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lunes, 15 de julio de 2024

Solo para eremitas o ermitaños urbanos


Los que por la Gracia de Dios, hemos roto los vínculos con este mundo sumergido en lo que ha elegido, o sea, el caos, hemos determinado para nuestra vida un nuevo rumbo.

El eremitismo urbano es una salida, no sin tropiezos ni dificultades, para ir hacia el Padre junto a Nuestra Señora por el Camino trazado por Jesús, el Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo.

La Iglesia, esa que sigue la tradición de sus apóstoles, dio uno de los mejores frutos con el eremitismo, como paso previo al monacato.

El monacato no nace de la cultura. Los primeros monjes no sabían leer ni escribir, pero llevaban en el alma el espíritu para unirse al Dios Padre.

La contemplación, es un camino peculiar, donde por medio de la oración, se ejercita el ágape o la caridad hacia el prójimo.

El silencio

El mundo vive en el ruido, el eremita en el silencio.

Para el eremita urbano, la ciudad es su desierto.

Para el mundo el silencio es vacío, para el eremita es plenitud infinita, porque es cuando habla Dios.

El mundo moderno vive con un barullo de fondo, ya sea musical u oyendo conversaciones con elementos técnicos. El eremita vive oyendo el silencio de la soledad.

El silencio lleva a la oración y esta se desgrana distribuyéndose en distintos momentos del día:

Siete veces al día te alabo por tus juicios de justicia. Mucha paz tienen los que aman tu ley; no existe para ellos escándalo. (Ps. 118 164-165)

El mundo

Dónde está el desierto está la soledad, donde está la soledad está el silencio, donde está el silencio, se encuentra Dios. 

La soledad es el ámbito del silencio. Estar solo significa estar acompañado de todos los santos que oran junto a nosotros. El eremita busca la soledad y se incomoda cuando la pierde. Mientras la urbe pulula de seres humanos, el eremita encuentra el lugar para aislarse en soledad. No huimos del mundo, sino que lo ponemos en su sitio.

Si el mundo no está acompañado, se deprime; si el eremita no está acompañado, alegre alaba a Dios.

El eremita mas que huir del mundo, busca a Dios.

De este modo, el mundo no nos puede dominar para llevarnos a las Tinieblas.

El demonio

Los antiguos eremitas se probaban en la lucha contra el demonio, de allí que vivían en las tumbas de los paganos, para enfrentarse a ellos y a sus fantasmas nocturnos.

Los modernos eremitas urbanos, vivimos en medio de la masa moderna, plagada de demonios encarnados, cuyos gritos debemos comenzar a distinguir entre la masa urbana.

La concupiscencia

El eremita no castiga su cuerpo, sino que lo ordena. Sabe que nada de este mundo puede llenar el vacío existencial que se experimenta en su espíritu.

Su ideal es la apatía, o sea, una naturaleza sin pasiones. El combate para llegar a la apatía, se basa en la frugalidad y el ayuno. De este modo, el eremita es la contracara de aquellos que buscan satisfacer inútilmente sus pasiones, pues estas siempre le exigirán algo más.

La apatía debe llevarlo al ethos, a la costumbre, mediante la cual el eremita reconstruyó la naturaleza primigenia, antes de caer en la falta de Adán.

Obediencia

Para el eremita, la obediencia se manifiesta, en la aceptación de la voluntad divina, la cual se da de distintos modos. Nada de lo que suceda es casual. En los acontecimientos se muestra la voluntad de Dios Padre. Por lo tanto es indispensable saber aceptar lo que nos sucede.

¿No se venden dos pajaritos por un as? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre. Cuanto a vosotros, aun los cabellos todos de vuestra cabeza están contados. No temáis, pues. ¿No aventajáis vosotros a los pajaritos? (Mat 10,29-31)

Saber distinguir

Tan solo es necesario distinguir el mal del bien, lo material de lo espiritual, la voz del demonio de la voz del ángel, el consejo del buen pastor al consejo del lobo revestido con piel de oveja.

Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen racimos de los espinos o higos de los abrojos? Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo frutos buenos. El árbol Que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos, pues, los conoceréis. (Mat. 7,16-20)

La Sinergia

Todo esto se hará posible por medio de la Gracia Divina, que desciende de los apóstoles y se adhiere como Espíritu en nosotros.

La soberbia nos manda actuar solos, la humildad nos hace pedir la ayuda divina.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y Yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer.(Jn,15-5)

La kénosis

El eremita se inicia vaciándose a sí mismo, para llenarse de divinidad, la cual se manifiesta con el ágape hacia el prójimo. La apatía prosigue el vaciamiento de la personalidad, hasta llegar a la estabilidad, el ethos.

