Calesita

domingo, 19 de enero de 2020

viernes, 17 de enero de 2020

Tríptico del 6 de enero (IV)


Las bodas místicas.
El tercer milagro o portento que se recuerda el 6 de enero, es el realizado en las Bodas de Caná, que en el rito tradicional de occidente se recuerda el Segundo Domingo después de Epifanía.
Símbolos del icono
En el icono hallamos los esposos coronados tal como se realiza en oriente, y con vestiduras blancas que indican la nueva vida.
Jesucristo lleva un rollo escrito en su mano, es el símbolo de su palabra.
San Pedro a la derecha viste de azul, color indicando que Jesucristo transmite su santidad. El maestro de ceremonias está de marrón, color de la tierra que no alcanza a comprender el misterio de la transformación.
El sirviente que presenta el vino viste de verde, por la renovación espiritual, siendo el verde en oriente, el color del Espíritu Santo; pero quien vierte agua está de rojo, pues indica la plenitud de la vida terrenal.
Entre los esposos surge un pilar, la familia es el pilar de la sociedad, la cual sostiene la piedra angular entre los dos templos, el antiguo de color rosado y el nuevo con techo azul o santificado.
El paño púrpura sobre el templo y sobre la piedra, indica la revelación del Antiguo Testamento. Es el velo del templo que aún no se rasgó. Además insinúa que la escena de renovación, se desarrolla en el interior del hombre.
Seis de enero, estamos en el sexto día de la Nueva Creación. La nueva humanidad generada ahora por el Espíritu, ha vuelto a nacer, adquiriendo una nueva potencia, que no tenía antes de entrar en las aguas primordiales del bautismo. Y siguiendo la antífona de Epifanía:
Hodie vinum ex aqua factum est ad nuptias.
Hoy (hodie) el vino (vinum) se hizo (factum est) del agua (ex aqua) en las bodas (ad nuptias).
La re-novación o ανακαίνωσις
Con el bautismo el cristiano comenzó la anakáinosis. Es el agua que enrojece en vino.
En el término griego de anakáinosis, ανα-καίνωσις proviene de aná (ανα), que significa encima y kainóo (καινόω) que significa volver a crear; ergo, es un volver a crear arriba de lo que se quita. El término griego no tiene desperdicios y decir renovar, es quitarle en parte todo el significado que trae, por tal motivo separamos el término en re-novar, es decir, hacerlo todo nuevo
El esquema del cuerpo carnal ha sido cambiado en el bautismo con la re-generación, pero el viejo hombre, el cual persiste, no ha sido re-novado.
Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas. (Ap. 21,5)
La re-novación se hace mientras dure su vida carnal, en el cuerpo psíquico.
Somos como las seis vasijas de las bodas de Caná, que contienen el agua primordial para las abluciones, limpiaron pero ahora su contenido debe re-novarse.
Dijo la madre a los servidores: Haced lo que El os diga. (Juan 2,5)
Como estos servidores nos hemos puesto en las manos de María, Nuestra Señora que toma la iniciativa, pues es la que nos re-genera en su corazón místico, y hacemos lo que Jesucristo nos dice; de este modo, esta agua vieja se re-nueva en vino. Es la potencia que se actualiza en el nuevo género humano.
Estamos en las bodas místicas entre el Cordero y su esposa, la Iglesia; mientras permanecemos en las bodas, la re-novación será el resultado de nuestra nueva vida en esta nueva creación.
