Calesita

lunes, 20 de julio de 2026

La inquisición de Tucho


Acto único.

Al abrirse el telón, el canonista está de pie con alba blanca y una estola con los colores del arco iris. Sobre una mesita están libros y papeles. A la derecha de la escena, sobre un trípode, se puede ver una imagen de la Pachamama. Sobre el fondo se puede apreciar una pintura surrealista o abstracta. Sentados en cada lado de la mesa, están dos jesuitas, visten ropa informal de simples civiles.

Canonista. (Hablando hacia los bastidores) ―Que pase el laico lefebvriano acusado de estar en cisma con el Vaticano.

(Ingresa el lefebvriano, no se saludan, y el canonista se sienta a la mesa. El lefebvriano permanece de pie).

Se lo acusa de seguir obispos que están en cisma, por desacatar a León XIV.

Lefebvriano. ―Así es.

Can. ―¿Desea usted regresar a la comunión con el Vaticano?

Lef. ―Si es posible, ...

Can. ―Para esto se requiere una Profesión de Fe.

Lef. ―Adelante.

Can. ―Comenzamos. ¿Cree usted en cada artículo del Credo Niceno?

Lef. ―Personalmente nunca lo he negado.

Can. ―¿Cree con fe firme, todo lo que contiene la palabra de Dios, ya sea escrita o transmitida por la Tradición, que la Iglesia propone como divinamente revelado, ya sea por juicio solemne o por su Magisterio ordinario y universal?

Lef. ―Distingo. Si se trata sobre la Revelación, creo; pero si se trata sobre las enseñanzas de los dos últimos llamados "papas" y su moral corrupta, no creo.

Can. ―¿Acepta y sostiene firmemente todas y cada una de las enseñanzas propuestas definitivamente por la Iglesia en materia de fe y moral?

Lef. ―Distingo y reitero. Si se trata sobre el Sínodo, la Pachamama y todas las enseñanzas corruptas de los dos últimos llamados "papas" y su moral hipócrita no la acepto ni la sostengo, antes bien la denuncio con escritos y actos. La ataco como enseñanza y moral ajena a la Verdad Revelada.

Can. ―Con sumisión religiosa de voluntad e intelecto, ¿se adhiere a las enseñanzas que proclaman tanto el Romano Pontífice como el Colegio Episcopal al ejercer su auténtico Magisterio, aunque no tengan la intención de proclamarlas mediante un acto definitivo?

Lef. ―Distingo y reitero. Si se trata de la verdad anterior al Vaticano II, me someto. Si se trata de las enseñanzas que proclaman tanto el Romano Pontífice como el Colegio Episcopal ultramoderno o sinodal, no me someto.

Can. ―¿Acepta la doctrina enseñada en el nº 25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio de la Iglesia y la adhesión debida al mismo?

Lef. ―¿Qué dice el texto?

Jesuita 1. ―(Leyendo) «Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas, la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan. Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo. Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe. Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe. Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia. El Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe.»

Lef. ―Distingo. Todo lo escrito es una teoría utópica. Si esto fuese siempre así, en la práctica no se hubiesen dado otras cosas.

Can. ―(Irritado) ¿Qué cosas?

Lef. ―Si esto en la praxis fuese así, no existirían las herejías del pasado, encabezadas por los obispos con aval tácito, hasta en ciertos casos, del mismo papado.

Can. ―¿Y qué más?

Lef. ―Si esto en la praxis fuese así, no existirían los cismas lacerantes del pasado ilustrados en detalle por la Historia de la Iglesia o como en el presente actual.

Can. ―¡Ajá!

Lef. ―Por lo tanto este artículo está sometido al juicio del discernimiento en cada caso particular, jamás en conjunto. Hoy se poseen auténticas lacras episcopales, que actúan organizadamente en sínodos, situación que pide a gritos un discernimiento caso por caso. En conclusión, no puedo aceptar de lleno y en todos los casos, esta utopía.

