Calesita

lunes, 29 de junio de 2026

La utopía joaquinista

 

    En nuestra entrada anterior, presentamos una simple Kritic a la película de Jordan River. Ahora desarrollaremos muy brevemente las teorías imaginativas de Joaquín de Fiore.

El monje Joaquín introduce una novedad, ya sea esta de concepción como de método.

La concepción se origina en el milenarismo de su época, pues en sus días ya se habían contado los mil años de la era cristiana. Este paso del tiempo inquietaba los ánimos. El monje calabrés no pudo escapar de esta vivencia, de allí que su gran novedad, es el nuevo milenarismo que se aproxima, a tal punto, que ya lo veía ante sus puertas.

Su exégesis

Para adentrarse en el nuevo milenio, se hace necesario efectuar una exégesis que lo haga posible y aquí nace su otra novedad.

Hasta sus días, se daban en la exégesis de los textos sagrados, cuatro sentidos. Tomemos como ejemplo el milagro de las bodas de Caná (Juan 2,1-11). En este texto tenemos un primer sentido, que es el literal: seis tinajas de agua se transforman en vino. El segundo sentido es alegórico, las seis tinajas de agua representan la ley antigua de los hebreos. El vino, responde a la nueva ley de Jesucristo. El tercero es un sentido moral, donde la Virgen María intercede ante su Hijo y los sirvientes obedecen sirviendo agua al maestresala, y la misma se transforma en vino. Por último, en el cuarto hallamos un sentido místico, donde nos encontramos ya de hecho, en una Nueva Alianza entre Dios y el ser humano. Ya no son las bodas de Caná, sino las bodas místicas del Cordero con su Iglesia.

Frente a esto, Joaquín de Fiore instala un quinto sentido que de Lubac llama, el espiritual, el cual no es otra cosa que su intuición personal. Aquí está la ruptura de la tradición y la novedad joaquinista. Este nombre lo toma de Ricardo de San Víctor (1110-1173). Para Ricardo, el agua de las bodas de Caná, se refiere a la «letra» y el vino a la «inteligencia espiritual» (Miscellanea l, 82; PL 177, 517-518). Sin embargo esta inteligencia espiritual de Joaquín difiere con Ricardo, donde la intuición se hace inteligencia.

Para el monje calabrés, las edades de la historia salvífica son cinco. Esta división la toma de San Agustín. El obispo de Hipona ve en las tinajas de piedra el símbolo de las seis edades del mundo, ante las que la venida de Cristo inauguraría una nueva y definitiva.

Si aplicamos a Joaquín dicha alegoría, estaríamos tan solo con cinco tinajas:

Primera, la edad anterior a la ley, «ante legem».

Segunda, el pueblo hebreo bajo la ley, «sub lege».

Tercera, el nuevo pueblo bajo el evangelio, «sub evangelio» o más bien, «sub litterre evangelii».

Cuarta, el pueblo bajo la letra del Nuevo Testamento, «sub litterre novi Testamenti».

Por último, la humanidad en la Nueva Jerusalén, «in patria» o «in manifesta visione Dei».

Como vemos, el número de las tinajas del Evangelio no encaja con la división realizada por Joaquín de Fiore.

Sin embargo, para visualizar su intuición, las cinco tinajas se resumen en tres eras, edades, eones o Testamentos. Esto lo induce a pensar, que cada persona de La Trinidad, toma a su cargo una de ellas. En el Liber Figurarum, lo esquematiza con tres círculos.

El primero es de color verde y responde al Padre. Se inicia en la creación. El mismo se divide en dos. Antes de la ley y bajo la ley.

El segundo es de color azul, representa al Hijo que viene del cielo.

El Tercero es de color rojo, regido por el Espíritu Santo quien es Amor.

Los círculos se entrelazan entre sí y poseen una intersección, para indicar la unidad de naturaleza o esencia entre las tres Personas Trinitarias.

En 1215, el Cuarto Concilio de Letrán condenó la concepción trinitaria de Joaquín. La condena se basaba en un panfleto contra Pedro Lombardo. Se comprobó que este escrito es apócrifo. Joaquín de Fiore concebía la Trinidad como lo hizo la Tradición. Sus errores están en otra parte.