Ora et labora

El trabajo forma parte de cada profesión y estado. Se trabaja para los demás y se tienen en cuenta las normas evangélicas:

No sea tu mano abierta para recibir
y cerrada para dar. (Eclco., 4,36)
Buscad, pues, primero el reino y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura. No os inquietéis, pues, por el mañana; porque el día de mañana ya tendrá sus propias inquietudes; bástale a cada día su afán. (Mat, 6,33-34)
Aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón. (Sal. 61,11)

Para los que misionan:

No llevéis oro, ni plata, ni cobre en vuestro cinto, ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero es acreedor a su sustento. (Mat,10, 9-10)


A continuación, una regla genérica para eremitas urbanos.

lunes, 12 de febrero de 2024

El Gran Canon de San Andrés de Creta

San Andrés de Creta (650 – 712 ó 726), nació en Damasco, ingresó al monasterio de San Sabas, asistió al VI Concilio Ecuménico en Constantinopla, contra la herejía monofisista. Fue consagrado obispo de Gortina, en la isla de Creta, y un defensor contra la herejía de los iconoclastas. Fue un genial compositor de himnos sacros, al mismo tiempo fue un gran escritor mariano.
En sus composiciones encontramos la que presentamos aquí: El Gran Canon de Cuaresma o Kanon Pokajanen.
La obra es una meditación cuaresmal hecha en forma de oración, realizada una por cada día de cuaresma; la cual prepara el alma para el verdadero arrepentimiento y de este modo introducirse con el alma purificada por el sacramento de la penitencia en la festividad de Pascua.
En la introducción de la página 3 se hallará una explicación más detenida. Las meditaciones no son extensas y su índice se halla en la página 51.
Tomamos este texto en castellano desde slidershare 1.
La iglesia ortodoxa lo canta, y damos aquí un ejemplo tomado de Санкт-Петербургская Духовная Академия, o Academia Teológica de San Petersburgo:
Como el lector comprobará, nos hallamos ante una larga serie de versículos de carácter penitencial, a cada uno de los cuales los fieles responden: Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí.
San Andrés maneja sutilmente el lenguaje poético, sus imágenes por momentos abruman. Por este motivo repito lo de otras veces, no puede rezarse este canon a la ligera, sino lentamente, de modo meditativo.
Todas las meditaciones finalizan con una invocación a María Santísima, seguida de una doxología final.



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1 https://es.slideshare.net/rezmo/canon-de-san-andres-de-creta-16748148

viernes, 16 de septiembre de 2022

El Mundo de los Padres del Desierto. La Historia Lausíaca

«Nos hallamos ante uno de los primeros monumentos hagiográficos de la literatura cristiana y, ciertamente, "ante el historiador más eminente del monaquismo egipcio".

»Las vidas de los santos Padres, la Historia a Lauso o Historia Lausíaca (todos estos títulos se hallan en los manuscritos), es la historia de los ascetas más ilustres de Egipto narrada a Lauso, alto funcionario de la corte de Constantinopla, por Paladio, amigo suyo.

»Lauso había expresado a nuestro autor su deseo de conocer las vidas y los hechos de estos monjes de Egipto, de Palestina y de otras partes, cuyas proezas se comentaban con asombro en la capital. Y para satisfacer a sus deseos redactó Paladio en 419/420 una serie de biografías monásticas. Contaba al escribirlas, según él mismo nos dice, "cincuenta y seis años de edad, treinta y tres de vida monástica y veinte de episcopado".

»La obra tuvo ya desde un principio una gran acogida, máxime en los medios de donde había salido, es decir, entre los mismos monjes, y luego fue adquiriendo paulatinamente en todos los ámbitos de Oriente una gran popularidad. Tanto fue así, que poseemos más noticias de la misma obra que del autor. Corrían de boca en boca las gestas de los monjes por él narradas, las hazañas de los ascetas, las maravillas de los ancianos que eclipsaban las de sus émulos, de modo que la personalidad de Paladio fue desdibujándose poco a poco por el brillo de su obra, con lo que se conoció más la historia que al historiador.

»De hecho, cuanto sabemos de Paladio procede de los datos que nos proporciona su Historia que, sin embargo, son suficientes para trazar un esbozo de su vida...»

León E. Sansegundo Valls 


sábado, 6 de agosto de 2022

El nuevo eremitismo en Italia

 

por Santiago Grasso

Isacco Turina, es profesor y sociólogo de la Universidad de Bolonia. Como cree que se lo exige su profesión, realizó una investigación sobre un fenómeno que ya expusimos en otra entrada, acerca de los «nuevos ermitaños».

