Calesita

lunes, 3 de agosto de 2026

The woke Vatican

 



Por Tony Velázquez Ruiz

En un momento donde hasta el legendario Homero es woke, La derrotada iglesia vaticana, no puede ser menos.

La pregunta crucial para todo católico de este momento, es saber quién gobierna en el Vaticano. Dirán que León XIV.

¿Y si no fuese León XIV, alias Paco II?

Paco I y Paco II

La pregunta lleva a otra, ¿quién gobierna entonces?

Ya sabemos que quien gobierna la iglesia en China, es el partido comunista. ¿Qué función cumple en todo esto Paco II? La función de títere del partido comunista chino. Esto nos lleva a que una parte importante del orbe romano, cayó derrotada por el ateísmo oriental.

Mujeres con funciones sacerdotales

Se demostró con creces, que el finado Paco I era un masón encubierto, por lo tanto, el Vaticano de Paco I estaba manejado por la masonería, pues de no ser así, Paco I habría sido asesinado abiertamente, cosa que no ocurrió. Todo lo contrrio, lo mimaron hasta el final. ¿Era Paco I un títere? De ningún modo, era un operador eficiente de las logias ocultas. Más aún, estableció el mecanismo revolucionario por el cual cambiaría la doctrina católica: el Sínodo Urbis et Orbis.

Muller y el jesuita marica

Atrás quedaron los románticos ultramodernistas que pedían el Vaticano III. Paco I fue más concreto y eficiente, coaccionar el orbe hacia el Sínodo, para lograr un producto similar a la iglesia teutona.

Escudo cardenalicio de Tucho

De aquí surge el ejército woke del vaticano. A la vanguardia marcha la iglesia teutona y a la retaguardia cierra filas con Burke y sus altar girls, Schneider con su paradoja, y el bwana Sarah.

Burke y sus altar girls

La FSSPX se quedó afuera. Orden tajante de las logias. O se entra en el Ejército Woke o estás fuera, o sea, excomulgado. Por tanto debemos deducir, que los obispos desobedientes, que no piensan obedecer un títere y mucho menos un maricón al frente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, pues representan las logias, están afuera de todo, sin audiencias ni recibimientos de las supuestas autoridades woke. La desobediencia a Paco II, es sin lugar a dudas, contra las logias. Esta corriente no intenta romper lazos definitivos contra la Roma woke, busca tan solo salvarla del futuro desastre. ¡Ojalá lo consiga!

La papisa en comunión con el papa

Decimos desastre pues se calcula con estadísticas en la mano, que se cierran 9 monasterios al año. Todos estos monasterios son hijos del Novus Ordo conciliar. Contrariamente, se abren monasterios de oración latina. Lo cual nos lleva a pensar, que la iglesia sinodal woke, camina a su extinción. Es tan solo cuestión de tiempo.

Fiducia Suplicans

Hoy las masas no leen, se manejan con imágenes, y ellas son altamente elocuentes. Paco II quien tiene tiempo para recibir la “abuelita punk”, adolece de agenda para recibir los que se excomulgan.

Y siguen las imágenes. Un jesuita marica que pide más curas maricones. Mujeres que predican y realizan funciones sacerdotales. Monjas que se incorporan al funcionamiento vaticano. Alfombra roja para la papisa de la pérfida Albión.

Parte del  batallón del ejército woke

Afirmaba el cardenal milanés Martini, que la Iglesia llevaba un atraso de 200 años. Gracias al ejército woke, ya podemos decir, que se puso al día.




lunes, 27 de julio de 2026

La reforma equivale a división con exponente al infinito (r=d∞)

 

La imaginación de los reformadores del cristianismo no tiene límites, y lo dramático de la misma es que se transforma en materia de fe.

Ya vimos la saga novelística de los mormones. Una novela capaz de generar altos ingresos, gracias a una fe ciega en una narración ficticia.

Ya vimos la novelística católica sobre el rapto, tomada de la influencia de los reformadores que inventaron todo el argumento.