La novedad del monje calabrés se encuentra en el tercer estado. Éste se produce, pues toma a la letra el Apocalipsis, de modo que se transforma, al modo de ciertas corrientes protestantes de hoy, como una Historia de la Iglesia futura. Sin embargo, no se trata de historiografía ni de filosofía. Estamos ante una fanta-historia.

Esta fantasía histórica lo lleva a concebir el nuevo Testamento como una analogía del Antiguo. O sea que en el Antiguo Testamento no se ha realizado nada que no se tenga que realizar igualmente en el Nuevo. La deducción es simple. El Tercer Testamento, es una analogía de los otros dos y no se realizará nada que no haya sido ya realizado. En el tercer eón ya no habrá letra ni doctores. Solo existirá un Evangelio espiritual que se inscribiría en los corazones de los cristianos contemplativos. Por lo tanto, el clero dejaría de existir porque le daría paso al monacato. Estaríamos ante el «Evangelio eterno», del que habla el libro del Apocalipsis. (Ap 14,6).

Es cuando emerge "otra Iglesia" portadora del "Evangelio en espíritu". A la "Ecclesia clericorum" sucederá la "Ecclesia contemplantium". Para describir esta mutación, toma como analogía la barca de Pedro y la barca de Juan. Hoy la iglesia navega en las dos barcas, pero en el tercer estado, solo la Iglesia navegará solamente en la barca de Juan.

El evangelio del Espíritu no es un nuevo libro, que aporte una nueva letra, sino la inteligencia espiritual de los libros de los dos Testamentos. Es el nuevo cielo abierto del Apocalipsis. Esto hace que nos encontremos con una nueva "religión", libre y espiritual. De este modo todo el Evangelio tiende a convertirse en un proto-evangelio de transición entre un eón y otro.

Con este planteo, se debilita la Iglesia de Cristo para dar paso a la Iglesia del Espíritu. Ya no es que vivimos en un tiempo donde se lleva la doctrina de Jesucristo al mundo para ser bautizado, como lo plantea el final del Evangelio de San Mateo (Mat. 28,18-20), sino que esta etapa caduca ante su intuición. Para la Tradición, esta tercera etapa, tradicionalmente corresponde a la misión ante el mundo para que acepte la revelación. No es una tercera etapa para congeniar con herejes y judíos, como se practica en la actualidad. Una actualidad de una Jerarquía impregnada de un fuerte joaquinismo.

Otra vuelta de tuerca

Para redondear su intuición, inventa el principio de la concordia entre los dos Testamentos. Esta concordia termina por equiparar el Nuevo Testamento al viejo. No existe en el mismo, un salto profundo y cualitativo. El Nuevo Testamento pasaría a ser una letra concordante con la primera, por lo tanto, ambos terminan en la chatura literal. Esto parece concordar con aquellos que opinan que Joaquín poseía ascendencia judía.

La utopía joaquinista

La pregunta sobre el monje calabrés, como un intuitivo iluminado, es preguntarse ante qué nos encontramos. Esto no es Revelación, no es exégesis propiamente dicha, no es espiritualidad y en último caso aplicando recortes en su pensamiento, puede hasta no ser una herejía. A Joaquín no se lo condenó por hereje. Tan solo se condenaron sus opiniones, pues acarreaban una disolución eclesial. ¿Qué es entonces? Simplemente, una hermosa utopía, desencajada de toda Tradición sensata. Fuera de toda realidad circundante.

La era donde transcurrió su vida era dura y llena de problemas. Encontró refugio en el Apocalipsis que estimuló su imaginación desbordante. Su Tercera Edad o Testamento, no es la Jerusalén Celestial que se realiza en la Historia, sino una hermosa utopía irrealizable. Ya el mismo término lo dice todo. Utopía proviene de ου, es decir, no y τοπος o lugar. Es el No-Lugar del futuro. Para llegar a este No-Lugar debe forzar todos los textos sagrados y hacerles decir, lo que él quiere que digan. Este No-Lugar fue el faro de muchos que transitaron por la Historia. En nuestros días, es el No-Lugar del Vaticano II, con el desesperado llamado de Juan XXIII al Espíritu Santo, para que inaugure una Tercera Era, donde católicos, judíos y herejes se cubran bajo las alas del mismo Espíritu.