A este concepto escribe García M. Colombás OSB en su obra “Monacato Primitivo”:

«Mucho antes de nacer el monacato cristiano, y paralelamente a su aparición y desarrollo, florecieron ciertas aspiraciones religiosas y morales afines al mismo tanto en su espíritu como en sus realizaciones prácticas. Y no hay razón alguna que nos impida hablar de un monacato no cristiano, o mejor, de monacatos—en plural— anteriores o extraños a la Iglesia de Cristo. Ello prueba que la vida monástica es un fenómeno humano, por lo tanto universal, que ofrece los mismos caracteres en todas las latitudes. 1»

Por esta causa, se encuentran eremitas como asimismo, monjes en la India, el antiguo Egipto como dentro del budismo.

La necesidad de una vida contemplativa, es una aspiración humana, no una mundanidad bergogliana. Solo a un necio como Bergoglio se le puede ocurrir pavonearse vestido de blanco y con plumas en la cabeza, para creerse que salió a las periferias.

El eremitismo católico, más que una aspiración humana, es una llamada del Espíritu Santo, el cual es visceralmente opuesto al espíritu idólatra de Bergoglio. Esta es la gran diferencia entre el monacato pagano y el monacato cristiano.

Afirma Turina que se hizo difícil censar a los eremitas italianos, no porque no existieran, sino porque lo esquivaban. Lo cual es comprensible, siendo este de Bolonia, ya que el solo nombre de esta ciudlad, suele ser una mala carta de presentación para un católico de amplia fe. Por este motivo escribe que se encuentran entre «100 o 200 personas que puedan definirse en Italia como ermitaños católicos a tiempo completo, viviendo solos o en grupos de dos»

Comienza su investigación en 2003:

«Ha sido un problema encontrarlos y entrevistarlos, son extraños, huyen, se esconden, a veces incluso rechazan el contacto».

Tan solo encontró cerca de cincuenta, 37 de ellos aceptó su entrevista. Viven alejados de las ilusiones técnicas de esta sociedad. Sin medios de comunicación, ni automóviles. Solo algunos son clientes de supermercados. Por eso se expresan de este modo:

«Dios tiene el poder para hacerme vivir o morir si caigo enfermo.»

«(El automóvil) es una pérdida de tiempo.»

Alguien que va al supermercado dice:

«Es el único momento en que saludo a las personas, me piden que rece por algún familiar, y además, así saben que existo no sólo para mí, sino también para ellos»

«No tengo dinero, nadie me paga por rezar, pero confío en Dios y nunca voy a comprar para comer, vivo de limosna...».

He aquí algunos párrafos del libro:

«El ermitaño no se retira porque no consiguió un puesto en el mundo. Entre los entrevistados encontramos a ex arquitectos, directores, profesores, carteros, médicos, etc. Incluso entre el personal eclesiástico, los que luego se convierten en ermitaños ocupan a veces puestos de responsabilidad, especialmente en la formación y en las misiones. Además de restrictivo, la hipótesis de que alguien se convierte en ermitaño porque ha fracasado en otras carreras es, por tanto, desmentida por los datos recogidos.»

«Otra hipótesis malévola y de sentido común, quiere que el ermitaño sea un misántropo que de esta manera justifica su desapego por los demás. […] Los ermitaños suelen ser personas afables, hospitalarias y comunicativas, como lo atestigua su currículo anterior, que suele incluir trabajos que requieren habilidades relacionales y contacto frecuente con los demás.

»Finalmente, ni siquiera es posible argumentar que el ermitaño se retira para buscar sus propias comodidades. En muchos casos (aunque no en todos) está de hecho libre del control directo y continuo de un superior. Pero también es cierto que luego se impone tiempos de oración ya veces prácticas ascéticas muy exigentes, más de lo que puede ocurrir en un monasterio. Además, hay que considerar que cuanto más gana en libertad, más pierde en seguridad, ya que la institución (en este caso la diócesis) rara vez le garantiza asistencia, alimentación, alojamiento, salario. Cuando se trata de mujeres, este apoyo prácticamente nunca existe, y la persona debe cubrir sus necesidades totalmente por sí misma o con la ayuda de la red de conocidos. 

»Por fascinante que pueda parecer desde lejos, el eremitismo es principalmente, todos los días del año, una vida que se compone sobre todo de soledad, silencio, vigilias, lecturas espirituales y oración. Para perseverar, se requiere una motivación más fuerte que un simple retroceso, así como superar los varios años de pruebas y dificultades que siempre preceden al comienzo de una vida estable de ermitaño a tiempo completo. […]

Algunos ejemplos:

«Barbara tiene 40 años, vive en un condominio en las afueras de Roma. Tiene un diploma de bellas artes de París. Se mantiene vendiendo sus pinturas, lienzos llamativos que representan escenas sagradas. En las horas que no está trabajando, Bárbara reza, medita frente a los iconos, entona la liturgia de las horas. Bárbara es una ermitaña.»

