La imaginación de los reformadores del cristianismo no tiene límites, y lo dramático de la misma es que se transforma en materia de fe.
Ya vimos la saga novelística de los mormones. Una novela capaz de generar altos ingresos, gracias a una fe ciega en una narración ficticia.
Ya vimos la novelística católica sobre el rapto, tomada de la influencia de los reformadores que inventaron todo el argumento.
Hoy, algunos prelados se esfuerzan en buscar puntos de unión con los reformadores, cuando ellos por causas bien banales se dividen. División que muta al infinito.
Una de las causas de la división de las sectas reformadoras consiste en la doctrina del rapto, o como la llaman ellos, the rapture.
Para el católico, the rapture, es pura materia de ficción-religiosa, mientras que para las sectas es un puntal de esperanza. No repetiré lo ya escrito en otra ocasión mostrando hasta que punto ridículo han llegado cuando lo afirman; hoy toca mostrar lo ridículo cuando lo niegan.
Si se decía que tot capita tot sententiæ, aquí puede decirse que tot rapta tot sectæ. Veamos lo sucedido.
La escena del rapture, navega en las mejores aguas de la ficción-religiosa, pues ningún autor destacado de los reformadores sabe donde ubicarlo. Esto ya sería un motivo para desconfiar de esta novela y echar al traste el mismo tema.
El reformador que lo ubica antes de la así llamada “great tribulation", y sobre el mismo monta su argumento, lo llaman pretribulacionista. La causa, cuentan ellos, se debe a que Dios es tan bueno que no permitirá que sus seguidores sufran la tribulación. Acaso sea como no permitió los sufrimientos de Jesucristo.
El reformador que lo ubica dentro de la "great tribulation", con todos los pormenores de su argumento, lo llaman tribulacionista.
El reformador que lo ubica después de la “great tribulation", lo llaman postribulacionista.
¿Quién da más?
Todo parece concluido, pero antes de bajar el martillo de este remate, en la oferta del rapture apareció otro comprador, que da un portazo a los pre, in y post tribulacionistas, y dice que el rapture ya se produjo. Como la división es el pan nuestro del reformador, lo llamaron, el preterismo.
¿Quién fue este genio preterista?
Estamos hablando del escocés James Stuart Russell (1816-1895). Su teoría sobre el rapture como hecho consumado, lo sintetizó en un breve folleto llamado The Rapture of the Saints. Es un resumen condensado de sus visiones ideales, de un profetismo que no mira para adelante, sino para atrás. La verdadera novela aparece en su obra The Parousia. Allí nuestro genial novelista, afirma sin dudas, que toda la parusía ya se dio, motivo por el cual, las profecías sobre la misma, son todas cosas del pasado. Así es reformadores, como dice el escocés, Jesucristo ya vino y el rapture ya se dio. Por lo tanto, a otro con todo esta novela.
Para sostener su tesis, debe poner en entredicho toda la tradición cristiana, cuya base se basa en la reforma de todos los tiempos. Para colmo de ridiculez, debe dar un paso más, sembrar dudas sobre la historia, caso contrario su argumento en la novela, caería sin credibilidad.
Comienzo al respecto indicando la forma como demuele la Tradición. Lo hace en el folleto ya mencionado, en un Post Scriptum:
No hay advertencia más necesaria para el estudiante de los 'Orígenes Cristianos' que desconfiar de la Tradición. Es notoriamente un testigo falso y siempre debe ser tratada con sospecha. Nunca su influencia ha sido más dañina que en el cristianismo; y nada aclararía tanto el ambiente como su exclusión total del tribunal.
Nuestro escocés, se ha constituido en juez de la Parusía, pues se ubica dentro de un juicio inapelable. En el tribunal, existe un testigo que es falso, la Tradición. El juez James, padece de enorme miopía, pues no está ante un solo testigo, sino ante millares de testigos de una comunidad, que vieron, lo que él es incapaz de ver a escasos metros dentro de una corte.
¿Pero qué sucede con la Historia Eclesiástica?