Hoy, algunos prelados se esfuerzan en buscar puntos de unión con los reformadores, cuando ellos por causas bien banales se dividen. División que muta al infinito.

Una de las causas de la división de las sectas reformadoras consiste en la doctrina del rapto, o como la llaman ellos, the rapture.

Para el católico, the rapture, es pura materia de ficción-religiosa, mientras que para las sectas es un puntal de esperanza. No repetiré lo ya escrito en otra ocasión mostrando hasta que punto ridículo han llegado cuando lo afirman; hoy toca mostrar lo ridículo cuando lo niegan.

Si se decía que tot capita tot sententiæ, aquí puede decirse que tot rapta tot sectæ. Veamos lo sucedido.

La escena del rapture, navega en las mejores aguas de la ficción-religiosa, pues ningún autor destacado de los reformadores sabe donde ubicarlo. Esto ya sería un motivo para desconfiar de esta novela y echar al traste el mismo tema.

El reformador que lo ubica antes de la así llamada “great tribulation", y sobre el mismo monta su argumento, lo llaman pretribulacionista. La causa, cuentan ellos, se debe a que Dios es tan bueno que no permitirá que sus seguidores sufran la tribulación. Acaso sea como no permitió los sufrimientos de Jesucristo.

El reformador que lo ubica dentro de la "great tribulation", con todos los pormenores de su argumento, lo llaman tribulacionista.

El reformador que lo ubica después de la “great tribulation", lo llaman postribulacionista.

¿Quién da más?

Todo parece concluido, pero antes de bajar el martillo de este remate, en la oferta del rapture apareció otro comprador, que da un portazo a los pre, in y post tribulacionistas, y dice que el rapture ya se produjo. Como la división es el pan nuestro del reformador, lo llamaron, el preterismo.

¿Quién fue este genio preterista?

Estamos hablando del escocés James Stuart Russell (1816-1895). Su teoría sobre el rapture como hecho consumado, lo sintetizó en un breve folleto llamado The Rapture of the Saints. Es un resumen condensado de sus visiones ideales, de un profetismo que no mira para adelante, sino para atrás. La verdadera novela aparece en su obra The Parousia. Allí nuestro genial novelista, afirma sin dudas, que toda la parusía ya se dio, motivo por el cual, las profecías sobre la misma, son todas cosas del pasado. Así es reformadores, como dice el escocés, Jesucristo ya vino y el rapture ya se dio. Por lo tanto, a otro con todo esta novela.

Para sostener su tesis, debe poner en entredicho toda la tradición cristiana, cuya base se basa en la reforma de todos los tiempos. Para colmo de ridiculez, debe dar un paso más, sembrar dudas sobre la historia, caso contrario su argumento en la novela, caería sin credibilidad.

Comienzo al respecto indicando la forma como demuele la Tradición. Lo hace en el folleto ya mencionado, en un Post Scriptum:

No hay advertencia más necesaria para el estudiante de los 'Orígenes Cristianos' que desconfiar de la Tradición. Es notoriamente un testigo falso y siempre debe ser tratada con sospecha. Nunca su influencia ha sido más dañina que en el cristianismo; y nada aclararía tanto el ambiente como su exclusión total del tribunal.

Nuestro escocés, se ha constituido en juez de la Parusía, pues se ubica dentro de un juicio inapelable. En el tribunal, existe un testigo que es falso, la Tradición. El juez James, padece de enorme miopía, pues no está ante un solo testigo, sino ante millares de testigos de una comunidad, que vieron, lo que él es incapaz de ver a escasos metros dentro de una corte.

¿Pero qué sucede con la Historia Eclesiástica?