«Lucio, en cambio, camina. No tiene coche ni otros medios. Una vez al año, a principios del verano, sale a pie, se queda fuera de casa unos meses, durmiendo en las sacristías, en los santuarios, dondequiera que se ofrezca hospitalidad. Si tiene la oportunidad, comparte el evangelio con las personas que conoce.»

«Carlos es sacerdote, pero tiene un título en medicina y una especialización en psiquiatría. Trabajó durante mucho tiempo en hospitales de Francia. Ahora pasa en silencio y soledad cada mañana y cada tarde, en un pequeño apartamento de ciudad. Por la tarde, baja a la iglesia debajo de la casa donde se confiesan una docena de personas todos los días.»

***

El valor del libro, se da en que lo realiza un “científico” de esta modernidad. Es la primera investigación en este sentido. El autor no es un Paladio, pero da una muestra de lo que se le ha escapado a esta iglesia modernista en crisis; y lo que se le ha escapado, regresa a los primeros siglos del cristianismo.

Cuando encuentres una persona con situación de calle, o un mendigo en los trenes, piensa si no es un “eremita urbano”.

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1 A. J. FESTUGIÉRE, Sur une nouvelle édition du «De vita pythagorica» de Jamblique: Revue des études grecques 50 (1937) 476.   

martes, 21 de junio de 2022

Contra el disparate de la autorreferencia: Eremitas Urbanos

 

Su número crece cada día. Pasan su vida en oración, no temen la pobreza y rechazan cualquier jerarquía. Su fuerza está en contradecir el espíritu del tiempo.

La Iglesia ha decidido reintegrarles en el Derecho Canónico. Lo que no quieren es, justamente, ser noticia. Buscan el silencio y la discreción. Su puerta permanecerá cerrada para quien se acerque como periodista, o simplemente como curioso.

Tengo el privilegio de conocer a algunos personalmente, pero no tendría acceso alguno a sus escondrijos si violase la promesa de no dar nombres ni direcciones. De todos modos, si alguien quiere buscar su rastro, que no los busque en lugares inhóspitos: es mucho más probable que los encuentre en las buhardillas de los centros metropolitanos. Me refiero a los eremitas.

Han regresado por la puerta grande, su número crece cada año, aunque pocos lo saben, como es obvio, dado su empeño en pasar desapercibidos. La Iglesia, en cambio, sí sabe de ellos, y ha decidido volverles a dar un sitio dentro de su estructura, pues el Código de Derecho Canónico de 1917 los había ignorado. No por hostilidad, sino porque parecía que formaban parte de una página cristiana, larga y gloriosa, pero definitivamente cerrada.

Una página que se inició cuando en Oriente miles de creyentes huyeron al desierto o a las montañas: grutas y chozas se llenaron de solitarios que luchaban tanto contra leones y serpientes como contra diablos tentadores. La fama de sus ayunos, de las penitencias, del silencio ininterrumpido provocaba la afluencia de discípulos, y con frecuencia el solitario se veía obligado a acogerlos, creando –a veces contra su voluntad– una comunidad a la que dar una regla.

También fue éste el destino de quien en Occidente iba a ser el origen de la forma de monacato que marcaría los siglos siguientes beneficiosamente. Benito de Nursia empezó como eremita pero su misma fama de santidad le sacó de la cueva y le forzó a transformarse en maestro y legislador de cenobios.

La Edad Media se llenó de eremitas, muchos de los cuales encontraban su sustento guardando cementerios, puentes o santuarios. El declive comenzó con el Concilio de Trento, que desconfió de los anacoretas porque eran incontrolables, y concluyó en el Siglo de las Luces y la Revolución Francesa que persiguió a estos «parásitos asociales» a los que también consideraba «fanáticos oscurantistas».

En el siglo XIX el eremita quedará relegado a ser casi un personaje de novela romántica, al estilo Conde de Montecristo. Dentro de la Iglesia, la vocación a la soledad había quedado canalizada desde hacía tiempo a través de órdenes religiosas como las de los cartujos o los camaldulenses, en las que el aislamiento va unido con la comunión con los hermanos en la oración y en la conversación.

Se decía que el silencio del Código eclesiástico de 1917 era significativo: ya no quedan anacoretas, fuera su regulación. Y en cambio, esta vocación –rara, pero insuprimible– desde luego no había desaparecido, sino que se incubaba bajo las cenizas, de modo que el nuevo Código publicado en 1983 ha tenido que levantar acta. En el segundo inciso del canon 603, la Iglesia reconoce oficialmente a los ermitaños como «consagrados» si «mediante voto u otro vínculo sagrado, profesan públicamente los tres consejos evangélicos (pobreza, castidad, obediencia) en manos del Obispo diocesano», y si el mismo Ordinario del lugar les aprueba una regla que ellos mismos hayan redactado.