Sobre la muerte de los apóstoles, la historia auténtica no sabe absolutamente nada, y muy poco sobre su vida, pero la Tradición lo sabe todo. Sabe cómo, cuándo y dónde perecieron San Pablo y San Pedro; cómo los doce repartieron el mundo como sus diócesis; cómo y dónde la mayoría sufrió martirio. Es especialmente precisa en sus relatos sobre el Apóstol Juan y la Virgen María, la Asunción de esta última y la edad extremadamente avanzada del primero, quien sobrevivió a su baño de aceite hirviendo y levantó la tierra sobre él cuando fue enterrado!
Otro gran problema de este juez, es su gran incapacidad para distinguir la Tradición, de las tradiciones. Algo típico en un reformador, que solo busca simplificar las cosas.
Ahora estamos hablando de historiadores, donde algunos fueron testigos de los hechos. ¿Acaso podemos decir que Flavio Josefo no sabía nada? Con todo, morigera su juicio categórico:
Lamentamos que la historia del sitio de Jerusalén, tal como la registró Tácito, se haya perdido irremediablemente, y si no fuera por el feliz accidente —digamos, o mejor dicho la singular providencia— de que un historiador judío, contemporáneo de los apóstoles y testigo ocular de las agonías de Jerusalén, dejó un detalle completo de ese evento sin igual, nuestro conocimiento sería escaso y fragmentario.
Lamenta la pérdida de una parte de la obra de Tácito en la cual muchos libros se perdieron; y si se perdieron es porque no valían gran cosa. De allí que el escocés no la conoce, y no la conoce porque se perdió. ¿Qué tiene que lamentar si no la conoce? Nadie pierde al Quijote de Cervantes o a una tragedia de Shakespeare. Todo lleva a reconocer que el escocés no sabe mucho, pues afirma tener un conocimiento escaso y fragmentario y es fragmentario porque no apoya su tesis de novela.
A su vez las tradiciones fueron puestas por escrito, por autores, mucho más serios que nuestro escocés. ¿Acaso podemos decir que Eusebio de Cesarea (260-340) y los escritores de los primeros siglos del cristianismo no sabían nada? Existe un dogma expreso entre los reformadores, con el Apocalipsis, se cerró todo escrito de valor. luego se lamentan:
Si tuviéramos una historia cristiana existente, como tenemos una pagana por Tácito y una judía por Josefo, que diera cuenta de lo que ocurrió dentro de esa ciudad dedicada durante ese terrible período de su historia, entonces podríamos seguir más claramente la profecía de los dos testigos. (The Parousia, The Two witnesses. Rev. xi.)
El tercer paso que dan. consiste en contrastar la Sacra Scriptura con la Tradición, una enfermedad endémica de los reformadores:
A veces uno se siente tentado a pensar que los teólogos y los críticos bíblicos prestan más atención a las charlas más débiles, insensatas e infantiles de la Tradición que al testimonio expreso y auténtico de la revelación divina.
Ya tenemos los tres pasos bien marcados de nuestro testarudo escocés.
1. Tradición falsa.
2. Historia ignorante.
3. Tradición contra Revelación.
Su error principal, consiste en invertir lo que el catolicismo ha conservado por todos los siglos. La Tradición que mantiene intacta la Revelación y la Historia como testigo de todo este proceso.
***
En nuestros días, la estupidez de ciertos católicos se ha manifestado como nunca. Buscan la unidad con aquellos que multiplican al infinito su propia división. Estos insensatos han olvidado el principio surgido en Roma, La Nueva Troya de los reformadores, donde se afirmaba: Divide et impera.
Mientras los romanos buscaban dividir para ordenar el orbe, estos ignorantes hacen todo lo contrario, buscan unir reformadores, a quien ningún católico divide, sino que se lo hacen ellos mismos. ¿Acaso no es un síntoma de error, la misma división? ¿Se puede concebir una insensatez mayor? Solo existe un remedio a este mal reformador:
Volver al tronco del cual se fueron.