Can. ―¡Qué barbaridad! Y ahora, ¿se compromete a seguir un enfoque positivo en su interpretación bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, para que ninguna de estas enseñanzas pueda separarse del resto del sagrado patrimonio doctrinal de la Iglesia?

Lef. ―Lo positivo está en debate dentro de toda la Iglesia, y sus frutos son vistos como una destrucción del Cuerpo Místico de Jesucristo. Ergo, no me comprometo y sostengo la crítica positiva a todo lo que en la actualidad se está afirmando.

Can. ―¿Declara usted, que acepta la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y de acuerdo con los ritos contenidos en las ediciones típicas del Misal Romano y los libros rituales promulgados por los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II?

Lef. ―Esto lo acepto en teoría, pero lo pongo en duda sobre la praxis, pues ignoro las innovaciones personales que contra el mismísimo Vaticano II se hicieron. El Art. 22 de la Constitución Sacrosanctum Concilium, no se cumple en absoluto. Para refrescar su memoria, en su inciso tres dice: «Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia.»

Can. ―¿Promete adherirse a la disciplina común de la Iglesia y a sus leyes, especialmente a las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II?

Lef. ―Esto puedo prometerlo; pero denuncio que sacerdotes, obispos, cardenales y los últimos dos considerados “papas”, colocaron y colocan trampas manifiestas para su incumplimiento, manifestando una imagen externa de acatamiento, pero que no lo cumplen en la práctica. Por lo tanto, decido no adherirme a la ultramoderna Iglesia Vaticana hasta tanto no vea en ella un cambio radical, ya sea frente la aceptación a la verdad revelada, y sobre todo, frente a la moral tradicional e incólume de tantos siglos.

Can. ―¿Así que no sigue al Vaticano II?

Lef. ―¿Y qué dogma o espiritualidad puede transmitirme, un Concilio pasado de época?

Can. ―¿Por lo tanto sigue a los desobedientes?

Lef. ―¿Y qué tengo yo que ver con que no les hagan caso? ¿Por qué tengo yo que pagar los platos rotos de la eterna discusión entre ustedes? ¿Qué tengo que ver yo con todas las zancadillas y trampas que se hacen entre ustedes?

Can. ―¿Qué opinan de esto los jesuitas testigos?

Jesuita 1. ―¡Excomulgado!

Jesuita 2. ―¡Excomulgado!

Can. ―(Golpeando con un martillo de leña en la mesa) Queda usted excomulgado, pues se manifiesta en Cisma con la actual Roma.

Lef. ―Amén.

Can. ― (Parándose). Como perdió el examen de fe, deberá pagar las costas de este sacrosanto interrogatorio inquisitorio.

Lef. ―¿A cuánto asciende el monto?

Can. ―Es el equivalente a veintidós pizzas de muzzarella y a dos cajones de coca-cola, que el obispo servirá dentro de la Catedral a los pobres de la diócesis.

Se cierra el telón.




 

viernes, 10 de julio de 2026

¿Quién expulsó a quién?

 


Por Tony Velázquez Ruiz

    En el artículo anterior, el editor de este blog, hizo un relato recatado de la situación actual de la Iglesia. Perdonen, pero yo seré más crudo y realista. Dejo atrás las visiones místicas y me concentraré en la realidad cotidiana.

Como decía nuestro editor, la masonería es quien demuele la iglesia de occidente. No le falta razón y la comparto. La masonería tomó el control de ella con la famosa renuncia, sui generis, de Benedicto XVI. Paco I, era masón y preparó el terreno para los actos siguientes a su fatal muerte.

Ahora Prevost es nuestro Paco II, y sigue, a no dudarlo, los dictámenes de la masonería, pues es quien lo eligió.

Inevitable

La supuesta desvinculación de la organización lefebvrista del seno de la iglesia, era un episodio que a la corta o a la larga se debía producir inexorablemente. La iglesia vaticana y la iglesia lefebrvista son dos cosas esencialmente diversas y profundamente opuestas. Era absolutamente necesario un cisma, algo que el editor de este blog, se preocupó en explicitar como una realidad que se avecinaba a pasos agigantados.