Una legislación light, con requisitos mínimos, pero tal y como es obligado para una elección de vida inspirada por la obediencia a la Iglesia y a la lectura más rigurosa del Evangelio a la vez que por la libertad y la autonomía de los hijos de Dios que siguen una vocación particular y del todo personal.

Las estadísticas son difíciles, por no decir imposibles: aunque se les conoce, muy raramente los ermitaños responden a los cuestionarios. Ahora ha aparecido la investigación de los jesuitas americanos en las páginas de su revista cuatrimestral para consagrados Review for Religious. Hay que reconocer que esos religiosos americanos han tenido cierto éxito, pues de una muestra de 600 eremitas en todo el mundo han conseguido 140 respuestas. Una miseria para cualquier otra categoría social, pero todo un éxito dentro de la anómala categoría de los ermitaños, que si nos atenemos a las valoraciones fiables, contaría en todo el mundo con veinte mil personas.

En Italia de mil a mil doscientos, divididos casi igual entre hombres y mujeres. La inmensa mayoría es católica, aunque no faltan otras confesiones cristianas y otras confesiones. Como alguien ha señalado, el anacoreta es el más ecuménico entre los creyentes porque recupera –viviéndolos todos los días– los valores que unen todas las confesiones: oración, penitencia, sacrificio, ayuno, alejamiento, contemplación

Parece que entre los nuevos ermitaños italianos también se cumple lo que revela la investigación americana, según la cual, solamente un dos por ciento ha elegido vivir en cuevas o sitios por el estilo, como galerías subterráneas. Ni la mayoría se encuentra en el campo o en las montañas. En realidad, el mayor número de los ermitaños actuales es «metropolitano».

La gran ciudad es el verdadero sitio de la soledad, del anonimato, del combate silencioso contra los nuevos demonios. La mayoría tiene entre cincuenta y sesenta años, y son rarísimos los que están por debajo de los treinta. No hay más que recordar el viejo proverbio: «A joven ermitaño, viejo diablo».

Todos los maestros de la vida espiritual han enseñado siempre que una vocación así distingue a una élite de hombres y de mujeres particularmente experimentados. De hecho, en el eremitorio no se tiene el apoyo de una comunidad fraterna; la soledad y el silencio constantes son un gozo sólo para quien realmente ha sido llamado; ni siquiera se cuenta con un hábito o un distintivo. No sólo: la obligada pobreza se convierte muchas veces en miseria, sobre todo para quienes han encontrado en la ciudad su «desierto», dado que el anacoreta buscará huir de toda «dispersión», y por tanto, de los trabajos en fábricas u oficinas, con lo que vivirá de las pequeñas cosas que pueda hacer dentro de sus modestísimas cuatro paredes. Esto casi nunca asegura unos ingresos suficientes para que una vida no se deslice desde la pobreza hasta la indigencia. Ésta es una de las razones por la que muchos esperan a tener una edad suficiente para una pequeña pensión, aunque sea mínima, que les permita cultivar en paz su propia vocación.

En general tienen más suerte para el sustento diario aquéllos que tienen su cabaña en el campo. Todas las experiencias dan fe de que los inicios son difíciles por la desconfianza de los paisanos que se preguntan quién será ese «forastero» extraño que, por lo general, tiene un aire distinto (la mayoría tiene título universitario), que no recibe visitas, que no tiene ni teléfono ni televisor, que se va a la cama con las gallinas y se levanta con el alba y que sólo cruza con los demás –párroco incluido– las mínimas palabras indispensables.

De modo que la primera visita, por lo general, es la del policía local, alertado por las observaciones de los vecinos. Después, poco a poco, se acepta al «forastero» como un miembro de la comunidad, algo extraño. Aunque la mayoría son laicos, también son numerosos aquellos sacerdotes, frailes o monjas que llegan a la vida eremita tras muchos años en comunidades tradicionales.

Son los más afortunados, pues una vez que se les concede el permiso para dar el paso a esta nueva forma de vida, suelen tener la ayuda de la familia religiosa de la que provienen.

Pero, ¿por qué una elección así? Lo primero que hay que decir es que se trata de una vocación, una llamada, que ha florecido de nuevo por reacción a la borrachera «comunitaria», «social» que ha arruinado muchos ambientes religiosos. El exceso de insistencia en el compromiso con el mundo y el desbordamiento de las palabras, habladas y escritas, han llevado a muchos, por contraste, a redescubrir la fuerza de la oración y el gozo del silencio.

