezáramos:

Creo en la resurrección de la carne, en la vida perdurable y en el Concilio Vaticano II.

Lamentable para los fanáticos (que no son pocos), el Vaticano II no puede, ni en sueños, figurar como materia dogmática.

La irrupción de la praxis

En la apertura de este “Concilio”, se vivía en un ambiente muy particular. Era la moda, donde los dogmas no importaban a nadie. Lo importante era la praxis, y esta se disfrazó de pastoral.

El siglo XX fue considerado el siglo de la técnica, esto dio paso a profundizar la ciencia que lo hiciera posible.

Era la tan mentada praxis, que ni el mismo marxismo, altamente teórico, pudo eludir. ¿A quién le importaba el materialismo dialéctico? Lo importante era que los ricos intelectuales tomasen el poder en nombre de una clase obrera, la cual solo conocían en los libros de los supuestos filósofos, que decían descifrar la Historia.

Este mismo fenómeno se dio en el ámbito religioso. Se debía crear una ciencia de la aplicación de la teoría dogmática, y esta se dio en la pastoral.

Así del eje teórico, se pasó al eje práctico y concreto. Del eje dogmático, al eje pastoral.

Decadencia intelectual

Con el andar del tiempo, se buscaron obispos que fuesen pastorales. Lo graficó uno de ellos con su famosa definición: Tener olor a oveja.

La teoría teológica fue opacada por el éxito de la acción. El Vaticano II fue consecuente con esta tendencia, y muchos lo llamaron el Concilio Pastoral, o sea, no un Concilio teórico, sino mas bien enfrascado en la praxis.

La consecuencia fue inevitable. Se nombraron muchos obispos que no sabían nada, con sacerdotes subordinados que sabían mucho menos. Toda una señal, para que acaten las normas de un superior sin cuestionar, ni murmurar y mucho menos criticar. Toda una situación que habla de gruesas falencias. El obispo cree tener el poder absoluto, ¿pero qué se hace cuándo el poder se les escapa de las manos?

La obediencia dictatorial, fue la ley suprema luego del Vaticano II. ¿Pero qué hacer con los que la cuestionan e incomodan?

Se vivía en una era, donde cuestionar acciones y mandatos era motivo suficiente para ser tachado de cisma. Era la pregunta que cuestionaba la acción en el Salmo 61:

¿Hasta cuando arremeteréis contra un hombre todos juntos, para derribarlo, como a una pared que cede o a una tapia ruinosa?

Con esta mentalidad, se cerró el Vaticano II.

Lo que fue

El Vaticano II fue una novedad y como toda novedad, no se puede tener un mismo criterio que sea aceptado por todos. Medio siglo pasado de su cierre, es poca cosa, pero el tiempo nos ha mostrado ciertos perfiles que se pueden agrandar con el paso de los años.

Hoy si alguien afirmara que el Vaticano II fue infalible, estaría impregnado de esquizofrenia. Sus mismos textos fueron redactados a las apuradas, conteniendo contradicciones evidentes que fueron muy mal disimuladas. No existe un pensamiento único en su redacción, sino un conglomerado de ideas que buscan alguien que les dé una unidad de pensamiento.

El Vaticano II buscó fijar objetivos, dado que algunos influenciados por las logias, los cuales eran sus agentes encubiertos, creyeron llegado el momento de poner sobre la mesa, ciertos temas que los afectaban.

Se debía arrimar posiciones hacia la masonería que impregnaba el mundo occidental. En dicha época ninguno pensaba que se pudiese llegar a una Religión Universal, pero sí que se abriese un camino que pudiera hacerlo posible. El ecumenismo fue la lógica respuesta a esta urgente necesidad de las distintas logias. Su meta era la religión universal que Bergoglio propició. Fue uno de sus objetivos encubiertos. La masonería vería con buenos ojos un papado sujeto a ella, como pontífice supremo de la religión universal. Esta idea ya no es un secreto para nadie y lo vemos en la actualidad.

El tiempo había dad0 a las logias un baño de realismo, y lentamente se percataron que eliminar la Iglesia era imposible; pero torcer su rumbo, era más potable. Se trataba de abrir una brecha mínima, y que el tiempo la fuese ampliando. El Vaticano II fue el encargado de abrir esta grieta por donde se filtró “el humo de Satanás”.

