Calesita

lunes, 4 de agosto de 2025

Tren mítico al paraíso de Hegel


 

La conciencia para Hegel no es otra cosa que un camino, un viaje, un despliegue dialéctico que desemboca, ¿en dónde? En el Espíritu. Es un proceso dinámico que evoluciona por etapas.

Es un viaje, no por el tren fantasma, sino por la Férrea Línea Idealista. Es decir, por la mente. Esta tecnología germana, nada tiene que ver con los trenes bala tanto chinos como japoneses. Este tren ideal posee rieles fijos sobre las nubes de las ideas. Nada más veloz. Llega siempre a su horario y nunca se detiene por percances en el trayecto, pues toda contradicción se resuelve a sí misma. Si la vía se gasta, se repone sola. Si la máquina a vapor se queda sin agua, ya se llenará su caldera en la estación que corresponda. El tren es una mezcla de siglos, posee caldera a vapor, luz y parlantes. Una línea envidiable.

Iniciemos este viaje cuanto antes.

La Conciencia llega a la Estación de partida y asciende al vagón asignado.

Bienvenidos― se escucha por los altoparlantes de los vagones, ―bienvenidos a este largo viaje en busca de la Verdad y la Libertad.

Hegel, es el maquinista y parece verlo todo, como un místico lo ve en sus visiones. Como un conductor ve las sólidas vías de acero. Es que la idea nunca deja de ser una visión con el ojo de la mente.

Suena la puerta del camarote e ingresa el espíritu del guarda, quien proporciona a cada viajero un mapa con las Estaciones de este viaje único, por la nubes etéreas de las ideas.

Suena la campana de partida y la locomotora avanza humeante por la Estación Central. La Conciencia se sienta confortablemente y mira por la ventanilla todo el paisaje que empapa los sentidos.

El tren se detiene en la primera Estación. La Conciencia mira por la ventanilla y nota que se llama “La Autoconciencia”. Se realiza una parada de diez minutos.

Al bajar la Conciencia nota que la estación no es otra cosa que una pared de extremo a extremo, por los altoparlantes resuena el vozarrón de Fichte:

¡Deben pensarse distintos a la pared!

Es lo que la Conciencia hace y ahora se percata distinta a los ladrillos que está viendo y se dice a sí misma:

¡Oh, novedad! No soy la pared.

Por esta visión mística, la Conciencia se siente distinta y nota que se diferencia del paisaje visto por la ventanilla. Ella siente una profunda transformación, ahora ya se siente Autoconciencia, pues acaba de “tomar conciencia”.

En este estado de arrobamiento, la Autoconciencia al son de la campana de la Estación, vuelve a subir al tren. Al entrar en su camarote, se mira a sí misma en el espejo, y reconociéndose, dice:

Soy un "ich".

Suena el silbato de la máquina idealista. El tren parte lentamente con el ich, llamado por Fichte el Yo-Trascendental, pues por fin dejó de ser el No-ich.

Transcurre un aburrido paisaje, cuando la máquina se detiene en la próxima Estación por una hora. El ich mira por la ventanilla y nota que la estación se llama “Libertad”.

El ich baja y se dirige al salón comedor para comer una salchicha marca Kant.

El espíritu que hace de mozo le pregunta qué le sirve para beber.

Una cerveza marca Schlegel.

Tenemos dos, una es August y la otra Friedrich.

La más suave, por favor.

Entonces Schlegel Friedrich.

Al saborear su salchicha, la Autoconciencia del ich ve que se realiza plenamente en La Libertad, pues eligió correctamente la marca de salchicha y de cerveza.

El comedor está todo convulsionado por la cantidad de “Autoconciencias” que se han sentado en distintas mesas. Nuestro ich ha hecho algunos amigos. Algunos comían salchichas marca Schelling, otros marca Herder. Pero tuvo agrias discusiones y cruzó palabras ofensivas contra los que comían salchichas marca Schopenhauer. No importa. A la larga las contradicciones se resuelven a sí mismas. Es que no todas las Autoconciencias reconocen la Autoconciencia de nuestro ich.