El ermitaño da su vida por cosas «inútiles» según el mundo y, desgraciadamente, también según cierto eficientismo cristiano actual. La sencilla regla que él mismo se escribe, y que si quiere somete a la aprobación del obispo, prevé, sobre todo, horas de oración, de lectura espiritual, de meditación. Prevé vigilias, ayunas, penitencias, renuncias. En el ermitaño hay un rechazo radical de la lógica mundana, para la cual sólo la acción, la política, el compromiso social, las inversiones económicas pueden cambiar el mundo para mejor. Él, por su parte, ha respondido a una llamada que le ha hecho comprender hasta el final que sólo quien entrega su vida la salva, y que el modo más eficaz de amar y de ayudar es el de sepultarse bajo el anonimato, el silencio, la impotencia, creyendo hasta el fondo en los misterios vínculos de la «comunión de los santos».

Creo que esto es lo que quería decir la inscripción que vi en la pared de la habitación de un anacoreta en una casa deteriorada del corazón de Turín: «El que va al desierto, no es un desertor». Nada de un desertor, sino más bien un creyente que, en vez del activismo constructivo sólo en apariencia, ha decidido practicar la forma más alta de caridad en la perspectiva evangélica: la oración ininterrumpida por todos, en la soledad y en el silencio más radicales.



Vittorio Messori

Fuente


jueves, 3 de octubre de 2019

Ora et Labora

Elevar la piedad y dignificar el trabajo, fueron las metas que produjo una auténtica cultura. Ora et Labora no fue una inculturación, sino una originalidad , que dio origen a un motor del cual surgirá la futura Europa. Profundamente entrelazado con el monaquismo oriental, San Benito de Nursia estructurará la vida monástica en occidente.
EL CONTRASTE DE LA NUEVA JERUSALÉN. – El monje, es un ser que entre otras cosas, manifiesta el rechazo a una sociedad con sus ficticios valores, por los cuales vive y muere. 
El monje es un ser que contrasta permanentemente la realidad del mundo tenebroso. 
El monje es un ser, que todos los días enjuicia al mundo, enemigo de Dios y de sus seguidores.
Este contraste no se da en forma activa, sino en modo pasivo. Consiste en la paradoja de la potencia de la debilidad. Es el grito del silencio. Es la fuerza del que desprecia los medios.
LOS QUE SE MIRAN EL OMBLIGO.  – Hoy día, el monje es un ser que muestra la mentira de una falsa autoridad que la tilda de autorreferente.
¿Quién se mira el ombligo? ¿Es el que corre detrás de los medios y del afán para ser bien visto en sociedad?, o ¿la de aquel que desprecia todo esto mirando a Dios?
EL TRIUNFO DE LA PAX.  – Las comunidades monacales serán el refugio y el germen seguro de la Pax cristiana. Como iconos de la futura Jerusalén, surgirán los monasterios que serán los generadores de trabajo, pues ocuparán a todas las familias que se asienten en su derredor. Así levantarán las nuevas ciudades, donde el monasterio estará en el centro y la aldea de familias en su contorno.
RUPTURA CON EL MUNDO CLÁSICO. – San Benito, en una era de profunda crisis, rompe con dos valores del mundo clásico: el otium y su negación, el negotiumEl otium era el tiempo dedicado a la escritura, y al pensamiento. Dentro del negotium figuraba toda acción social, como la política, los pleitos, los procesos y el comercio.
Entre ambos, era el otium, la σχολή (skholé) griega, lo que se privilegiaba. Dichoso el hombre, que se alejaba en su villa, para darse a la σχολή (skholé) contemplativa. Beatus ille qui procul negotiis exclamaba el poeta lírico Horacio: Bienaventurado el que se aleja del negotium...