Esta re-novación lleva a una metamorfosis del espíritu humano, es el agua que al obrar bajo la Palabra de Jesucristo cambia de esencia, no por la sola Palabra, sino por la Palabra y la acción que la acompaña; de este modo el agua ahora es vino. Decía San Pablo:
Todos nosotros a cara descubierta reflejamos la gloria (δοξαν) del Señor como en un espejo y nos transformamos (μεταμορφουμεθα) en la misma imagen (εικονα), de gloria en gloria (απο δοξης εις δοξαν), a medida que obra en nosotros el espíritu del Señor (απο κυριου πνευματος). (2Cor. 3,18)
Hablamos de metamorfosis, otro término griego, que indica la transformación que sufre la persona en la anakáinosis. Por eso vamos de re-novación en re-novación, y esto produce la metamorfosis. Esta metamorfosis, es el agua que cambió su esencia por vino.
Con este texto, San Pablo nos presenta las cuatro causas de la metamorfosis:
1. La causa material, es el espíritu del cristiano.
Todos nosotros a cara descubierta...(2Cor. 3,18)
La cara descubierta (ανακεκαλυμμενω προσωπω), es lo que se transforma. El verbo ana-kalipto ανακαλύπτω que se encuentra en participio pasivo, implica revelar; es un llamar, pero un llamar hacia arriba, hacia lo alto, hacia las alturas. Y este llamado se hace ya con el rostro, con los ojos del rostro. El cristianismo no es una logia que trabaja en lo oculto, sino “a cara descubierta”.
Así como vemos la degradación perpetuada en la cara de un ebrio, o como lo notamos en el rostro de un homosexual, así el verdadero regenerado, se metamorfosea y ya en su rostro y en sus ojos se percibe la mutación realizada en su espíritu. Lo mismo hallamos en esta otra cita:
Porque Dios, que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones... (2Cor.4,6)
¿Pero qué es lo que refleja ese rostro?
Esto nos lleva a la segunda causa.
2. La causa final consiste en reflejar la gloria de Dios:
...reflejamos la gloria (δοξαν) del Señor...(2Cor. 3,18)
Esta gloria es la Luz final.
Esto nos lleva a la cita anterior donde San Pablo refleja mejor su pensamiento:
... para que demos a conocer la ciencia de la gloria de Dios que brilla en el rostro de Cristo. (2Cor.4,6)
3. La causa formal, es la doctrina de Jesucristo que actúa permanentemente en la formación nueva. Es propiedad de la persona de Jesucristo, ser el icono (εικον) del Padre, por lo tanto, toda transformación producida en la anakáinosis, es una pincelada o cincelada para ese icono de Jesucristo que somos nosotros.
...nos transformamos (μεταμορφουμεθα) en la misma imagen (εικονα), de gloria en gloria (απο δοξης εις δοξαν). (2Cor. 3,18)
4. La causa eficiente es la acción del Espíritu Santo.
...a medida que obra en nosotros el espíritu del Señor (απο κυριου πνευματος). (2Cor. 3,18)
Quien realiza esta anakáinosis es el Espíritu Santo pero en sinergia con la persona.
La nueva creación se inicia con el Hombre Nuevo, por medio del cual todas las demás cosas se renovarán. De allí el imperativo de San Pablo:
No se engañen unos a otros; despójense del nombre viejo con todas sus obras, y vístanse del nuevo, que sin cesar se renueva, para lograr el perfecto re-conocimiento, según la imagen de su Creador. (Col. 3,9-10)
Tres milagros del día seis, el día en el cual la Palabra de Dios, crea la humanidad, y también el mismo día en que por tres prodigios, se recrea la Nueva Humanidad, nacida del Espíritu, se renueva y se transforma.