Sobre la muerte de los apóstoles, la historia auténtica no sabe absolutamente nada, y muy poco sobre su vida, pero la Tradición lo sabe todo. Sabe cómo, cuándo y dónde perecieron San Pablo y San Pedro; cómo los doce repartieron el mundo como sus diócesis; cómo y dónde la mayoría sufrió martirio. Es especialmente precisa en sus relatos sobre el Apóstol Juan y la Virgen María, la Asunción de esta última y la edad extremadamente avanzada del primero, quien sobrevivió a su baño de aceite hirviendo y levantó la tierra sobre él cuando fue enterrado!

Otro gran problema de este juez, es su gran incapacidad para distinguir la Tradición, de las tradiciones. Algo típico en un reformador, que solo busca simplificar las cosas.

Ahora estamos hablando de historiadores, donde algunos fueron testigos de los hechos. ¿Acaso podemos decir que Flavio Josefo no sabía nada? Con todo, morigera su juicio categórico:

Lamentamos que la historia del sitio de Jerusalén, tal como la registró Tácito, se haya perdido irremediablemente, y si no fuera por el feliz accidente —digamos, o mejor dicho la singular providencia— de que un historiador judío, contemporáneo de los apóstoles y testigo ocular de las agonías de Jerusalén, dejó un detalle completo de ese evento sin igual, nuestro conocimiento sería escaso y fragmentario.

Lamenta la pérdida de una parte de la obra de Tácito en la cual muchos libros se perdieron; y si se perdieron es porque no valían gran cosa. De allí que el escocés no la conoce, y no la conoce porque se perdió. ¿Qué tiene que lamentar si no la conoce? Nadie pierde al Quijote de Cervantes o a una tragedia de Shakespeare. Todo lleva a reconocer que el escocés no sabe mucho, pues afirma tener un conocimiento escaso y fragmentario y es fragmentario porque no apoya su tesis de novela.

A su vez las tradiciones fueron puestas por escrito, por autores, mucho más serios que nuestro escocés. ¿Acaso podemos decir que Eusebio de Cesarea (260-340) y los escritores de los primeros siglos del cristianismo no sabían nada? Existe un dogma expreso entre los reformadores, con el Apocalipsis, se cerró todo escrito de valor. luego se lamentan:

Si tuviéramos una historia cristiana existente, como tenemos una pagana por Tácito y una judía por Josefo, que diera cuenta de lo que ocurrió dentro de esa ciudad dedicada durante ese terrible período de su historia, entonces podríamos seguir más claramente la profecía de los dos testigos. (The Parousia, The Two witnesses. Rev. xi.) 

El tercer paso que dan. consiste en contrastar la Sacra Scriptura con la Tradición, una enfermedad endémica de los reformadores:

A veces uno se siente tentado a pensar que los teólogos y los críticos bíblicos prestan más atención a las charlas más débiles, insensatas e infantiles de la Tradición que al testimonio expreso y auténtico de la revelación divina.

Ya tenemos los tres pasos bien marcados de nuestro testarudo escocés.

1. Tradición falsa.

2. Historia ignorante.

3. Tradición contra Revelación.

Su error principal, consiste en invertir lo que el catolicismo ha conservado por todos los siglos. La Tradición que mantiene intacta la Revelación y la Historia como testigo de todo este proceso.

***

En nuestros días, la estupidez de ciertos católicos se ha manifestado como nunca. Buscan la unidad con aquellos que multiplican al infinito su propia división. Estos insensatos han olvidado el principio surgido en Roma, La Nueva Troya de los reformadores, donde se afirmaba: Divide et impera.

Mientras los romanos buscaban dividir para ordenar el orbe, estos ignorantes hacen todo lo contrario, buscan unir reformadores, a quien ningún católico divide, sino que se lo hacen ellos mismos. ¿Acaso no es un síntoma de error, la misma división? ¿Se puede concebir una insensatez mayor? Solo existe un remedio a este mal reformador:

Volver al tronco del cual se fueron.


lunes, 20 de julio de 2026

La inquisición de Tucho


Acto único.