EL DESPRECIABLE TRABAJO. – Sin embargo algo era inferior a todo, el trabajo manual, aquel que se hace con herramientas. Su ídolo en la mitología griega era Hefestos, tan feo que desde niño fue arrojado del Olimpo, quedando el personaje no solo feo, sino lisiado y cojo. El mito no hace sino reflejar un sentir común, un espejo donde se miraba la sociedad. Ese trabajo manual con herramientas, esa ars mechanica, esa labor de esclavos, esa βαναυσία (banausía) debía ser arrojada del ideal olímpico, tal como lo hace Platón, afirmando que los herreros son calvos y enanos.
IR CONTRA LA CORRIENTE. – Analizando la época clásica, se nota la osadía de San Benito, en romper con estas categorías del pensamiento clásico, que él como estudiante romano conocía perfectamente, valor de ruptura que no hallamos en nuestros apocados y pusilánimes neomodernos.
Afirma San Pablo, que los sabios de este mundo por la ciencia no conocieron a Dios, por ello quiso Dios salvar a los que creen en la locura de su doctrina. Nada de inculturación existe en San Pablo, y para ser más claro, dice:
Porque los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles.1
ORIGINALIDAD CRISTIANA. – El cristianismo es una originalidad única, tan original como su concepción divina. De allí, que el orden del nuevo mundo, es de por sí original, tan original como lo fue en el génesis antes del pecado del primer hombre. Dicha originalidad no admite inculturación sino contraste profundo y lógica ejecución, la cual nos lleva como hoy, al degüello, pues la inferioridad de los infieles es tan grande, que no saben de que otra forma responder, con un mundo que se les cae a pedazos, pedazos que ellos no saben reconstruir y no quieren que reconstruyamos.
Esta es la originalidad de San Benito de Nursia: Ora et Labora.
UN MUNDO TEOCÉNTRICO. – En el Ora, está la contemplación del viejo otium, pero fundamentado en la pietas. El otium ya no será antropológico, sino teocéntrico.
En el Labora, está la detestable ars mechanica, la βαναυσία (banausía), y está a la par de la contemplación hecha oración. Este es el choque que más llama la atención.
Cuando San Benito introduce el labor, se aleja del negotium, pues considera que la ocupación en la fatiga debe ser asumida; de la cual los latinos clásicos huían, pues era considerado trabajo servil. Desplazar el negotium del centro de la actividad humana, para introducir el labor, es una nueva concepción. El Labor es la respuesta a la obediencia cuya orden dictamina el Génesis:
Con trabajo (in laboribus) comerás de ella todo el tiempo de tu vida. 2
RUPTURA CON LAS CLASES MEDIEVALES. – Si esta originalidad rompía con los moldes clásicos, lo mismo hará con los moldes medievales, que se estructurarán en sus tres clases principales, los clérigos, la nobleza guerrera y los miserables agricultores. La Pax cristiana de los monasterios, unirá al orante, el clérigo, con el pobre campesino, en su Labor.
Esta es la Pax que cantará Fray Luis de León (1527-1591):
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruïdo,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
EL OCIO INCONCEBIBLE. – Lo que no se concibe, tanto dentro de mundo clásico, como de la vida monástica es el ocio, como el no hacer nada. Por ello decían los clásicos:
El ocio, si no va acompañado del estudio, es la muerte y la sepultura en vida del hombre. 3
La ociosidad genera la inconstancia del espíritu.4
Los vicios de la ociosidad hay que combatirlos mediante la laboriosidad.
EL EQUILIBRIO DIARIO. – Sin embargo, lo original sigue su curso al estructurarse este Ora et Labora en la vida diaria, es aquí donde la concepción benedictina toma el equilibrio, pues la Pax cristiana, es esto, es ante todo un equilibrio interno. ¿Cómo se equilibra la contemplación con el ars mechanica y el descanso? ¿Cómo se equilibra tanto en invierno como en verano? Esto impone una división del día, en un fraccionamiento horario, donde teóricamente, se distinguen ocho horas dedicadas al Labor, ocho horas al Ora y ocho horas al descanso y restablecimiento corporal. Tal vez sea la ley de las tres ocho horas; pero la misma se verá equilibrada en el vitró de nuestra portada, donde en el círculo exterior hallamos la distribución de las horas de contemplación:
Maitines después de medianoche, Laudes antes de la salida del sol, Prima al salir el sol, Tertia por la mañana, Sexta al mediodía, Nona a la tarde, Vísperas a la caída del sol, y Completas antes de acostarse. En el centro del vitró observamos el trabajo servil, pues la copia de libros en la antigüedad clásica, era una labor de esclavos. Sin embargo, este trabajo de esclavos, que encorva al monje, está dentro de una iglesia con rasgos, por momentos románicos y en otros góticos. El Ora et Labora, forman una unidad existencial y artística.
LA ACCIÓN MODERNA. – Hoy se vive en la modernidad, donde la acción, como el principio básico de la existencia, reemplazó todo el orden existente. No debe tomarse la acción moderna como el laborem, su concepto es otro. En la acción moderna podemos hallar tanto el negotium clásico como su oponente otium y para otros el oficio de revolucionario.
ROTURA DE LA PAX CRISTIANA. – De todos modos, el equilibrio de la Pax cristiana, ha sido roto, su primer demoledor, fue una civilización emanada de los iconoclastas protestantes. Así llegamos a la jornada laboral moderna, hoy reducida a ocho horas continuas, con excepción de breves interrupciones, y cuando el hombre moderno no está sujeto a este mundo laboral, prevalece el Circo, el entretenimiento, el homo ludens, y se lo llama feriado, donde algunos optimistas dicen que es un descanso. Como se puede comprobar, la contemplación, si no es el viejo Otium rentable, no existe, la pietas ha desaparecido, la ars mechanica se da a las personas que no lograron suficiente grado de cultura, y el negotium lo ejercen quienes dicen estar preparados para ello. Esto es en teoría, pues en la práctica una masa de excluidos, mira todo este panorama desde fuera, sin encontrar otra respuesta que no sea la protesta, llegando en algunos casos hasta la destrucción.
Este panorama no sería completo, si no añadimos lo que en la actualidad vemos en nuestro país a diario cuando se cortan las calles: el oficio de revolucionario pagado por el estado, bajo el manto de planes sociales; señalando la debilidad ideológica de un estado liberal en franca decadencia.
LOS TEÓLOGOS INCOMPETENTES. – A este mundo, se enfrentan los incompetentes con cargos jerárquicos, que dicen ser teólogos, para quienes el Labor ahora es Oratio. Sabemos, que San Juan Bosco invirtió el orden benedictino, con su Lavoro e Preghiera, pero el santo no hacía sino indicar que su vida se ordenaba en base al trabajo, no en base a la contemplación, la cual no descarta en absoluto; como tampoco enseñará que el trabajo es contemplación.
INFLUJO PANTEÍSTA. – Esta concepción, la de afirmar que el labor o la labor apostólica es la pietas, es propia de la nefasta influencia del panteísmo moderno, donde no existen límites de sexo, ni de países, ni de ideas, ni de concepciones, ergo tampoco existen límites entre contemplación y trabajo. Sería bueno, que estos intelectualoides con su teología encarnada en la nada jasídica, explicaran a los trabajadores, esos que soportan ocho horas seguidas de trabajo servil, que el trabajo es contemplación.