Suena la campana de la Estación, y todas las Autoconciencias abordan el tren, que parte raudo y ligero. Las autoconciencias que no actuaron en Libertad, se quedan varadas en la Estación, pues su vagón fue desenganchado del tren. Deben esperar al tren siguiente.

Luego de unas horas de viaje, y reconfortado por su desayuno en la Estación “Libertad”, suena el silbato del maquinista Hegel y el tren se detiene. El ich mira por la ventanilla y observa que la Estación se llama “La Razón”.

Parada de quince minutos.

El ich se baja para estirar las piernas y reconoce de inmediato a La Verdad Objetiva que vino a recibirlo.

La Verdad Objetiva, muy hermosa ella, no vino sola, sino que muy ataviada está con dos caballeros muy distinguidos. De un brazo la sostiene al caballero llamado Sujeto, y del otro brazo, el caballero Objeto.

Luego de besarse todos amigablemente y mantener una conversación bien científica se agotan los minutos y suena la máquina de Hegel, mientras grita el espíritu del guarda:

¡Autoconciencias al tren!

Nuestro ich nuevamente sube a su compartimento y el tren parte raudo dentro de una profunda neblina. Al disiparse contempla embobado las nubes del saber y dice arrobado:

¡Ni Goethe vio esto!

Pasan por su mente las distintas nubes del Conocimiento. Allí la Física, aquí el Arte. Más allá la Religión. Y por fin contempla anonadado la nube de la Filosofía.

Pasan unas horas en esta contemplación, cuando el maquinista Hegel detiene la máquina a vapor. Llegamos a la Estación Final. El ich mira por la ventanilla para reconocer si su nombre coincide con la cartilla que le entregó el espíritu del guarda y nota que se fue por la vía correcta. La Estación se llama: “El Espíritu”.

La autoconciencia baja y  ahora se integra en un todo mayor, superando las contradicciones.

Bajo el canto de los espíritus celestes, las Autoconciencias se sienten ya en el paraíso de Hegel.

El Espíritu en persona vino a recibirlas. Juntos hacen una caminata por las nubes de la Verdad. El Espíritu les dice:

Todas estas son verdades parciales. Para entrar en el corazón del paraíso, debemos reconocer la Verdad Absoluta.

¿Qué debemos hacer para alcanzarla?― Pregunta una Autoconciencia algo despistada.

Muy simple, deben buscar el Universal de todas estas verdades parciales, si no lo hacen, nunca llegarán a allí.

¿Y por qué vamos allá?―, pregunta nuestro ich.

Porque de la Verdad Absoluta partió todo, cuando “tomó conciencia”.

Mi buen Espíritu, ¿usted no es una Verdad?―, pregunta otro desubicado.

¡Oh, sí! Pero yo soy solo la Singularidad de esa Verdad Absoluta. ¿Ve allí ese castillo?

¿Y quién vive allí?

La Particularidad de esa Verdad Absoluta.

¡Ahhh…!

Bueno, llegamos…

Dentro de una nube sobresale una potente luz. Entonces dice el Espíritu de la Singularidad:

Ahí está la Verdad Absoluta. 

De pronto se oyó una voz entre el grupo:

―¡A mí no me convence!

Entonces se desarrolló este diálogo entre el escéptico y el Espíritu de la Singularidad:

―¿Existe el Pensamiento, lo que llamamos Gedanke?

―Por supuesto, quien puede negarlo.

―La luz que vemos en la nube, es el Gedanke. ¿Existe la Representación de dicho Pensamiento?

―Por supuesto, quien puede negarlo.

―Quien está en el Castillo, es la Representación de dicho Pensamiento. Es el Yorstellung.

―Ajá…

―¿Existe el Concepto de dicha Representación, lo que llamamos Begriff?

―Por supuesto, quien puede negarlo.

―Ese soy Yo, der Begriff. ¡Autoconciencias, el Viaje ha terminado!


lunes, 28 de julio de 2025

El luteranismo y su caja de Pandora

 

El luteranismo fue una auténtica caja de Pandora. Ya vimos como realizó un camino hacia el pietismo, luego hacia el paganismo griego. Por último, de manos de los teólogos luteranos, salió de la caja el idealismo panteísta. Tan solo faltaban los monstruos finales, y estos se presentaron a la cita.