La evolución histórica

Algunos comparan los sucesos actuales con el año 1988. Si bien existen situaciones que permanecen, muchos no se percatan que la realidad evolucionó desde entonces. En 1988 la masonería estaba infiltrada en el Vaticano, pero Juan Pablo II y el Cardenal Ratzinger no eran masones. Hoy, iglesia vaticana y masonería forman un todo compacto. Si se produjo un cisma en 1988, con mucho más razón debía producirse en 2026. Era la lógica.

La maniobra actual de Paco II, fue la misma que adoptaron en 1988: Esperar que se mueran todos los obispos lefebvrianos, para proceder a la destrucción total de la Fraternidad. Benedicto XVI corrigió este grave error levantando las excomuniones de la FSSPX. Esta fue una de las causas para que le hicieran la vida imposible, dentro y fuera del Vaticano. La diferencia es que en 1988, esta maniobra no se vio con claridad. Hoy no solo se ve en pleno, sino que recorrió todos los estamentos de la iglesia occidental. Estamos en un mundo muy distinto a 1988, cosa que Paco II no se percata, ni puede darse el lujo de reconocer.

No existe equidad

Las preguntas que un simple católico se hace, es ¿cómo no se excomulga a los obispos elegidos por el comunismo chino? Y todos vislumbran una total falta de equidad, con situaciones que parecen problemas de escritorio, más que reales. De este modo, el caso lefebvriano ya no es un caso aislado, sino aquel que recorre con una aceptación bastante creciente, todos los estamentos eclesiales.

Un personaje escapado del cómic

En una especie de cómic argentino, pululaba un personaje de historietas, vulgar, cómico y fanfarrón. Este personaje se escapó del cómic para aterrizar como cardenal custodio de la fe católica. Este personaje de historieta es, a no dudarlo, un Doctor de la iglesia. ¿Pero Doctor en qué? En la porno-mística. En más de 2000 años existía un vacío en este campo de la fe. El cardenal Tucho llenó por fin este lamentable vacío.

Mientras Prevost, quien se fue muy campante a pasar su ferragosto o vacaciones en Castel Gandolfo, tomando sol junto al lago Albano, el cardenal Tucho, nuestro Doctor porno-místico, hace el trabajo sucio. Es la política prevostiana:

―Que le peguen al punchim ball Tucho y no a mí― repite en silencio Prevost.

Le podrán pegar a mansalva, pero por más que se pavonee, en todos estos sucesos, el único que salió perdiendo, es Paco II.

Veamos otro de los motivos de su decadencia.

La actuación en el cisma de nuestro Doctor, es propia del cómic, del cual se escapó. Excomulgó toda la iglesia lefebvriana en masa. Los lefebvrianos no comulgan con su moral porno-mística, y esto, en el cómic, es imperdonable.

No deja de ser curiosa su actitud. Por un lado apoya la apocatástasis origenista, donde todo el mundo llega a la gloria de Dios, y por otro manda al infierno a toda una iglesia. Si es como el porno-místico dice, ¿qué sentido tienen las excomuniones? Peor aún, se esfuerza en hablar que la iglesia cambió de actitud, donde con otras palabras da a entender que ya no se requiere excomulgar. Todo un prodigio de racionalidad ultramoderna, vertida en profundos y misteriosos silogismos de la porno-mística.

¿A quién se excomulgó?

En Infovaticana, un canonista analiza meticulosamente su actuación, donde por un lado el porno cardenal emite un Decreto de Excomunión y por otro ofrece una Nota indicando que todos, todos, todos los lefebvrianos están en cisma. De este análisis muy bien hecho, el canonista saca estas conclusiones:

Primero: la única censura válidamente declarada es la de los seis obispos, mediante el Decreto.

Segundo: respecto del clero, la Nota carece de idoneidad formal para declarar penas, contradice la admonición en condicional del propio Decreto, y omite el juicio individual de imputabilidad exigido por los cann. 1321-1325 y 1720; las censuras, de existir, serían no declaradas y quedarían suspendidas ante la petición de sacramentos por los fieles (can. 1335 § 2).