Las metas conciliares las fijó el papado de entonces. Actualización y ecumenismo. Para alcanzar dichas metas objetivas, era todo cuestión de fijar normas de conducta. Las mismas recayeron en gran parte sobre los obispos, cuya preparación ya expusimos.

¿Dónde estuvo el Espíritu Santo en el Vaticano II?

Alguien se preguntará cuál es la función del Espíritu Santo en todo esto. El Vaticano II puede dictar normas, ya que éstas no pueden tomar el carácter de leyes, dado que las leyes se basan en la costumbre. Aquí se buscaba con las normas, establecer costumbres nuevas. Fue lo que interpretaron sus seguidores cuando pregonaban un Espíritu del Concilio. Era el espíritu romántico de Herder y Hegel.

El sentido común

Si la ley del Derecho Canónico se basa en la costumbre, la norma en cambio se basa en el sensus communis naturæ. Un sentido que es común en el resto de los sentidos, dado que los unifica a todos. Es la conciencia de los sentidos, que hace aplicar una norma en el actuar, como algo evidente. Por lo tanto el sentido común aprehende la norma y la hace una práctica coherente. Por tanto el sensus communis establece una Kritic que lo hace universal.

Cuando se pasa al ámbito de la fe, el sensus communis naturae se transforma en “sensus fidei”. O sea el sentido común sobre la fe.

Cuando el papado de mitad del siglo XX, planteó un aggiornamento junto a un ecumenismo, se daba por descartado, que tanto el uno como el otro, implicaban costumbres nuevas, y estas en muchos casos, se ponían en manos de los obispos. Obispos cuya mayoría crecería con severas falencias teológicas.

Lo humano, lo divino y lo demoníaco

Tener sensus communis naturæ no pasa por el Espíritu Santo, sino por la lucidez o torpeza humana. En el ámbito del sensus fidei, tenemos tanto lúcidos como torpes. En esta torpeza se encuentra la naturaleza humana dañada y sostenida por el mismísimo demonio. Por su parte la lucidez, como la luz en el actuar, es de naturaleza divina:

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. (Sant. 1,17)

De este modo, la torpeza e insensatez, se transforma en escándalo. Bailar en una función religiosa, es mostrar perfecta locura. Su remedio es conocer la teoría dogmática que es la que fija la lógica de la cordura.

Los escándalos inevitables

La teoría que cedió al pastoralismo buscaba congraciarse con la época. Esto nos proporcionó grandes desubicaciones, las cuales cayeron en el escándalo general. Este escándalo llegó al papado. Bergoglio, fue un perfecto desequilibrado. Hacía tiempo que había perdido la cordura. Ni los psiquiatras pudieron llamarlo a la sensatez. Astutamente aprendió a cubrir sus falencias con un manto de piedad. Era el ejemplo viviente del típico hombre que pregona la teología protestante. Este porteño resentido, odiaba la teología, la cual pudo haber sido su salvación. Su desarrollo dialéctico fue su propia carta de defunción.

El Espíritu Santo nos da su luz, pero si elegimos las tinieblas del mundo, ya nada puede hacer.

La irrupción de la realidad

La normativa que apuntalaba los contradictorios objetivos conciliares, se basaba en la realidad de mitad del siglo XX. En la guerra, no se dan dos batallas iguales, pues el escenario siempre es distinto. Lo mismo pasa en el ámbito religioso normativo. La norma fija una conducta, pero su aplicación nunca será la misma. Aquí radica lo defectuoso de un costoso Concilio, realizado para lo fútil, pues tan solo pasada una década, la misma realidad lo podía dejar obsoleto. Y si vamos hacia un siglo, es mejor olvidarse que esgrimir sus normas.

La caída moral

La realidad mutó en obsoletas las normas conciliares.

La ignorancia de la teología llevó a la caída moral. La caída moral llevó a un amor por el mundo. El amor por el mundo llevó a la pérdida del sensus fidei. La pérdida del sensus fidei llevó a la pérdida del sensus communis naturæ. La pérdida del sensus communis naturæ llevó a las locuras y escándalos que vemos hoy en día.