El luterano se aferra a un cierto grado de fe. ¿Pero qué sucede cuando esta fe se pierde, si todo el edificio se basa sobre la sola fe? ¿Cómo se hace para explicar el origen del cristianismo, cuando la Tradición es corrupta? ¿Dónde estuvo el error garrafal de Lutero, que sus escuálidos hijos no fueron capaces de remediar?

Cuando la Tradición no existe por corrupta, todo el origen se pone en duda y solo se hace posible de explicar humanamente. Lo curioso, es que al no estar Dios presente, todas las explicaciones caen en el ridículo.

El primer caso lo tenemos ya en la primera mitad del siglo XVIII.

Hermann Samuel Reimarus (1694-1768) fue un luterano, licenciado en Teología, filosofía y lenguas orientales en Jena. En Wittenberg se doctoró en lexicografía hebrea y pasó a dar clases de filosofía, llegando a rector en el Akademischen Gymnasium.

No estamos ante un lego improvisado, sino ante un estudioso de humanidades. Pero con las premisas luteranas, es imposible explicar el origen del cristianismo, a no ser por simples conjeturas.

Como filósofo, Reimarus, escribió Las verdades más nobles de la religión natural y Razonar la doctrina como una instrucción para el uso correcto de la razón en el conocimiento de la verdad.

Este enfoque racional, es acorde con el racionalismo de la época y si alguna fe poseía este humanista, la misma se desvaneció por completo, sobre todo luego de leer sus escritos, los cuales muestran a las claras, que transitaba desde la Revelación, hacia el racionalismo natural.

Luego de su muerte, el “ecuménico” Lessing, amigo de sus hijos, obtiene una serie de escritos, que Reimarus no se atrevió a publicar, caso contrario perdería su estatus social. Por lo tanto continuó con su rutina religiosa, por lo que deducimos, que solo mantuvo una apariencia, tan falsa como su fe. Algunos cuando no están de acuerdo y se enfrentan a una feroz oposición, se afirma que “tiran la piedra y esconden la mano”. Reimarus ni siquiera tiró la piedra.

El masón Lessing extrajo algunos de sus escritos y los expuso en su publicación sobre la biblioteca, donde no llegaba la censura, con el título de Fragmentos. Hasta que como era de esperar, la censura llegó y ya no hubo más “fragmentos”. Como se puede apreciar, no estamos en la Florencia de Savonarola ni en la España de Torquemada, sino en la Alemania luterana.

Los “Fragmentos” muestran un escritor realmente infantil en sus deducciones. ¿A qué le podían tener miedo los luteranos? Al leerlo, me recuerda los anacronismos de los pintores renacentistas que demuestran una ignorancia supina en las costumbres de la antigüedad.

Como todo debía ser razonable, interpreta a su modo los textos de la Sagrada Escritura. Estamos hablando, no de raciocinios, sino de vulgares interpretaciones a título personal. Por supuesto ya no existe Revelación alguna, por tanto da rienda suelta a su imaginación interpretativa.

Reimarus se parece a ciertos nazis, quienes me decían muy convencidos, que el catolicismo fue el invento más grande del pueblo judío para engañar al mundo, y es que las opiniones de Reimarus se canalizan con este objetivo. Como vemos, la acusación nazi no solo posee varios siglos sobre sus espaldas, sino que está aún vigente.

Veamos algunas ridiculeces.

Jesús no es más que un revoltoso judío que fracasa en su misión, por eso razona el pseudo-luterano:

Jesús había esperado resultados favorables del envío de los apóstoles, e imaginó que después de haber recorrido todas las ciudades de Judea, el Hijo del Hombre podría atreverse a declararse. (Sección VIII)

Del mismo modo, lo interpretaron sus discípulos:

Así, la historia existente de Jesús nos ilumina cada vez más sobre el objeto de su conducta y enseñanza, que corresponde completamente con la primera idea que sus apóstoles tenían de él, es decir, que era un liberador terrenal. (S IX)

