Calesita

lunes, 2 de noviembre de 2026

Cuánticos en la Caverna de Platón


        En nuestra entrada anterior, esbozamos la mística de ciertos cuánticos.

Cuando nos preguntamos, qué camino hicieron para llegar a su “mística”, la respuesta la encontramos en su paupérrimo concepto de filosofía.

Basta el ejemplo de Fritjof Capra quien hace un vuelo supersónico sobre toda la historia del pensamiento. Si se lee un índice detallado de cualquier manual de Historia de la Filosofía, el mismo es superior al que desarrolla Capra a partir del capítulo, La física moderna. ¿Un camino con corazón? Superfluo, vacuo y tendencioso. Una obra que se podría llamar, el Evangelio de la Cuántica. Nadie duda que mucho se leyó su prédica, sobre todo cuando se le dice al ignorante, lo que este quiere oír.

Es que cuando un cuántico se pone a filósofo, podemos esperar el disparate más grande de sus afirmaciones. Es muy comprensible, la ciencia lo sumerge en un límite, donde ya se le hace imposible avanzar, y allí comienza “a filosofar” con lo poco que aprendió en sus clases, y sobre esta filosofía cabalga su “mística”.

La Caverna de Platón

Decía Benedicto XVI que vivíamos en un mundo platónico, y no le faltaba razón. Estos cuánticos se ven reflejados en el mito de la Caverna de Platón. Es para ellos, como el Génesis del Pentateuco.

El razonamiento es elemental y por momentos cómico. Como decía Platón, si la realidad que vemos son las sombras que se proyectan al fondo de dicha Caverna, la verdadera realidad es la luz que tenemos a nuestras espaldas. Pero acontece que los cuánticos deducen que ciertas sombras se encuentran más cerca que otras, de la entrada de la caverna por donde entra la luz. De aquí nace el misticismo que intenta solucionar los oscuros límites de su respuesta, y para Capra, este misticismo se une a las religiones orientales. Pasemos a la descripción que hace Ken Wilber en las páginas de su libro, Cuestiones místicas de los físicos cuánticos:

Según Platón, usando sus propias palabras, toda la física no era más que una «descripción conveniente», ya que en último término no descansaba en otra cosa que en la evidencia huidiza y tenebrosa de los sentidos, mientras que la verdad residía en las formas trascendentales más allá de la física (de aquí el nombre de metafísica). (10-11)

Y luego concluye:

En síntesis, según esta concepción, la física trata de un mundo de sombras; ir más allá de las sombras es ir más allá de la física; ir más allá de la física es apuntar a la metafísica o a la mística. Y ésa es la razón por la cual tantos físicos pioneros han sido también místicos. (23)

Y analiza el autor:

La física, en resumen, se ocupa —y no puede ocuparse de otra cosa— del mundo de las sombras y los símbolos, y no de la luz de lo real que se encuentra fuera de las tinieblas de la caverna. (20)

Y aquí viene la paradoja:

¿Pero por qué entonces llegaron de hecho todos ellos a abrazar y profesar una u otra forma de misticismo? (20)

Tal vez sea esta la explicación:

...la nueva física se vio obligada a hacerse consciente de este hecho, se vio forzada a darse cuenta de que estaba ocupándose de sombras e ilusiones, no de la realidad. (21)

Y es Eddington quien lo confiesa:

El franco descubrimiento de que la ciencia física se desenvuelve en un mundo de sombras es uno de los avances recientes más significativos. (21)

Las dos físicas entran en la Caverna

Como describíamos en la entrada anterior, una cosa es la física clásica de Newton y otra muy distinta la física cuántica, si bien estos últimos se apoyan en la primera como algo sólido. Es entonces que nos preguntamos, ¿qué pasa cuando ambas entran en la Caverna de Platón?

La vieja física no se percató que estaba dentro de la Caverna, mientras que la nueva física la descubrió, y busca escapar hacia la luz de su entrada:

Ésa es la gran diferencia entre la antigua y la nueva física: ambas se ocupan de las sombras, pero aquélla no se había dado cuenta de ello. Mientras se vive entre las sombras de la caverna, sin siquiera saberlo, no cabe, por supuesto, tener motivo ni deseo alguno de escapar hacia la luz de afuera. Las sombras se toman por la única realidad, y no se reconoce ni se sospecha la existencia de otra realidad. Ése era el efecto filosófico que producía la antigua física. (22)

Decía Fritjof Capra en el Prefacio a la Quinta Edición de su “The Tao of Physics.” que en la modernidad se daba un cambio profundo:

...el cambio de visión que está ocurriendo a nivel mundial en la ciencia y en la sociedad, un cambio que no es otra cosa que el desarrollo de una nueva forma de ver la realidad, … (12)

Como se puede ver, el cambio no es de la realidad, sino profundamente subjetivo. Es “la forma de ver”. La realidad siempre es la misma, las sombras de la supuesta “Caverna de Platón”, son las mismas. Pero la mirada es distinta. Y esta mirada distinta lo lleva a unificar filosofía occidental, Nueva Física y religiones orientales y el nuevo elemento del “Corazón”. Cualquiera se preguntaría cómo lo hace. Es que unificar polos tan opuestos, son las modernas proezas de un cuántico, donde las ideas son como electrones que se desprenden de sus protones, viajan y caen en cualquier sitio.