De este modo, los obispos que elevaron hasta las nubes el Concilio, son los mismos que quedaron atrapados en su propia trampa.




lunes, 11 de mayo de 2026

Una Kritik parcial al diálogo luterano-católico

 

El Vaticano II fue el impulsor del diálogo con los herejes. Basados en un acuerdo entre Luteranos y Católicos, firmado en Estados Unidos en el año 1983, se reúnen luteranos y católicos en Augsburgo y firman una Declaración  Conjunta sobre la doctrina de la justificación. Los firmantes son el cardenal Cassidy por la Santa Sede y el obispo luterano Christian Krause.

En el diálogo con el luteranismo, la institución de la Iglesia Católica dejó de ser la Maestra. Se bajó un escalón para ponerse en igualdad de condiciones con el luteranismo. Lo dicen con toda sinceridad por escrito. Por ello notamos:

1. No se cuestionan las cúpulas que dirigen

La Maestra Universal, o sea Católica, no cuestiona la autoridad de la cúpula luterana, si la cuestionara, el diálogo cae por su propio peso:

...la Iglesia Católica no pretende poner en cuestión la autoridad de los Sínodos Luteranos o de la Federación Luterana Mundial.

2. Llegó la igualdad entre católicos y luteranos

La Maestra Universal, o sea Católica, se puso a la par de la herejía luterana, llamándose en este diálogo par cum pari. Se habla de igualdad de “derechos”. O sea igualdad de luces. A otro con el antagonismo de Luz y Tinieblas. Más aún, aquí no se trata de Luz.

La Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial iniciaron el diálogo y lo han llevado a cabo como partes con iguales derechos («par cum pari»).

3. Quedan sin efecto los anatemas

Este es un acuerdo de cúpulas. Y para ser más preciso, un acuerdo diplomático, por ello el Anexo al Comunicado oficial común que resume la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación por la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica se inicia de este modo:

Las siguientes elucidaciones subrayan el consenso alcanzado en la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (DJ) con referencia a las verdades básicas de la justificación; así se pone en claro que las condenas mutuas de los tiempos pasados no se aplican a las doctrinas católica y luterana sobre la justificación tal como estas son presentadas en la Declaración conjunta.

Como se puede apreciar, estas declaraciones del acuerdo, así como están redactadas, no están sujetas al anatema.

4. No se cuestiona la “Kultur” de nadie

Hoy se ha cristalizado un concepto de “cultura” que intenta decir todo, y por momentos no dice nada. Es lo que Herder interpretaba como la Kultur de los pueblos. Un espíritu viviente que buscaba su integración universal. Es el Volkgeist.

Los famosos documentos de Malinas, que abren la puerta al pentecostalismo, para bautizarlo de católico, hablan de culturas diferentes, en vez de religiones diferentes. Hablan de la Frömmigkeit, la piedad religiosa. La misma que vemos en las cúpulas tanto vaticana como anglicana. Las mismas que llevan al esperpento. Las mismas donde un papa “aplaude” groseramente a una papisa. Esta es la forma elegida para anular la Kultur con su correspondiente Frömmigkeit. La misma donde se concentran los dialogantes de este acuerdo del 31 de octubre de 1999 en Augsburgo, en igualdad de condiciones. Toda una mentira, pues de iguales no tienen nada. Es tan solo una ficción ideológica.

No obstante las diferentes concepciones acerca de la autoridad en la Iglesia, cada parte respeta el proceso propio de la otra para alcanzar las decisiones doctrinales.

5. Estamos en proceso evolutivo

Nótese que se habla de un proceso, tanto para los católicos como para los luteranos. Estando Wálter Kasper en este diálogo, no podía ser de otro modo. Es el proceso evolutivo de Herder, o tal vez de Hegel, donde la Kultur romántica del Volkgeist se integrará en un solo espíritu unificador al fin de los tiempos. El acuerdo lleva el sello Kásper.

6. Un acuerdo tan solo conceptual

Así se llega al acuerdo concreto, por el cual el anglicano Tony Palmer, antes de su fatal accidente en moto dirá a los pentecostales:

―La protesta terminó.

7. Algunas ideas del acuerdo

¿En qué consiste el acuerdo?

«Juntos confesamos: "Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras» (DJ 15).