Al abrirse el telón, el canonista está de pie con alba blanca y una estola con los colores del arco iris. Sobre una mesita están libros y papeles. A la derecha de la escena, sobre un trípode, se puede ver una imagen de la Pachamama. Sobre el fondo se puede apreciar una pintura surrealista o abstracta. Sentados en cada lado de la mesa, están dos jesuitas, visten ropa informal de simples civiles.

Canonista. (Hablando hacia los bastidores) ―Que pase el laico lefebvriano acusado de estar en cisma con el Vaticano.

(Ingresa el lefebvriano, no se saludan, y el canonista se sienta a la mesa. El lefebvriano permanece de pie).

Se lo acusa de seguir obispos que están en cisma, por desacatar a León XIV.

Lefebvriano. ―Así es.

Can. ―¿Desea usted regresar a la comunión con el Vaticano?

Lef. ―Si es posible, ...

Can. ―Para esto se requiere una Profesión de Fe.

Lef. ―Adelante.

Can. ―Comenzamos. ¿Cree usted en cada artículo del Credo Niceno?

Lef. ―Personalmente nunca lo he negado.

Can. ―¿Cree con fe firme, todo lo que contiene la palabra de Dios, ya sea escrita o transmitida por la Tradición, que la Iglesia propone como divinamente revelado, ya sea por juicio solemne o por su Magisterio ordinario y universal?

Lef. ―Distingo. Si se trata sobre la Revelación, creo; pero si se trata sobre las enseñanzas de los dos últimos llamados "papas" y su moral corrupta, no creo.

Can. ―¿Acepta y sostiene firmemente todas y cada una de las enseñanzas propuestas definitivamente por la Iglesia en materia de fe y moral?

Lef. ―Distingo y reitero. Si se trata sobre el Sínodo, la Pachamama y todas las enseñanzas corruptas de los dos últimos llamados "papas" y su moral hipócrita no la acepto ni la sostengo, antes bien la denuncio con escritos y actos. La ataco como enseñanza y moral ajena a la Verdad Revelada.

Can. ―Con sumisión religiosa de voluntad e intelecto, ¿se adhiere a las enseñanzas que proclaman tanto el Romano Pontífice como el Colegio Episcopal al ejercer su auténtico Magisterio, aunque no tengan la intención de proclamarlas mediante un acto definitivo?

Lef. ―Distingo y reitero. Si se trata de la verdad anterior al Vaticano II, me someto. Si se trata de las enseñanzas que proclaman tanto el Romano Pontífice como el Colegio Episcopal ultramoderno o sinodal, no me someto.

Can. ―¿Acepta la doctrina enseñada en el nº 25 de la Constitución Dogmática Lumen Gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio de la Iglesia y la adhesión debida al mismo?

Lef. ―¿Qué dice el texto?

Jesuita 1. ―(Leyendo) «Entre los principales oficios de los Obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los Obispos son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la vida, y la ilustran bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación cosas nuevas y viejas, la hacen fructificar y con vigilancia apartan de su grey los errores que la amenazan. Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo. Aunque cada uno de los Prelados no goce por si de la prerrogativa de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe, pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico, son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres, a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe. Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica. La infalibilidad prometida a la Iglesia reside también en el Cuerpo de los Obispos cuando ejerce el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro. A estas definiciones nunca puede faltar el asenso de la Iglesia por la acción del mismo Espíritu Santo, en virtud de la cual la grey toda de Cristo se mantiene y progresa en la unidad de la fe. Mas cuando el Romano Pontífice o el Cuerpo de los Obispos juntamente con él definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación, a la cual deben atenerse y conformarse todos, y la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición a través de la sucesión legítima de los Obispos, y especialmente por cuidado del mismo Romano Pontífice, y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y fielmente expuesta en la Iglesia. El Romano Pontífice y los Obispos, por razón de su oficio y la importancia del asunto, trabajan celosamente con los medios oportunos para investigar adecuadamente y para proponer de una manera apta esta Revelación; y no aceptan ninguna nueva revelación pública como perteneciente al divino depósito de la fe.»

