Es una tentación frecuente, creerse que la acción divina se da como el hombre la piensa y propone. Es la consecuencia del antropocentrismo que envuelve todas las estructuras modernas montadas por el hombre. Los líderes actuales de la Iglesia Católica, creen ser sus dueños y lo que piensan ellos, se lo adjudican a Dios mismo.
De una cosa tenemos certeza absoluta, Dios no tiene la mente del hombre y a cada paso demuestra su divinidad actuando a la inversa del pensamiento humano. San Pablo se percató de esto exclamando:
¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuan insondables son sus juicios (τα κρίματα) e inescrutables sus caminos (αἱ ὁδοι)! Porque “¿quién conoció el pensamiento del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién primero le dio, para tener derecho a retribución? (Rom. 11,33-35)
Si analizamos someramente estos caminos (αἱ ὁδοι), podemos vislumbrar en parte sus juicios (τα κρίματα), porque los caminos nos llevan al juicio.
El camino se manifiesta en forma de parábola y la presentan tanto San Lucas como San Mateo. En el evangelio de la liturgia tradicional, ―no en la masónica de Bugnini―, durante el domingo segundo de pentecostés se canta(!):
Un hombre hizo un gran banquete e invitó a muchos. A la hora del banquete envió a su siervo a decir a los invitados:
―Venid, que ya está preparado todo.
Pero todos, unánimemente, comenzaron a excusarse. El primero dijo:
―He comprado un campo y tengo que salir a verlo; te ruego que me excuses.
Otro dijo:
―He comprado cinco yuntas de bueyes y tengo que ir a probarlas; ruego te que me excuses.
Otro dijo:
―He tomado mujer y no puedo ir.
Vuelto el siervo, comunicó a su amo estas cosas. Entonces el amo de la casa, irritado, dijo a su siervo:
―Sal aprisa a las plazas y calles de la ciudad, y a los pobres tullidos, ciegos y cojos, tráelos aquí.
El siervo le dijo:
―Está hecho lo que mandaste, y aún queda lugar.
Y dijo el amo al siervo:
―Sal a los caminos y a los cercados y obliga a entrar para que se llene mi casa, porque os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados gustará mi cena. (Luc. 14,16-24)
La naturaleza angélica como la humana, poseen libertad de elección. Dios se enfrenta con seres libres y esto obliga a que realice distintos caminos. En esta parábola presenta tres llamados para respetar la libertad de elección.
Primero se tiene un llamado, como el sonido de la trompeta (σάλπιγξ) apocalíptica. El llamado está sujeto a la libertad. Si no se accede, se da un segundo llamado para que otro ocupe el sitio que el primero no quiere ocupar. Es probable que no todos los tullidos, ciegos y cojos ocuparon los lugares vacantes, dado que muchos eligieron no ir. Por lo tanto se da un tercer llamado para los caminantes y trabajadores de los cercados.
Es fácil distinguir la causa de la elección. San Gregorio la manifiesta de este modo:
Y como los soberbios no quieren venir, elige a los pobres. Se llaman débiles y pobres los que según su propio juicio están enfermos, porque son como fuertes los pobres a quienes ensoberbece la pobreza. Son ciegos los que no tienen ninguna luz o talento; cojos los que no andan derechos en sus obras. Pero mientras los vicios de éstos se dan a conocer en la enfermedad de los miembros, como fueron pecadores los que no quisieron venir una vez llamados, así lo son los que son instados y vienen. Pero los pecadores soberbios son rechazados y los humildes son elegidos.
En concreto, el lugar reservado para uno lo ocupa otro que no accede.
La parábola presenta un camino construido como una línea que se mueve en forma circular. Parece paradójico, pero es a lo que Dios se ve obligado por la soberbia del ser finito. El movimiento circular nace con la trompeta, sigue con la caída por la soberbia, y se restaura con la nueva llamada. Ésta como la trompeta, marca el inicio y el final de una comunidad de seres finitos donde algunos se sienten superiores a la trompeta. La libertad hace que ingresen nuevos comensales, y de este modo se abre un nuevo ciclo.
Cada llamada, cada trompeta es una pequeña apokatástasis, donde el fluir de los hechos restaura el plan roto por la libertad humana, con nuevas personas. Se descartan unos seres finitos para admitir otros. Afuera el soberbio, adentro el humilde.
De Lubac explica el significado de apokatástasis αποκαθαστασις de este modo:
En el griego profano se utiliza:
1. en medicina: restauración de la salud,
2. en derecho: devolución de los rehenes a sus ciudades de origen,
3. en política: renovación del ordenamiento estatal primitivo,
4. en astronomía: nueva llegada al punto de intersección planetaria, que significa la llega da del «gran año», y, partiendo de aquí,
5. en cosmología filosófica: vuelta de un período anual, establecido sobre todo por la Stoa: al conseguirse una idéntica posición planetaria tiene lugar el incendio del mundo y la renovación del mismo, cuyo ciclo comienza idénticamente de nuevo («retorno de lo mismo»). (Tratado sobre el Infierno, pág. 179)
El término es genérico y lo emplea San Pedro al predicar en el templo:
El cielo debe retenerlo hasta que lleguen los tiempos en que todo (πάντων) sea restaurado (ἀποκαταστάσεως), como anunció Dios por boca de los santos profetas en el pasado (ἀπ' αἰῶνος). (Hechos 3,21)
De este modo la apokatástasis está ligada al tiempo (χρόνων). El tiempo, posee varios términos en griego de acuerdo a los significados que se desea emplear. Aquí lo tenemos en abstracto, chrónos. No indica un tiempo especial y favorable (καιρος).
