El nominalismo moderno, cambió el término de pentecostalismo al de carismatismo. Como diría mi vecina, el mismo perro, pero con otro collar.
Todo pentecostalismo o carismatismo es de origen romántico, y si es romántico es de sangre luterana mezclada con la de Göethe.
El drama del protestantismo, es confundir la posibilidad de una justificación, con la justificación misma. Una cosa es que se pueda salvar, otra que realmente se haya salvado. Quien aprende a nadar, puede no ahogarse; pero si cae al agua y no nada, se ahoga. Este es el motivo por el cual el Símbolo de Nicea afirma creer en un solo bautismo, y aclara, para el perdón de los pecados. Para bautizarse solo se requiere tener fe, para justificarse se requieren obras. Es la regeneración de la naturaleza humana, pero si la nueva naturaleza no combate, no se actualiza dicha regeneración.
Por esta confusión del traumatizado Lutero, no existe en los reformadores, un equilibrio coherente entre el pensar y el actuar. Es la fisura entre la fe y las obras. Esta rotura produce dos casos realmente extremos.
1. Un luteranismo absoluto que se sustenta de fe, pero las obras pasan a un segundo plano, pues no son necesarias para justificarse, dado que todo lo hace Jesucristo. Sería la sola fides.
2. Un luteranismo goethiano, donde la acción pasa a regir la fe y en este caso no importan las doctrinas sino el actuar, y este viene del hombre. Este es un luteranismo a la inversa, no importa la fe, solo importan las obras. Sería la sola actio.
Cuando se llega a este tema siempre me ha llamado la atención entre los reformadores de todo tipo, la ausencia de la Carta de Santiago, que trata sobre la fe y las obras:
¿Qué le aprovecha, hermanos míos, a uno decir: Yo tengo fe, si no tiene obras? ¿Podrá salvarle la fe? ...
Así también la fe, si no tiene obras, es de suyo muerta. Mas dirá alguno: Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame sin las obras tu fe, que yo por mis obras te mostraré la fe. ¿Tú crees que Dios es uno? Haces bien. Mas también los demonios creen y tiemblan. ¿Quieres saber, hombre vano, que es estéril la fe sin las obras? ... (2,14.17-20)
La metáfora sobre el cuerpo humano, donde la fe es el alma y las obras son el cuerpo, es lo más acertado que se ha escrito:
Pues como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también es muerta la fe sin las obras. (2,26)
Aquí se manifiesta la unidad indisoluble entre fe y obras. La fe como alma y las obras como el cuerpo que las ejecuta.
¿Cuál es la causa de que estos textos no se expongan por parte de los reformadores?
El luteranismo es tan viejo como la herejía misma. Desligar la fe de las obras fue algo que ya en vida de Santiago, el pariente directo de Jesucristo, comenzó a circular en determinados círculos, y al modo de Lutero. La excusa era seguir a Pablo de Tarso, por esto algunos modernos lo llaman el paulismo. Contra esta tendencia se alza la carta, desvirtuando esta falsa interpretación.
Lutero, al toparse con este escrito se puso algo nervioso y lo llamó “epístola de paja”. En la carta, el apóstol no se propone desarrollar una teoría, sino que apunta directamente a la forma de actuar, llamándola fe. Esto enloqueció a Lutero, quien la admitió en su “Biblia”, a regañadientes. Siempre la consideró un escrito casi apócrifo, negando que Santiago fuese su autor.
En sí misma, la carta está redactada en un perfecto griego. No se vislumbran arameismos en el lenguaje, como sí los vemos en Mateo y Juan. No se debe olvidar, que Santiago, no sabía griego, y me aventuro a decir, que ni siquiera había estudiado letras, motivo por el cual no sabía leer ni escribir, como en la mayoría de los apóstoles. La forma de redactar todas las cartas casi sin excepción, era mediante un dictado, donde no uno, sino varios amanuenses tomaban nota. Al mismo tiempo, siendo la carta enviada “a las doce tribus, que están en la dispersión” revela dos cosas. Primero, que el autor piensa como israelita, y segundo que si no la escribe en griego, nadie la leerá, pues es el idioma cultural de todo el imperio romano. El arameo que hablaba esta cabeza del cristianismo en Jerusalén, es solo para la comarca palestina.
Burda contradicción entre reformadores
Hemos visto que el primer acto de fe que hace la Pentecostal Church of God, es sobre la Escritura. Sin embargo, este fetiche no es para toda la escritura, pues para ellos, una pesa más que la otra. La carta de Santiago no pesa nada, es una obra de escritura que duerme en un segundo plano. En otras palabras, no es un fetiche. En realidad, no es nada.
Por lo tanto cuando nos hablan de valores absolutos y ponen la Escritura en primer término, ya sabemos que esto es una hipocresía. Es como en el paganismo griego. Existen dioses superiores como Zeus y dioses inferiores como Hércules. Aquí ocurre algo similar. Existen fetiches superiores como Pablo y Juan, y fetiches menores, como Santiago y el Apocalipsis.
