Calesita

lunes, 19 de octubre de 2026

Salían espíritus de los agujeros negros


La Neomoderna Divina Comedia - Canto XIV


Poi che la carità del natio loco

mi strinse, raunai le fronde sparte,

e rende’le a colui, ch’era già fioco.


        ENTERNECIDO por el amor patrio, reuní las hojas dispersas, y las devolví a aquel que ya se había callado.

Desde allí nos dirigimos al punto en que se divide el segundo círculo del tercero, y donde se ve el terrible poder de la justicia divina. Para explicar mejor las cosas nuevas que allí vi, diré que llegamos a un arenal, que rechaza toda planta de su superficie. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, así como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de una arena tan árida y espesa, como la que oprimieron los pies de Catón en otro tiempo.

¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe temerte todo aquel que lea lo que se presentó a mis ojos!

Vi numerosos grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente, y parecían cumplir sentencias diversas. Unas yacían de espaldas sobre el suelo; otras estaban sentadas en confuso montón; otras andaban continuamente.

Las que daban la vuelta al círculo eran más numerosas, y en menor número las que yacían para sufrir algún tormento; pero éstas tenían la lengua más suelta para quejarse. Llovían lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de nieve que en los Alpes caen cuando no sopla el viento. Así como Alejandro vió en las ardientes comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado estaba, así descendía el fuego eterno, abrasando la arena, como abrasa a la yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente renovadas.

Yo empecé a decir:

—«Maestro, tú que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que nos opusieron los demonios inflexibles a la puerta de la ciudad, dime, ¿quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio, y yace tan feroz y altanera, como si no la martirizara esa lluvia?»

Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:

—«Tal cual fui en vida, soy después de muerto. Todos esperaban mi muerte, y una mano aceleró su llegada con una sustancia dentro del agua que bebía. Tan sutil fue, que ni mi fiel enfermero se percató. Estaba inconsciente en sillas de rueda y me descendían por el ascensor cuando me percaté que podía levantarme de la silla sin esfuerzo. Me vi sentado e inerme mientras mi enfermero trataba de reanimarme. Traspasé el ascensor y subí bien alto hasta ver la Plaza San Pedro, que la tarde anterior me había aclamado, como al mismísimo Perón. No solo lo había igualado y sino también superado.

»Seguí mi ascenso, contemplé la Pachamama a mis pies, era la forma de mi Madre Tierra, pensé cruzar el espacio para salir de este mundo. La materia negra que lo rellenaba me detenía, pero podía ascender con mucha dificultad.

»Contemplé las innumerables galaxias que me rodeaban, cosa que jamás había hecho en vida. Siempre miraba los inmuebles, y cómo podía apoderarme de ellos. Pero había dado de comer a los pobres y abierto las puertas a los inmigrantes. Eso me tranquilizaba.

»Seguí contemplando las galaxias, pero dentro de ellas había agujeros negros. Cuál no sería mi sorpresa cuando dentro de ellos, salían sombras innumerables que se abalanzaron sobre mí y me arrastraron hasta un lugar que siempre pensé que no existía, pues el alma de los malvados se deshace con la muerte. Me llevaron a este agujero negro y me encontré frente un abismo, hasta que vi en su entrada esta inscripción:

Per me si va nella città dolente,

Per me si va nell’etterno dolore,

Per me si va tra la perduta gente.

»Era una inscripción larga y nunca fui lector constante, por lo tanto pasé al último renglón:

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.

»Fue cuando esa turba infame de sombras negras me arrojó en este círculo. ¡Ah!...

Yo, que marchaba a las periferias.

Yo, que gobernaba toda la Iglesia.

Yo, que hacía renunciar obispos.

Yo, que destruía congregaciones y órdenes.

Yo, que instruía las Logias.

Yo, que daba misericordia a los divorciados.

Yo, amigo íntimo de sodomitas.

Yo, que puse la piedra fundamental de la Nueva Iglesia.

Yo, que instauré la dialéctica revolucionaria del sínodo.

Yo, que conservaba la Madre Tierra.

Yo que puse en su sitio la devoción mariana...»

En ese momento salió un demonio entre la lluvia de fuego y de un puñetazo golpeó su ya desfigurado rostro.

― «¡Ah!… Yo mismo instauré este castigo, cuando dije, que al que insulta su Madre merecía un golpe en la cara. Ya me lo habían dado en Cartagena y ahora cada vez que recorro el círculo, me lo repiten. ¡Ah!...»

Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo lo había oído expresarse de aquel modo:

—¡Oh! Bergoglio, si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No hay martirio comparable al dolor que te hizo sufrir tu misma rabia y la que te sigue carcomiendo.

Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:

—Este fue el falso profeta, que con los jesuitas hicieron la vida imposible a Benedicto XVI; despreció a Dios, e insultó negando las prerrogativas marianas, y aun parece seguir despreciándole, porque se creyó igual a Jesucristo; pero, como le he dicho, su mismo despecho es el más digno premio debido a su espíritu.

Ahora, sígueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada arena; camina siempre arrimado al bosque...