Un acuerdo muy superficial, pues se toma de estas citas paulinas:

No por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, nos salvó mediante el baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo. (Tito 3,5)

Y la esperanza no quedará confundida, pues el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado. (Rom 5,5)

El problema está en la Kultur y esta establece el alcance que cada término pueda llegar a tener, cosa que no se dice, pues no estamos en el campo de la fe, sino de la diplomacia. Veamos algunos términos:

a. Somos aceptados por Dios. 

No se dice en qué momento de la vida del hombre. Este se inicia en el bautismo, pero termina en la muerte, y en ella podemos no ser aceptados. El misterio humano, no es solo como se inicia sino como termina. Por su redacción posterior, interpretamos que es una aceptación amplia cuando se dice:

En este sentido, Luteranos y Católicos pueden entender juntos lo que se ha dicho acerca de «preservar la gracia» en DJ 38 y 39. Ciertamente, «todo lo que en el ser humano antecede o sucede al libre don de la fe no es motivo de justificación ni la obtiene» (DJ 25).

La aceptación o el παρἱστάς es el primer paso, pero cual es el fin último del hombre cristiano? Entendemos desde una ortodoxia, que consiste en un proceso espiritual que lleva a la divinización. Cristo es la vid, el cristiano es el sarmiento donde ambos dan frutos de “buenas obras”. Este concepto de divinización, no por naturaleza, sino por medio de la Gracia, puede horrorizar la mente protestante, dado que el hombre es tan depravado, que dicha divinización por gracia, se hace imposible.

b. El Espíritu Santo que renueva nuestros corazones. 

Como síntesis es aceptable, pero si profundizamos, vemos que se ha quedado a mitad de camino. Renovar, es hacerlo nuevo, es una transformación. Es lo que San Pablo nos insinúa:

No por las obras justas que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, nos salvó mediante el baño de regeneración y renovación del Espíritu Santo, que abundantemente derramó sobre nosotros por Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos herederos, según nuestra esperanza, de la vida eterna. (Tito 3,5-7)

Es el concepto de palingenesia (παλιγγενεσίας) o regeneración. Esta palingenesia lleva a otro ser nuevo. Es la ἀνακαινώσεως.

Ya el ser depravado no tiene cabida real, pues se transforma en ἀνα, es decir, otra vez y hacia arriba, junto con el καινός. O sea, algo totalmente nuevo. Todo implica una metamorfosis del pensamiento (μεταμορφοῦσθε τῇ ἀνακαινώσει τοῦ νοος):

Que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que es agradable, lo que es perfecto. (Romanos 12)

***

¿Se luteranizó el catolicismo o se catolizó el luteranismo? 

Ninguna de las dos cosas. Tan solo se llegó a un acuerdo diplomático, para que cada uno siga con lo suyo, sin tirar piedras al techo del vecino. O sea, se seguirá como siempre, pero con relaciones más amistosas. De este acuerdo el catolicismo no enseña al luterano, y el luterano no adoctrina al católico. Fue una ocasión donde después de varios siglos, cada uno expuso libremente lo que pensaba del otro y el luteranismo, mostró su avance sobre las tesis originales de Lutero. 

Este acuerdo unificó al luteranismo y muchas iglesias de reformadores, lo suscribieron. En 2006 lo hizo el metodismo, y en 2017 la Comunión Anglicana y la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas. Por su parte, la Pentecostal Church of God expone los mismos conceptos del acuerdo en su General Bylaws 2020.




lunes, 27 de abril de 2026

El absurdo de la "SOLA FIDES"

 



El nominalismo moderno, cambió el término de pentecostalismo al de carismatismo. Como diría mi vecina, el mismo perro, pero con otro collar.

Todo pentecostalismo o carismatismo es de origen romántico, y si es romántico es de sangre luterana mezclada con la de Göethe.

El drama del protestantismo, es confundir la posibilidad de una justificación, con la justificación misma. Una cosa es que se pueda salvar, otra que realmente se haya salvado. Quien aprende a nadar, puede no ahogarse; pero si cae al agua y no nada, se ahoga. Este es el motivo por el cual el Símbolo de Nicea afirma creer en un solo bautismo, y aclara, para el perdón de los pecados. Para bautizarse solo se requiere tener fe, para justificarse se requieren obras. Es la regeneración de la naturaleza humana, pero si la nueva naturaleza no combate, no se actualiza dicha regeneración.