No toda la escritura es igual para un reformador, si así fuese, implosionaría toda la Reforma en conjunto. Por ello eligen y vociferan lo que les gusta, y callan lo que los acusa.
¿Qué posición toma la Pentecostal Church of God frente este panorama?
Esto se declara en el punto tercero de la SECTION I - “ESSENTIAL VALUES”, en su ARTICLE I sobre la Doctrinal Statement encara el problema del hombre:
Man, His Fall and Redemption.
Como lo dice el título, primero está el hombre, luego viene su redención. Se habla de la caída original del hombre y de su redención.
El hombre es un agente moral libre y puede, en cualquier momento después de la experiencia del nuevo nacimiento, apartarse de Dios y morir en estado de pecado, enfrentando las consecuencias del infierno (2 Pedro 2:20-22).
En este punto destaco la diferencia con los semi-reformados del revival del Vaticano II, donde muchos no creen en el infierno, tal como lo dio a entender el hereje Bergoglio.
Y continúa en la segunda parte con el His Fall and Redemption:
La salvación es un don de Dios para el hombre, independiente de las obras y de la Ley, y se hace efectiva por gracia mediante la fe en Jesucristo, produciendo obras aceptables a Dios (Efesios 2:8).
Los pentecostales comienzan con la concepción del evangelio de Göethe en su descripción acertada sobre la condición humana, pero no pueden desligarse de la tradición luterana. Ellos, los enemigos de la Tradición, siguen la tradición de un monje desequilibrado. Por lo tanto se vuelcan decididamente hacia el primer caso, dentro del luteranismo absoluto.
De hecho, la cita de Efesios, es un poco más amplia, abarca el versículo 8 y 9:
8. Pues de gracia habéis sido salvados por la fe, y esto no os viene de vosotros, es don de Dios;
9. no viene de las obras, para que nadie se gloríe.
Si se le quita el versículo 9, nos sacamos la máscara y llegamos al luteranismo absoluto, donde las obras quedan de lado.
Es curioso que se inicien con las obras y terminen con la fe, cuando dentro del catolicismo nos iniciamos con la fe y terminamos con las obras. De todos modos, ya es un gran paso para salir de la contradicción que plantea Lutero. Más concretamente, Lutero es un desconocido para este documento de la Pentecostal Church of God.
El tema de la justificación
La doctrina católica de la justificación fue redactada por el Concilio de Trento (1545-1563) y llevó varios meses de elaboración. Quien la expone, es Diego Láinez. Este sucesor de San Ignacio de Loyola, era de ascendencia sefaradí, algo que los sajones con su israelismo británico, quedaron atragantados frente a este caso. Un judío hecho jesuita elabora la doctrina contra la tesis sustentada por Lutero acerca de la justificación por la sola fides. Y para colmo de males, es español.
Su discurso se conserva íntegro, y así lo transcribe Jorge de Maetzu:
Se le ocurrió pensar en un Rey que ofrecía una joya a aquel guerrero que venciese un torneo. Y sale el hijo del Rey y dice a uno de los que aspiran a la joya:
―Tú no necesitas sino creer en mí. Yo pelearé, y si tú crees en mí con toda tu alma, yo ganaré la pelea.
A otro de los concursantes el hijo del Rey le dice:
―Te daré unas armas y un caballo; tú luchas, acuérdate de mí, y al término de la pelea yo acudiré en tu auxilio.
Pero al tercero de los aspirantes a la joya le dice:
―¿Quieres ganar? Te voy a dar unas armas y un caballo excelentes, magníficos; pero tú tienes que pelear con toda tu alma.
La primera, naturalmente, es la doctrina del protestantismo: todo lo hacen los méritos de Cristo. La tercera es la del Catolicismo: las armas son excelentes, la redención de Cristo es arma inmejorable, los Sacramentos de la Iglesia son magníficos; pero, además, hay que pelear con toda el alma; ésta es la doctrina tradicional de nuestra Iglesia. La segunda: la del aspirante al premio a quien se dice que tiene que pelear, pero que no necesitará esforzarse demasiado, porque al fin vendrá un auxilio externo que le dará la victoria, al parecer honra mucho los méritos de Nuestro Señor, pero en realidad deprime lo mismo el valor de la Redención que el de la voluntad humana. 1
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Concretamente, para el católico la fe se demuestra por las obras. Por lo tanto, los depravados del revival del Vaticano II que cayeron en abominables vicios, carecen de fe, y su fe es muerta. Es preferible la fe de un pentecostal honesto, a la fe de estos depravados que actúan contra las leyes de la naturaleza.
Por lo tanto, no solo las obras demuestran la fe, sino ordenarse con las leyes de la naturaleza impuestas por la creación. Por consiguiente, todo ecumenismo con los depravados del revival del Vaticano II es imposible. Y toda vida comunitaria con estos degenerados, es inadmisible.
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1 Ramiro de Maeztu. Defensa de la Hispanidad. Págs. 112-113.