Recordemos que el núcleo central de los discípulos, eran pescadores. Pedro y Andrés junto a Santiago y Juan. Ninguno de ellos sabía leer ni escribir. Quien conoce las letras es Mateo, pues era recaudador de impuestos. Inició su evangelio, ni mas ni menos que con una aburrida genealogía, muy a lo judío, pero que indica que no tenía la menor idea de la forma como se redactaban las obras clásicas en esa época. Hasta el mismo Pablo las ignoraba, de allí que su evangelio lo redacta el médico Lucas con un formato a la usanza griega. Por lo tanto, ¿cómo se puede ver una conspiración para el engaño dentro de estos escritos, con pescadores que luego de la muerte de Jesús regresan a la pesca, porque no saben hacer otra cosa? Es realmente delirante hablar en el Capítulo V “Sobre la ambición mundana de los Apóstoles.

Uno puede ver por sí mismo que los apóstoles de este sistema, por pocos que fueran, hicieron uso de él aún más porque su primer y más aceptable sistema había sido descartado debido a su fracaso; y también se puede ver que, después de la muerte de Jesús como Mesías, se prometieron un futuro glorioso a partir de él. (S. XXXVII)

La resurrección no existió, tan solo fue un engaño para mantener la vigencia del fracasado Reino de Dios y su segunda venida debía hacerse pronto, pues caso contrario todos se reirían de ellos.

Ningún judío separó la segunda venida del Mesías de la primera; y dado que la primera debía haber tenido lugar a causa de la segunda, no había razón de peso para que el reino de gloria no comenzara pronto.(S. XXXVIII)

Los primeros cristianos fueron unos tontos, que se tragaron este hermoso anzuelo:

Los apóstoles, mientras tanto, obtuvieron esto por el estúpido temprano cristianismo: que una vez que los fieles se habían quedado dormidos y el verdadero término había sido bien pasado, los cristianos sucesivos y los padres de la Iglesia podían, a través de esperanzas ociosas y promesas, continuar manteniendo la ilusión. (S. XLV)

Estos incultos discípulos, dieron la vida por esta fe. Fe que Reimarus no tiene la menor idea de ella, pues el pobre hombre es un luterano perdido en la oscuridad del raciocinio.

Cada lector atento percibirá fácilmente que considero los muchos milagros transmitidos por los apóstoles, su supuesta honestidad y piedad al relacionarlos, sus doctrinas y vidas, las muertes de mártir que sufrieron, y sobre las cuales se basa principalmente la evidencia del cristianismo, como una serie de cosas secundarias no esenciales, que de ninguna manera demuestran la verdad del punto principal. (S. LII)

Por supuesto todos sus apóstoles dieron testimonio de su fe con la muerte, algo que Reimarus nunca hizo. Tonto sería perder todo o la misma vida, por una simple religión natural, dentro de la censura social luterana.

No le pida que analice los escritos de los Santos Padres, pues como luterano de origen, estos escritos se basan en una fe degenerada.

Este primer planteo fue simple, burdo y primitivo. No convenció ni a los ateos, por cuyo motivo el luteranismo kantiano pondrá el origen del cristianismo en la Kritik, o sea, en la máquina de picar carne, para dar una salchicha sobre los albores del cristianismo, de acuerdo al gusto de la superadora era del Anfang romántico.

viernes, 25 de julio de 2025

¿Cómo elegir buenos obispos?


por Tony Velázquez Ruiz

Luego de leer este artículo que viene a continuación, en Silere non possum 1, nos preguntamos si no llegó la hora de cuestionar la forma como se eligen los obispos. Los resultados están a la vista. Luego del paso de Paco I, y ahora con la continuidad de Bob, (Paco II), vemos una jerarquía de incompetentes e incapaces. Cuando no son seres desquiciados moralmente, los vemos humanamente desequilibrados. Sin doctrina ni ciencia. Sin capacidad ni humildad.

Es inútil, si están infiltrados por las logias, no pueden ser seres, al menos algo normales. No me pidan ejemplos, los tienen a su vista. ¿Quién eligió a Paco I? ¿Quién eligió a Paco II?

¿Qué sistema era el mejor para elegir obispos?

San Ambrosio fue elegido obispo de Milán por el clamor popular, al grito de un niño que lo propuso. Ambrosio era catecúmeno, significa que ni siquiera había recibido el bautismo.