EL SELLO DE CASIODORO. – Sin embargo este Labor sufrirá una nueva impronta, al enfrentarse con los problemas de su civilización. Casiodoro (c.485-c.580) dará su tónica, y así lo relata en su historia el barcelonés Francisco Canals Vidal:
Hacia 540, el influyente estadista (Casiodoro) ya septuagenario se retiró a un monasterio dotado por él mismo en su patrimonio hereditario.
El monasterio de Vivarium sobre el golfo de Squilache, cuyo abad fue el propio Casiodoro, fue provisto de una inmensa biblioteca. Organizado, al parecer, según la regla de san Benito, la fundación de Casiodoro representa el injerto, por otra parte bien connatural a la espiritualidad del patriarca de los monjes de Occidente, del estudio y la conservación de la cultura como tarea preferente de la vida monacal.
Por este injerto en el árbol benedictino, durante siglos las bibliotecas y scriptoría monacales iban a ser el refugio casi único del mundo de la cultura, y a través de ellas se iba a transmitir el patrimonio clásico y patrístico de la cristiandad que había de nacer siglos después. 5
Por consiguiente, el monje, copiando libros en el centro de nuestro vitró, refleja el Labor que salvó las obras culturales del mundo antiguo clásico y de este modo, un Labor estructurado en la Pietas, dio al mundo presente el fruto del Otium de una época muerta.
CUESTIONANDO A LOS INCULTURADORES. – ¿Quién salvó las obras de la cultura clásica? ¿Acaso fue la inculturación? No, sabios neomodernos, fue una originalidad cristiana, que podría ser llamada, Ora et Labora.

EL ETERNO RETORNO. – De este modo, lo viejo regresa inevitablemente, cuando responde a la originalidad católica, a la Nueva Jerusalén.
Rod Dreher, católico pasado a los ortodoxos por causa de los escándalos sexuales de una jerarquía depravada, cree haber descubierto una estrategia para enfrentar la sociedad moderna o postmoderna. Algunos la llamaron la huida del mundo, lo cual no es real, es ante todo un contraste pasivo y potente contra el mundo del cual nadie huye. Esta ponencia tiene adeptos y fuertes críticas, pero es indudable que el libro dio en la tecla justa, de allí su éxito.
RUPTURA CON EL MUNDO MODERNO. – Hoy el Labora rompe el oficio de revolucionario y su oponente el Negotium liberal.
Hoy el Ora rompe con el homo ludens hecho Negotium, proponiendo una contemplación perdida y olvidada.
Lo siento jesuitas que militan en la vanguardia de la decadencia, nada hay que inventar, ni reinventar, y mucho menos ir a buscarlo al yoga; hoy lo viejo es más actual que cuando se hacía ayer. Tal como afirma Etienne Gilson al explicar la mística de San Bernardo:
«... intentar vivir íntegramente la Regla de San Benito, como ensayar vivir la de San Francisco, supone vivir la vida integral del Evangelio, y jamás habrá nada ni más raro, ni más original.» (La Teología Mística de San Bernardo. Cap. I.)
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1  1 Corintios 1,22 y 23.
2  Gén. 3,17.
3  Séneca, Epístola 86: «Otium sinne litteris, mors est, et uiui hominis sepultura»
4  Lucano, De bello civili, lib. IV, v. 704: Variam semper dant otia mentem.
5  F. Canals Vidal . Historia De La Filosofía Medieval. Cap III.
6  https://adolfoleoni.wordpress.com/2015/05/03/dopo-sette-secoli-a-santa-croce-celebrano-i-benedettini-da-lotario-e-imelda-a-tolkien/