¿Qué nos aportó la Nueva Física?

Ken Wilber es escéptico al respecto, por tanto piensa que no aportó nada en absoluto a la así concebida “mística”, esa que conciben los amantes de las culturas orientales. Lo dice un ex budista y no es poca cosa. Es aquella mística se concibe como la unión entre el sujeto y el objeto, sin intermediarios de ningún tipo:

La nueva física no ha aportado nada positivo a esta aventura mística, salvo un monumental fracaso, de cuyas ruinas humeantes ha surgido sutilmente el espíritu místico. (23)

La muerte del positivismo

Siguiendo la reseña que aludimos en la entrada anterior, sobre la revista española Punto y coma, estaríamos ya ante la muerte del viejo positivismo, no ya derribado por la religión ni por la filosofía, sino por su misma implosión:

...todos ellos (los autores ya mencionados por Ken Wilber), nos confirman que, a lo sumo, el nivel más profundo a que puede llegar la ciencia es a toparse con una barrera de sombras y de símbolos, más o menos la misma a la que podía arribar la investigación científica de antaño. La diferencia fundamental entre ambas ciencias estriba ―según Eddington y los demás científicos actuales― en que mientras la física clásica de los siglos XVIII y XIX identifica a la luz con las filigranas oscuras de la caverna platónica, la Física de hoy las ve como lo que son, como apariencias y no como las auténticas realidades. Ese, en efecto, es el gran avance filosófico que la teoría quántica está aportando a nuestro tiempo y por eso está desbaratando al espíritu positivista que la ha precedido.

No deja de ser cómica, la sátira con la que Ken Wilber busca retratar los cuánticos:

Estoy en el umbral, a punto de atravesar una puerta para entrar en una habitación. Es un asunto complicado. En primer lugar, tengo que empujar una atmósfera que ejerce sobre cada centímetro cuadrado de mi cuerpo una presión de más de dos kilos. Debo asegurarme de que al echar el pie voy a aterrizar sobre una plancha que viaja a más de treinta kilómetros por segundo alrededor del sol; una fracción de segundo antes o después, la plancha es taría alejada de mí varios kilómetros. Debo además cui dar de hacerlo colgado como estoy de un planeta redon do que huye en el espacio en medio de un viento etérico que sopla a no se sabe cuántos kilómetros por segundo a través de todos los intersticios de mi cuerpo. La plancha, por otra parte, carece de toda solidez sustancial. Pisar encima de ella es como pisar encima de un enjambre de moscas. ¿No me deslizaré entre ellas? No, si pienso que puedo chocar con una de ellas, que me haga rebotar ha cia arriba, y al caer encuentre otra que me haga lo mismo, y así sucesivamente. Puedo confiar en que el resultado final sea quedarme quieto sobre esa fluida, bordo neante plancha. Pero si, por desgracia, llego a deslizar- me por el suelo abajo o salgo de pronto lanzado violen tamente contra el techo, ello no habría constituido una violación de las leyes de la naturaleza, sino que habría sido tan sólo una rara coincidencia. Estas no son más que algunas de las dificultades menores. Tendría además que considerar el tema cuatridimensionalmente, en cuanto que implica la intersección de mi línea mundana con la de la plancha. Luego, además, sería necesario de terminar en qué dirección está creciendo la entropía del universo, a fin de asegurarme de que al pasar por el umbral de la habitación estoy realmente entrando, y no saliendo de ella.

En verdad, es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un científico atraviese una puerta. Y, aunque la puerta sea más grande que el portón de un granero o de una iglesia, lo más prudente que puede hacer es consentir en comportarse como un hombre ordinario, y entrar sin más, en vez de esperar a que todas las dificultades implicadas en una entrada realmente científica queden resueltas. (317-318)

***

Todo este debate sobre las dos físicas, nos recuerda la enseñanza de la sabiduría del Eclesiastés, donde los hombres se afanan por saber cosas que no interesan y desatienden las que verdaderamente importan. Vanidad de vanidades y todo vanidad.

Los cuánticos han descubierto la vanidad de un conocimiento que los infla hasta las alturas, pero un conocimiento que se reduce a simples sombras, o dicho en términos católicos, en la vanidad de la sombra. Están todos en la Caverna.