Lef. ―Distingo. Todo lo escrito es una teoría utópica. Si esto fuese siempre así, en la práctica no se hubiesen dado otras cosas.

Can. ―(Irritado) ¿Qué cosas?

Lef. ―Si esto en la praxis fuese así, no existirían las herejías del pasado, encabezadas por los obispos con aval tácito, hasta en ciertos casos, del mismo papado.

Can. ―¿Y qué más?

Lef. ―Si esto en la praxis fuese así, no existirían los cismas lacerantes del pasado ilustrados en detalle por la Historia de la Iglesia o como en el presente actual.

Can. ―¡Ajá!

Lef. ―Por lo tanto este artículo está sometido al juicio del discernimiento en cada caso particular, jamás en conjunto. Hoy se poseen auténticas lacras episcopales, que actúan organizadamente en sínodos, situación que pide a gritos un discernimiento caso por caso. En conclusión, no puedo aceptar de lleno y en todos los casos, esta utopía.

Can. ―¡Qué barbaridad! Y ahora, ¿se compromete a seguir un enfoque positivo en su interpretación bajo la guía del Magisterio de la Iglesia, para que ninguna de estas enseñanzas pueda separarse del resto del sagrado patrimonio doctrinal de la Iglesia?

Lef. ―Lo positivo está en debate dentro de toda la Iglesia, y sus frutos son vistos como una destrucción del Cuerpo Místico de Jesucristo. Ergo, no me comprometo y sostengo la crítica positiva a todo lo que en la actualidad se está afirmando.

Can. ―¿Declara usted, que acepta la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y de acuerdo con los ritos contenidos en las ediciones típicas del Misal Romano y los libros rituales promulgados por los Sumos Pontífices Pablo VI y Juan Pablo II?

Lef. ―Esto lo acepto en teoría, pero lo pongo en duda sobre la praxis, pues ignoro las innovaciones personales que contra el mismísimo Vaticano II se hicieron. El Art. 22 de la Constitución Sacrosanctum Concilium, no se cumple en absoluto. Para refrescar su memoria, en su inciso tres dice: «Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia.»

Can. ―¿Promete adherirse a la disciplina común de la Iglesia y a sus leyes, especialmente a las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II?

Lef. ―Esto puedo prometerlo; pero denuncio que sacerdotes, obispos, cardenales y los últimos dos considerados “papas”, colocaron y colocan trampas manifiestas para su incumplimiento, manifestando una imagen externa de acatamiento, pero que no lo cumplen en la práctica. Por lo tanto, decido no adherirme a la ultramoderna Iglesia Vaticana hasta tanto no vea en ella un cambio radical, ya sea frente la aceptación a la verdad revelada, y sobre todo, frente a la moral tradicional e incólume de tantos siglos.

Can. ―¿Así que no sigue al Vaticano II?

Lef. ―¿Y qué dogma o espiritualidad puede transmitirme, un Concilio pasado de época?

Can. ―¿Por lo tanto sigue a los desobedientes?

Lef. ―¿Y qué tengo yo que ver con que no les hagan caso? ¿Por qué tengo yo que pagar los platos rotos de la eterna discusión entre ustedes? ¿Qué tengo que ver yo con todas las zancadillas y trampas que se hacen entre ustedes?

Can. ―¿Qué opinan de esto los jesuitas testigos?

Jesuita 1. ―¡Excomulgado!

Jesuita 2. ―¡Excomulgado!

Can. ―(Golpeando con un martillo de leña en la mesa) Queda usted excomulgado, pues se manifiesta en Cisma con la actual Roma.

Lef. ―Amén.

Can. ― (Parándose). Como perdió el examen de fe, deberá pagar las costas de este sacrosanto interrogatorio inquisitorio.

Lef. ―¿A cuánto asciende el monto?

Can. ―Es el equivalente a veintidós pizzas de muzzarella y a dos cajones de coca-cola, que el obispo servirá dentro de la Catedral a los pobres de la diócesis.

Se cierra el telón.