miércoles, 8 de enero de 2020

Tríptico del 6 de enero (III)


El “hodie” de La Teofanía.
De la nueva Luz de la Epifanía, pasamos al agua nueva del bautismo, para que luego del agua primordial surja el vino.
Hodie in Jordane a Joanne Christus baptizari voluit, ut salvaret nos.
Hoy (hodie) en el Jordán (in Jordane) Cristo quizo bautizarse (baptizari voluit) por Juan (a Joanne) para salvarnos (ut salvaret nos), aleluya.
El término Teofanía, se origina del griego Theós (Θεός), Dios y faino (φαιίνω), mostrarse. Estamos ante una manifestación divina, de esas que los racionalistas de todas las épocas, incluidos cristianos, rechazan sin previo análisis, solo por simple prejuicio.
Tal como lo relata la antífona de Epifanía, este es el segundo “milagro” o “portento”.
Nuevamente con Jesucristo, el hombre nuevo, se da la presencia del Espíritu sobre las aguas primordiales representadas por el río Jordán. Este es el río que dividía el destierro del pueblo hebreo, de la tierra prometida. A partir del bautismo de Jesucristo, la nueva agua comienza a generar vida, pero la vida del Espíritu de Dios.
Dice Mario Righetti en su Historia de la Liturgia:
La fiesta de la Epifanía (6 de enero) mira exclusivamente a exaltar la divina manifestación de Cristo en su bautismo del Jordán.
Es llamada por San Gregorio Nacianceno “sancta luminum dies” porque en la noche anterior tenía lugar la solemne bendición del agua y el bautismo de los catecúmenos.
La bendición del agua, posiblemente de río, lago o estanque, tiene lugar todavía hoy la tarde de la vigilia, como prescribió ya desde el siglo V Pedro Fullón, patriarca de Antioquía, usando una magnífica fórmula, atribuida a San Sofronio de Jerusalén (c. 650), pero que probablemente es, en gran parte, anterior a él.
Terminado el rito, todos se proveen de ella y la usan como agua bendita.
Righetti detalla el rito bautismal de los primeros siglos:
En la práctica, la inmersión estaba limitada a la parte inferior de las piernas, que quedaban sumergidas en el agua de la piscina hasta casi las rodillas, mientras el ministro, imponiendo la mano izquierda sobre el bautizando, derramaba con la derecha por tres veces el agua sobre su cabeza, la cual después fluía a lo largo de todo el cuerpo. Los antiguos monumentos confirman esta práctica litúrgica.
Pila bautismal de los primeros siglos
Esta ceremonia se hacía con temperaturas benignas. En oriente en zonas cálidas podía ser en enero, de allí el bautismo en la noche de que precede al día seis; pero no en Roma, donde las temperaturas son fuertemente bajas en esta época; por lo tanto se pasó el bautismo a la primavera, que la tenemos en la pascua florida.
El bautizado se ha vuelto a generar con una segunda naturaleza la que recibe de un segundo nacimiento. Una naturaleza que renace de la vieja naturaleza, pero esta es conforme a Dios.
Observando el icono, Jesucristo ingresa en las aguas primordiales del Jordán. Hasta la misma geografía nos habla de esta depresión. Estamos a 200 metros bajo el nivel del mar, es la imagen del abismo cubierto por las aguas del Génesis 1,2. El inglés que tomó la medida, pensó que tenía roto el aparato. Cristo continúa con su kénosis descendente.
Estamos en un sarcófago acuoso. El bautismo del ser humano, implica la muerte al hombre viejo, y de las aguas primordiales renace el hombre nuevo del Espíritu de Dios. Jesucristo, sin las vestiduras de cuero que Dios otorgó para vestir al viejo Adán (Cfr. Gén. 3,21), se sumerge en las aguas hasta las rodillas, tal como se hacía en el rito de los primeros siglos. Lo que era muerte, ahora es vida.
Dice Mario Righetti en su Historia de la Liturgia (Tomo II):
Jesús, sometiéndose, aun sin pecado, a la ablución simbólica del agua, recomendada por el Bautista, pretendió consagrar para siempre aquel elemento como principio de regeneración espiritual para todos aquellos que lo usasen y como medio para entrar a formar parte del reino de Dios y ser consagrados a él. En efecto, en el bautismo de Jesús se manifestó separadamente toda la Trinidad. El Padre da testimonio de su Unigénito; el Hijo fue acreditado ante el mundo como legado del Padre; el Espíritu Santo, que desciende sobre él, lo consagra en su divina misión. Lógicamente, más tarde, Jesús se referirá a las tres augustas personas en la fórmula oficial del sacramento dada por El a sus apóstoles.