Por consiguiente, llegarán tiempos, chronos, que traerán la apokatástasis final que restaurará todo. Es el fin de los ciclos. Lo que el Apocalipsis llamó la omega (ω). Será cuando sonará el último llamado de la trompeta, o σάλπιγξ (sálpinx).
Esencia de la humildad (ταπεινοφροσύνῃ)
El planteo del llamado en la parábola, no va dirigida a los seres espirituales, sino a los fariseos y a la clase dirigente de Judea. Se les dice abiertamente, quien rehúsa su sitio, otro lo ocupa. La humildad (ταπεινοφροσύνῃ), es la base sobre la que se construye la estructura.
Todo parte de la materialidad, la cual no es la materia interpretada por los científicos. La escolástica no llega a definir la materia filosófica, a no ser por via negativa. Aquí la tomamos como la finitud. El ser finito es material por naturaleza. Se puede dar una materia con masa, al estilo científico, como una materia sutil y carente de masa, y allí hallamos el espíritu.
La persona que reconoce su finitud, puede ser humilde. La persona que no reconoce su finitud es la soberbia. Queda un tercer caso, quien sabe que es finito pero actúa como si no lo fuera. En la parábola, los tres rechazos al llamado se dan por colocar una acción superior al banquete. Comprar un campo, probar bueyes o tomar mujer, es superior al banquete mismo. Aquí anidan las filosofías materialistas, donde el mundo que perciben es tanto su origen, “α”; como su fin, “ω”.
El campo es el amor por este mundo. Las cinco yuntas de bueyes, son de acuerdo con San Agustín, los cinco sentidos corporales. Son los que no levantan la mirada. Estamos en las religiones del eterno renacer, pues no pueden suplantar los cinco sentidos atraídos por el fluir del tiempo ordinario. El tercero está atado a la concupiscencia, de la cual no puede elevarse. Es el sentido interior y el placer lo que lo hace deshechar el llamado.
A su vez San Ambrosio destaca la obligación de entrar:
Mandó a los caminos y a los cercados, porque son aptos para el reino de los cielos aquellos que no ocupándose de las delicias de esta vida, se apresuran a buscar las del cielo. Puestos en el camino de la buena voluntad -y así como el cercado separa lo que está cultivado de lo que no lo está, e impide la entrada de las bestias-, saben distinguir las cosas buenas de las malas y oponer la muralla de la fe contra las tentaciones de la disipación espiritual. (Catena Aurea)
Cada trompeta responde a un final para iniciar una nueva restauración. El sonido de la sálpinx produce una nueva apokatástasis, hasta llegar a la última:
En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al último toque de la trompeta — pues tocará la trompeta — , los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados. (1Cor. 15,52)
A su vez San Mateo, le da a esta parábola un matiz más universal y apocalíptico. Con el mismo tema y trama, presenta al “cierto hombre” (ἄνθρωπός τις) de Lucas en un Rey (βασιλεῖ). Se agrega el motivo teológico del banquete. Es por las bodas de su Hijo. Estamos en la imagen de las bodas apocalípticas del Cordero con su Iglesia, al fin de los tiempos.
Nuevamente los llamados son tres, dos para los convidados. El tercer llamado da el inicio de la apokatástasis final, pues se buscan convidados nuevos que reemplazan los que se han negado, los cuales se van a buscar en el cruce de los caminos.
En este caso, San Mateo introduce cuatro novedades.
Primera los ciervos son maltratados y muertos.
Segunda, se produce la ira del rey cuyos ejércitos incendian y destruyen la ciudad. Claramente aparecen las dos destrucciones del templo judío junto la ciudad de Jerusalén. Es el fin de ciclo. Llamados, negativa, fuego. Éste se transforma en el fuego de Heráclito, un fuego eterno donde todo nace y muere en él. Es el fuego que marca cada línea círcular de salvación.
Tercera, en el banquete un invitado no trae el vestido de fiesta. Los invitados al banquete de los nobles, recibían un vestido, para participar del mismo. Era la etiqueta de la época. Aquí se trata de un vestido de bodas, que hace al comensal participar de dicha bodas. Acontece que un invitado rompe adrede la etiqueta y como acto de rebeldía no se la coloca pues se les había dado a todos al ingresar. Esta afrenta obliga al rey a desterrar al rebelde. Esto tiene una significación más profunda. Despreciar el vestido de bodas, es rebelarse contra las bodas del Cordero. Lo que hace el invitado es grave, lo cual produce la fuerte sentencia del rey:
Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas exteriores; allí habrá llanto y crujir de dientes. (Mat. 22,13)
Para este convidado, ya no existe apokatástasis.
Cuarta novedad, nos transmite el pensamiento divino de lo que sucede entre la acción divina y la libertad de las personas:
Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos. (Mat. 22, 14)