Tercero: respecto de los laicos, la remisión a la Nota de 1996 —con su exigencia de doble elemento y juicio caso por caso— excluye por definición el automatismo.

Cuarto: la declaración de invalidez de confesiones y matrimonios pretende un efecto derogatorio de actos pontificios vigentes que una nota dicasterial sin aprobación en forma específica no puede producir (can. 21). Cabe añadir un indicio de la imprecisión técnica del conjunto: Mons. Fellay es censurado únicamente ex can. 1364 § 1, cuando el can. 1387 alcanza a quien consagra sin mandato, condición que concurre también en el co-consagrante.


En suma, la fórmula jurídica elegida por el prefecto —declarar por decreto a seis y por nota a todos los demás— deja sin efecto, en derecho, la excomunión de los sacerdotes y laicos de la Fraternidad: donde había forma penal no hay más que seis destinatarios, y donde se nombra a los demás no hay forma penal. Si la Santa Sede pretendía extender las consecuencias del cisma al conjunto de la Fraternidad, el derecho vigente le exigía otra vía: ley o precepto penal, decretos declaratorios individuales previo procedimiento del can. 1720, y revocación expresa, con aprobación pontificia en forma específica, de las concesiones de Misericordia et misera y de 2017. Por el momento, nada de ello se ha hecho.

Más claro, imposible.

¿Quién expulsó a quién?

Ahora nos vamos a otra pregunta de todo este entuerto. ¿Es la iglesia vaticana masónica la que excluyó la iglesia lefebvriana?, o ¿es la iglesia lefebvriana la que condenó a la masonería vaticana? Para ser excomulgado se necesita perder la fe. Por lo tanto, preguntamos, ¿quién perdió la fe, la iglesia masónica vaticana o la lefebvriana?

La ciencia-ficción religiosa

Existen algunos que hacen futurismo, es decir, trabajan con la ciencia-ficción religiosa. Como ven, no es mi género literario. Aquí se requiere ser realista sin ambages. ¿Cómo deducen estos futurólogos que la FSSPX perderá la fe con el tiempo? Hablan de un alejamiento de Pedro. ¿No me digan ahora que Prevost es Pedro y que Tucho es San Juan? Sus obras son su carta de presentación y de reconocimiento.

Tucho eterno

¡Y pensar que muchos pedían que Tucho se fuera del Vaticano! ¡Grave error! ¡Quédate Tucho! ¡Ni se te ocurra renunciar!

Porque,... qué útil es este inútil.






lunes, 6 de julio de 2026

Especialistas en destruir

 

No es fácil destruir. Para esto se requiere ciencia, técnica y sobre todo experiencia.

Para ilustrar este concepto me referiré a uno de los cuadros escénicos que pinta con sus palabras, la beata Catalina Emmerick. Digo cuadros, pues es lo que son sus visiones. Así los llamó por momentos ella misma. Pinta cuadros escénicos de todo tipo. No solo se destacan los reales donde interviene ella misma, sino aquellos que pueden encuadrarse dentro del género mitológico y alegórico. Siempre en todos transmite una ingenuidad espectacular. En la octava de navidad de 1819, relata a Clemens Brentano:

Vi a la Iglesia de San Pedro y a una gran multitud de hombres afanados en destruirla, mientras otros trabajaban en restaurarla. Los trabajadores estaban esparcidos por todo el mundo y me admiraba la conformidad de sus trabajos. Los obreros que trataban de destruir el templo, arrancaban pedazos del mismo; entre éstos distinguí a muchos herejes y apóstatas. Trabajaban de acuerdo a ciertas reglas los que llevaban mandiles blancos, con bolsillos, bordeados con bandas azules y llanas sujetas a la cintura. Estaban vestidos con toda clase de trajes; entre ellos había hombres altos y corpulentos, con uniformes y estrellas; pero éstos no trabajaban, sino que indicaban en los muros, con la llana, dónde y cómo habían de demoler. Vi con espanto que entre ellos había sacerdotes católicos. A veces, cuando no sabían cómo demoler, se acercaban a uno de los suyos, que tenía un gran libro, en el cual parece que estaba indicado cómo estaba hecho el edificio y la manera de derribarlo. Después señalaban con la llana una parte de él, para que fuera destruida, la cual, en efecto, se derrumbaba. Los que derribaban el edificio, obraban tranquila y seguramente, pero con timidez, secretamente, puestos como en acecho.