¿No llegó la hora que los sacerdotes dejen de ser convidados de piedra ante la impunidad de ciertos jerarcas, y se les imponga al menos un consejo que los calme un poco?

He aquí el artículo mencionado, que compartimos plenamente:

«Criterios invisibles: el superior no discierne, premia.

Hay un malestar profundo, tangible, que atraviesa el ánimo de muchos sacerdotes. Un clima pesado, silencioso pero penetrante. También se percibe entre los laicos, sí, pero es en el clero donde se manifiesta con mayor intensidad, porque son precisamente los sacerdotes los primeros en sufrir sus consecuencias. Bajo la pátina de las buenas maneras eclesiásticas, serpentean insatisfacción, frustración, a veces auténtica desesperación.

Como ya denunciamos en nuestro reciente artículo sobre el derecho a la defensa, al publicar el documento de la Association of United States Catholic Priests, hoy en las diócesis se vive en el arbitrariedad diaria. Las reglas se han vuelto opcionales, la praxis está dominada por el capricho. Cada uno actúa como quiere, según simpatías, miedos y conveniencias. El problema no es solo jurídico, sino antropológico: falta un criterio.

Meritocracia abolida

La crisis no nace solo de superiores incapaces de reconocer los carismas de sus sacerdotes y potenciarlos. El drama más sutil, y también más trágico, es la promoción de amigos, conocidos, adeptos de su propio círculo mágico. Figuras colocadas en puestos delicados sin que nadie sepa —o pueda decir— cuáles son sus competencias reales. Es el reino de la cooptación, no de la vocación. Y así, mientras el mérito es ignorado, se premia la amistad, la fidelidad servil o la capacidad de halagar al que manda.

Esto genera un descontento que se expande como una mancha de aceite. Incluso cuando un sacerdote cambia de diócesis —quizás porque en la de origen ha vivido dificultades, acusaciones o calumnias— es sagrado que pueda empezar de nuevo. Pero empezar, precisamente. No ser catapultado al pedestal. Porque sucede, en cambio, que estos presbíteros son inmediatamente nombrados directores espirituales, predicadores de ejercicios para el clero, secretarios del obispo, vicarios generales. En una palabra: se les entrega el timón del barco sin haber navegado jamás en aguas tranquilas. La base los mira con sospecha, a veces con rabia. Y no sin razón.

Presbíteros desintegrados

Cada diócesis tiene su propio humus eclesial, un equilibrio complejo de dinámicas internas. El presbiterio debería ser una comunidad viva, capaz de autoalimentarse y autogobernarse, sin tener que importar liderazgos externos ante cada soplo de viento. Pero si quien tiene capacidad es ignorado, despreciado o simplemente dejado a pudrir en alguna parroquia periférica, la estructura colapsa. Esto también vale para el seminario: si un obispo no es capaz de hacer que su seminario genere vocaciones suficientes para sostener la diócesis, evidentemente hay algo que no funciona. Acoger seminaristas o sacerdotes de otras realidades puede ser, a veces, necesario, pero debe hacerse siempre con atención y discernimiento. Es necesario evaluar seriamente si esas personas son realmente adecuadas para esa Iglesia particular y para ese presbiterio. Y estas evaluaciones deben ser espirituales y humanas, no dictadas por lazos de amistad de larga data, ni por recomendaciones o presiones del poderoso de turno.

El obispo, padre y pastor, debería ser el garante de la integración de estas personas, no quien la compromete torpemente. Cuando introduce a un sacerdote externo en un rol principal, sin gradualidad, sin diálogo, sin transparencia, socava la cohesión. Los presbíteros lo sienten, lo ven, y reaccionan. A veces con cierre, otras con celos y venganza.

El mal de las redes sociales y las “conexiones tóxicas”

Mientras tanto, en el panorama eclesial, la virtud de la amistad ha dejado espacio al veneno de la connivencia. Se habla mucho de fraternidad presbiteral, pero las relaciones se estrechan cada vez más en base al chisme compartido. Hoy no se es amigo porque se crece juntos, se es amigo porque se habla mal juntos de la misma persona.»

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1 https://www.silerenonpossum.com/es/criteriinvisibili-il-superiorenondiscerne-premia/