Nació en Viena, y no escapó a los vientos de su época. Como tal vez podría pensar un seguidor de la filosofía de Romano Guardini, fue el contraste judío del tardío romanticismo alemán.
El caso del judío errante, es aquel que transita por esta historia aferrado a sus tradiciones, pero con el ropaje externo de la época. Es el típico caso del jasídico que se introduce por el este, se educa en los pueblos alemanes y sale por el oeste con saco y corbata, transformado en un occidental. En el caso de Buber, un occidental sin afeitarse.
No es de extrañarse. que Buber haya impartido clases en la Universidad de Göethe como en la de Jerusalén, donde fallece. Es el típico alemán que entre otras lenguas, habla yidis.
Como contracara de un protestantismo basado en una letra de libre interpretación, como corresponde a un auténtico romántico, Buber reacciona con toda lógica, acentuando el aspecto místico, algo que un buen luterano siempre arroja al basurero. Es el romanticismo de contraste.
Si el romanticismo hablaba del “Yo”, el Ich o el Yo-trascendental; Buber le agrega el “Tú”. Ahora tenemos el Ich-Du. Este dúo posee una relación. Ya no es El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich, ese solitario parado en la cima del monte contemplando la naturaleza a sus pies. Ahora son dos personas con una relación directa. ¿Pero qué hacemos con el mar de nubes y la naturaleza que asomaba bajo sus pies? Para el jasídico Buber será otra relación, la del "Yo-Ello" (Ich-Es). Esta relación es distinta a la anterior, puesto que es indirecta y objetiva. De este modo escribe en 1923 su “filosofía” en su libro Ich und Du (Yo y Tú), con una redacción más contemplativa que propiamente filosófica. Es la relación que lleva al diálogo, o sea un diá-logos. Por tanto la pintura que representa esta nueva fase del romanticismo, podría ser la de Dos hombres contemplando la Luna, que es la que encabeza este artículo. La misma es otra pintura de Friedich, donde un Ich toma del hombro a un Du y ambos observan el Es nocturno.
Entre el Ich y el Du, como el brazo de la pintura, se da un diálogo. Es lo esencial y auténtico en la comprensión mutua. A partir de aquí, se da el puntapié inicial a la filosofía del diálogo, die Dialogphilosophie.
Se suele creer que la discusión o confrontación es un diálogo, pero Buber no lo ve así, pues dice que es un...
... raro deporte de personas mas o menos dotadas intelectualmente, … (Diálogo. El silencio comunicativo)
Por lo tanto, este diálogo solo se puede dar en el encuentro.
¿Pero qué sucede cuando se enfrentan cristianismo y judaísmo? ¿Qué sucede aquí con el Ich-Du? ¿En qué termina el diálogo?
Al respecto, Buber nos dejó su posición en este supuesto diálogo, escrito en su libro: Dos modos de fe.
Con su mochila rebosante de cultura idealista, nuestro jasídico errante, analiza tanto la fe judía como la cristiana.
¿Pero qué cristianismo analiza?
El que conocía muy bien, era el luteranismo, y el hecho que se ponga a cuestionar nada menos que la fe, es un síntoma luterano, dado que muchas aristas sobre este tema se pueden contemplar y sobre todo debatir.
Muchos lo han hecho, y San Pablo fue el primero. Un San Pablo al que Buber cuestiona a fondo. No es un dato menor, San Pablo provenía del fariseísmo de Gamaliel, mientras Buber nace de esa ideología jasídica construida en los siglos, pero inmerso de lleno en las categorías del idealismo alemán.
La emuná
Este término tomado del hebreo, ha dado origen al “Amén” como se da en la conclusión de las oraciones católicas. Conlleva un significado de fidelidad y confianza absoluta. Así Buber califica la fe judía. Toma este concepto, del judaísmo tardío y lo contrapone con la fe paulina, bebida del luteranismo.