Por esta confusión del traumatizado Lutero, no existe en los reformadores, un equilibrio coherente entre el pensar y el actuar. Es la fisura entre la fe y las obras. Esta rotura produce dos casos realmente extremos.

1. Un luteranismo absoluto que se sustenta de fe, pero las obras pasan a un segundo plano, pues no son necesarias para justificarse, dado que todo lo hace Jesucristo. Sería la sola fides.

2. Un luteranismo goethiano, donde la acción pasa a regir la fe y en este caso no importan las doctrinas sino el actuar, y este viene del hombre. Este es un luteranismo a la inversa, no importa la fe, solo importan las obras. Sería la sola actio.

Cuando se llega a este tema siempre me ha llamado la atención entre los reformadores de todo tipo, la ausencia de la Carta de Santiago, que trata sobre la fe y las obras:

¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? ...

Así también la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta. Mas dirá alguno: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. Mas también los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? ... (2,14.17-20)

La metáfora sobre el cuerpo humano, donde la fe es el alma y las obras son el cuerpo, es lo más acertado que se ha escrito:

Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también es muerta la fe sin las obras. (2,26)

Aquí se manifiesta la unidad indisoluble entre fe y obras. La fe como alma y las obras como el cuerpo que las ejecuta.

¿Cuál es la causa de que estos textos no se expongan por parte de los reformadores?

El luteranismo es tan viejo como la herejía misma. Desligar la fe de las obras fue algo que ya en vida de Santiago, el pariente directo de Jesucristo, comenzó a circular en determinados círculos, y al modo de Lutero. La excusa era seguir a Pablo de Tarso, por esto algunos modernos lo llaman el paulismo. Contra esta tendencia se alza la carta, desvirtuando esta falsa interpretación.

Lutero, al toparse con este escrito se puso algo nervioso y lo llamó “epístola de paja”. En la carta, el apóstol no se propone desarrollar una teoría, sino que apunta directamente a la forma de actuar, llamándola fe. Esto enloqueció a Lutero, quien la admitió en su “Biblia”, a regañadientes. Siempre la consideró un escrito casi apócrifo, negando que Santiago fuese su autor.

En sí misma, la carta está redactada en un perfecto griego. No se vislumbran arameismos en el lenguaje, como sí los vemos en Mateo y Juan. No se debe olvidar, que Santiago, no sabía griego, y me aventuro a decir, que ni siquiera había estudiado letras, motivo por el cual no sabía leer ni escribir, como en la mayoría de los apóstoles. La forma de redactar todas las cartas casi sin excepción, era mediante un dictado, donde no uno, sino varios amanuenses tomaban nota. Al mismo tiempo, siendo la carta enviada “a las doce tribus, que están en la dispersión” revela dos cosas. Primero, que el autor piensa como israelita, y segundo que si no la escribe en griego, nadie la leerá, pues es el idioma cultural de todo el imperio romano. El arameo que hablaba esta cabeza del cristianismo en Jerusalén, es solo para la comarca palestina.

Burda contradicción entre reformadores

Hemos visto que el primer acto de fe que hace la Pentecostal Church of God, es sobre la Escritura. Sin embargo, este fetiche no es para toda la escritura, pues para ellos, una pesa más que la otra. La carta de Santiago no pesa nada, es una obra de escritura que duerme en un segundo plano. En otras palabras, no es un fetiche. En realidad, no es nada.

Por lo tanto cuando nos hablan de valores absolutos y ponen la Escritura en primer término, ya sabemos que esto es una hipocresía. Es como en el paganismo griego. Existen dioses superiores como Zeus y dioses inferiores como Hércules. Aquí ocurre algo similar. Existen fetiches superiores como Pablo y Juan, y fetiches menores, como Santiago y el Apocalipsis.

No toda la escritura es igual para un reformador, si así fuese, implosionaría toda la Reforma en conjunto. Por ello eligen y vociferan lo que les gusta, y callan lo que los acusa.

¿Qué posición toma la Pentecostal Church of God frente este panorama?

Esto se declara en el punto tercero de la SECTION I - “ESSENTIAL VALUES”, en su ARTICLE I sobre la Doctrinal Statement encara el problema del hombre:

Man, His Fall and Redemption.

Como lo dice el título, primero está el hombre, luego viene su redención. Se habla de la caída original del hombre y de su redención.