…
En el hombre, compuesto de alma y cuerpo, hay que distinguir un doble nacimiento: el de la carne y el del Espíritu; con la diferencia de que uno depende de la voluntad del hombre; el otro, de la acción misteriosa de la gracia. A manera de viento impetuoso, el Espíritu de Dios hace germinar, según su beneplácito, la vida sobrenatural en el alma arrepentida de sus pecados, la cual es transformada y regenerada por El.
En el bautismo, el hombre deja de ser un ser puramente pasivo, tal como eran las aguas primordiales; y el Espíritu que es procesión, le imprime su poderosa acción.
Con el bautismo del cristiano se da inicio a la Nueva Creación.
La primera acción, es iniciar todo de cero, por lo tanto se quita el pecado de origen, con sus tres elementos presentados en el Génesis (Cfr. 1,2):
1. Lo informe o bohw (בֹהוּ) hebreo.
2. El vacío o tohw (תֹהוּ) hebreo.
Ambos elementos señalan la falta del ser.
3. Las tinieblas o joshek (חֹשֶׁךְ) para el hebreo que indican lo incomprensible, lo cual cubre la posibilidad de alcanzar la profundidad de todo el misterio cristiano. Es el abismo o thowm hebreo (תְהֹום) que presenta el Génesis.
De este modo un alma pasiva con un Espíritu activo, se sumerge en las aguas primordiales.
Observando el icono, la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma, hace alusión al Espíritu del Génesis que aleteaba sobre las aguas. Dirá San Juan Damasceno:
El Espíritu Santo planeando sobre las aguas primordiales ha suscitado la vida, al igual que planeando sobre las aguas del Jordán suscita el segundo nacimiento de la nueva criatura.
Y San Proclo de Constantinopla:
“Contemplad estas nuevas y estupendas maravillas: el sol de justicia se baña en el Jordán, el fuego se sumerge en el agua, Dios es santificado por ministerio de un hombre. Hoy toda la creación prorrumpe en este himno: Bendito el que viene en nombre del Señor”.
“Considerad este admirable y nuevo diluvio, superior en todo al que tuvo lugar en tiempos de Noé. Porque entonces el agua del diluvio destruyó al género humano; mas ahora el agua del bautismo, con la eficacia que Cristo le comunica al ser él bautizado, retorna los muertos a la vida. Entonces una paloma, llevando en su boca un ramo de olivo, designaba la fragancia del olor de Cristo Señor; pero ahora el Espíritu Santo, al venir en forma de paloma, pone de manifiesto al mismo Señor de la misericordia”1.
En el icono, los ángeles que le sirven son tres, a imagen de la Trinidad, tal como se representa la teofanía en Mambré (Cfr. Gén.18). Todos tienen en sus manos vestiduras blancas, pues los bautizados las llevaban hasta el día domingo siguiente, que en el rito romano, se llama Domingo “in Albis”.
Juan alza una mano para el bautismo y la izquierda hacia la divinidad, es el hombre viejo que espera el hombre nuevo y lo señala, como el Cordero de Dios.
Al pie del icono vemos un arbolillo y un hacha, donde se hace alusión a la predicación de San Juan Bautista:
Ya está el hacha puesta en la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. (Mt 3,10).
El árbol termina en una bifurcación de dos ramas, son las dos naturalezas de Jesucristo, la humana y la divina.
Los tres peces que se ven en el Jordán, son los cristianos nacidos en el bautismo. Recordemos que en los primeros siglos, se distinguían y se daban a conocer por el pez, que en griego se dice ijtys (ΙΧΘΥΣ), el cual era un acróstico que señalaba a Jesucristo.
Leemos en el acróstico: Jesús, Cristo, Dios, Hijo, Salvador.

Como dice Tertuliano:
Nosotros, pececillos, que tomamos nuestro nombre del que es el ἰχθῦς, Jesús el Cristo, nacemos en el agua y sólo permaneciendo en esta somos salvados. (De Baptismo I, 3)
Así fue profetizado:
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar; y os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. (Ez 36, 25-27).
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1 De las Disertaciones de san Proclo de Constantinopla, obispo (Disertación 7, En la santa Teofanía, 1-3: PG 65, 758-759).