La pistis
Por su parte, el término pistis, es de origen griego, πιστις, y para Buber es la fe cristiana, la cual no se corresponde con la emuná.
Es difícil no observar la influencia que el idealismo alemán sostuvo hacia la Grecia clásica, desvirtuando toda posible vinculación con la Nueva Troya, o sea, la Roma eterna. No se puede olvidar que el luteranismo se veía a sí mismo como la superación del catolicismo, y Buber recibe todo este bagaje en su mochila.
Dos formas de fe incompatibles
Si para San Pablo los dos conceptos de fe llegarían a la unidad en un momento dado ( καιρος ). Para Buber nunca podrían encontrarse, pues eran incompatibles. En otras palabras, nada de encuentro, nada de diálogo. Algo realmente lógico en un judío que de ningún modo piensa abdicar de su fe. Buber no arremete contra Jesús, quien era judío y según su visión, seguidor de la emuná. Buber va contra un Pablo helenizado, quien tradujo la Torá por una simple ley, y para colmo, imposible de cumplir. Mientras que para Buber, la Torá es una pedagogía que lleva a transformar el mundo.
Quien dentro del catolicismo desmenuzó a Buber, fue H. U. von Balthasar, quien le indica a Buber, que este planteo de la emuná, lleva la fe judía hacia el ideal de Prometeo.
Las dos visiones de fe
Aquí radica, según mi criterio, la enorme diferencia entre judaísmo y catolicismo, y no digo luteranismo. Mientras el judío mira el imperio de la tierra, el católico mira el reino celestial. En esto, le doy la razón a Buber. Mientras la emuná me lleva al profetismo, la fe no entendida al modo luterano, me lleva a ver el antiguo profetismo casi concluido, pues el Mesías ya vino y solo falta la consumación del χρονος o sea, el tiempo terrenal. La pistis esgrimida como algo intelectual por Buber, es el sello que le imprimió ese luteranismo en total decadencia, pues carece de obras, y es la causa que destruya todo lo que toca.
La crítica desde el judaísmo
Como era de suponer, no todos los judíos están de acuerdo con la visión de la fe que explaya Buber. Uno de ellos, Jakob Taubes (1923-1987), aclara muy bien sus ideas en una serie de conferencias que dieron en su nombre, pues ya estaba muy enfermo. Para él la emuná es un concepto tardío.
¿Pero cuál es la causa para colocarlo en el centro de la escena?
La respuesta la encuentra en la influencia protestante sobre él. Para Taubes, la lógica de Pablo es otra, es la mesiánica que concentra la fe en una persona. La persona es Jesús. Una lógica esencialmente judía. Por lo tanto con su llegada, lo salvífico ya no está en la Torá, sino en el Mesías. Esto marca la diferencia entre judaísmo y cristianismo. Por lo tanto, se debe dar una elección: seguir la Torá o seguir a Jesús.
El problema de la modernidad
Mientras Werner Keller titula el Capítulo III de su Historia del Pueblo Judío (II): “El infierno de la Edad Media”, y no ve la hora de llegar a la modernidad. ¿Pero qué sucede cuando se llega a ella?
El mundo moderno fue cuestionado, tanto por Buber cuanto por Taubes.
Lo moderno erosionó absolutamente todo, desde el luteranismo al catolicismo. Desde el judaísmo al protestantismo. Y dentro de la Nueva Troya, desde lo tradicional, a las payasadas del porteño Bergoglio, quien para colmo, afirmaba muy orondo, ser judío porque se le daba en recitar algunos salmos.
***
Para la unión de las dos formas de fe, se debe tomar en cuenta, que un cristianismo sin la Antigua Alianza se convierte en gnosis o en marcionismo. Un ejemplo concreto lo tenemos en el nazismo de triste memoria. Una Antigua Alianza sin la Nueva, lleva al prometeísmo o a un tipo de Cábala, que pasando por la gnosis mística, puede llevar hasta el mismo ateísmo.