Vayamos a los simbolismos del cuadro:

1. El delantal blanco. Es el símbolo del constructor, pero irónicamente, como se da en otros símbolos, se usa para destruir. Lo llevan los destructores camuflados de constructores. Prevost, como Bergoglio, llevaban delantal blanco, lo que los hacía papas, aún sin serlos delante de Dios.

2. Unos destruyen y otros restauran. No existe construcción neta. Señala esto una época de profunda crisis. Es lo que estamos viviendo. Están los destructores que lo hacen para parecerse a los herejes protestantes, y están los restauradores que desean volver a la Tradición. Este fue el lema de San Pío X: Restaurar todo en Cristo. El lema adquiere un amplio significado, el cual no abarca solo la misma iglesia sino todo el cosmos.

3. Arrancar pedazos del templo. Afirma la mística que los obreros que trataban de destruir el templo, arrancaban pedazos del mismo. Es la acción propia de los herejes. Buscan simplificar la doctrina, tan simple que se rompe la estructura armónica del todo. Por otra parte, se arranca lo que no les conviene.

4. El mandil blanco bordeado de azul. La vestimenta indica jerarquía. El delantal señala al jefe, el mandil marca al subordinado. El color azul en los bordes, representa la masonería. Todo el cuadro se centra en símbolos masónicos.

5. La llana. Es lo que en Argentina llamamos “fratacho”. Otro símbolo masónico. Los destructores son los fieles a las logias. La llana representa el Tercer Grado de la logia. Es el Maestro Masón. Según ellos, el fratacho esparce el cemento del amor fraternal, la paz y tolerancia entre sus miembros.

6. Los hombres altos y corpulentos. Indican el poder que poseen dentro de la estructura social. Y añade que llevaban uniformes y estrellas. El que lleva uniforme es el militar, el que lleva estrellas pertenece a la nobleza o a la clase política. Estos personajes de poder no demuelen, sino que indicaban en los muros, con la llana, dónde y cómo habían de demoler. Muy acertada la observación. Indican dónde, no en cualquier lugar, e indican cómo, la forma como se debe hacer.

Doy dos breves ejemplos. La masonería dio la señal para quitar el latín de la liturgia. El masón Bugnini operó al respecto. Ahora dio la orden de introducir la sodomía en la moral de la Iglesia. Bergoglio y Prevost actúan según este dictado. Ahora vivimos con el fratacho de Prevost.

7. Sacerdotes que destruyen. Vi con espanto que entre ellos había sacerdotes católicos. ¡Pobre mística! Si ver esto la enfermaba; ver lo que sucede en estos momentos, la podría matar.

8. El libro. A veces, cuando no sabían cómo demoler, se acercaban a uno de los suyos, que tenía un gran libro, en el cual parece que estaba indicado cómo estaba hecho el edificio y la manera de derribarlo. Toda destrucción sigue un plan. El libro es la ciencia de la destrucción, que no todos conocen, ni siquiera los mismos masones. Tan solo los que poseen el grado 33.

9. Serenidad y secreto. Los que derribaban el edificio, obraban tranquila y seguramente, pero con timidez, secretamente, puestos como en acecho. Es la forma de actuar de las logias. No se descubren, pues si así lo hicieran, traerían tormentas sobre sus cabezas. Son conspiradores natos y el secreto les da seguridad.

***

Hoy esta masonería tomó la cima de la Iglesia, la cual sigue el método de destrucción planificado en las logias. Lo vemos a diario. Era una orden cantada de dicha masonería, excomulgar los tradicionalistas, uno de los pocos restauradores que quedaron.