El hombre es un agente moral libre y puede, en cualquier momento después de la experiencia del nuevo nacimiento, apartarse de Dios y morir en estado de pecado, enfrentando las consecuencias del infierno (2 Pedro 2:20-22).

En este punto destaco la diferencia con los semi-reformados del revival del Vaticano II, donde muchos no creen en el infierno, tal como lo dio a entender el hereje Bergoglio.

Y continúa en la segunda parte con el His Fall and Redemption:

La salvación es un don de Dios para el hombre, independiente de las obras y de la Ley, y se hace efectiva por gracia mediante la fe en Jesucristo, produciendo obras aceptables a Dios (Efesios 2:8).

Los pentecostales comienzan con la concepción del evangelio de Göethe en su descripción acertada sobre la condición humana, pero no pueden desligarse de la tradición luterana. Ellos, los enemigos de la Tradición, siguen la tradición de un monje desequilibrado. Por lo tanto se vuelcan decididamente hacia el primer caso, dentro del luteranismo absoluto.

De hecho, la cita de Efesios, es un poco más amplia, abarca el versículo 8 y 9:

8. Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios;

9. no viene de las obras, para que nadie se gloríe.

Si se le quita el versículo 9, nos sacamos la máscara y llegamos al luteranismo absoluto, donde las obras quedan de lado.

Es curioso que se inicien con las obras y terminen con la fe, cuando dentro del catolicismo nos iniciamos con la fe y terminamos con las obras. De todos modos, ya es un gran paso para salir de la contradicción que plantea Lutero. Más concretamente, Lutero es un desconocido para este documento de la Pentecostal Church of God.

El tema de la justificación

La doctrina católica de la justificación fue redactada por el Concilio de Trento (1545-1563) y llevó varios meses de elaboración. Quien la expone, es Diego Láinez. Este sucesor de San Ignacio de Loyola, era de ascendencia sefaradí, algo que los sajones con su israelismo británico, quedaron atragantados frente a este caso. Un judío hecho jesuita elabora la doctrina contra la tesis sustentada por Lutero acerca de la justificación por la sola fides. Y para colmo de males, es español.

Su discurso se conserva íntegro, y así lo transcribe Jorge de Maetzu:

Se le ocurrió pensar en un Rey que ofrecía una joya a aquel guerrero que venciese un torneo. Y sale el hijo del Rey y dice a uno de los que aspiran a la joya:

Tú no necesitas sino creer en mí. Yo pelearé, y si tú crees en mí con toda tu alma, yo ganaré la pelea.

A otro de los concursantes el hijo del Rey le dice:

Te daré unas armas y un caballo; tú luchas, acuérdate de mí, y al término de la pelea yo acudiré en tu auxilio.

Pero al tercero de los aspirantes a la joya le dice:

¿Quieres ganar? Te voy a dar unas armas y un caballo excelentes, magníficos; pero tú tienes que pelear con toda tu alma.

La primera, naturalmente, es la doctrina del protestantismo: todo lo hacen los méritos de Cristo. La tercera es la del Catolicismo: las armas son excelentes, la redención de Cristo es arma inmejorable, los Sacramentos de la Iglesia son magníficos; pero, además, hay que pelear con toda el alma; ésta es la doctrina tradicional de nuestra Iglesia. La segunda: la del aspirante al premio a quien se dice que tiene que pelear, pero que no necesitará esforzarse demasiado, porque al fin vendrá un auxilio externo que le dará la victoria, al parecer honra mucho los méritos de Nuestro Señor, pero en realidad deprime lo mismo el valor de la Redención que el de la voluntad humana. 1

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Concretamente, para el católico la fe se demuestra por las obras. Por lo tanto, los depravados del revival del Vaticano II que cayeron en abominables vicios, carecen de fe, y su fe es muerta. Es preferible la fe de un pentecostal honesto, a la fe de estos depravados que actúan contra las leyes de la naturaleza.

Por lo tanto, no solo las obras demuestran la fe, sino ordenarse con las leyes de la naturaleza impuestas por la creación. Por consiguiente, todo ecumenismo con los depravados del revival del Vaticano II es imposible. Y toda vida comunitaria con estos degenerados, es inadmisible.

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1 Ramiro de Maeztu. Defensa de la Hispanidad. Págs. 112-113.