Calesita

lunes, 25 de mayo de 2026

La "Kritic" al Concilio Vaticano II ya está abierta, imposible detenerla

 

Luego de medio siglo, la impronta que impuso Juan XXIII con su famoso Concilio, se ve en la actualidad, con mayor claridad. Ya es tiempo de hacer una Kritic objetiva, sin fanatismos ni esquizofrenias.

El tiempo asienta los hechos y desgasta las ilusiones humanas, hasta convertirlas en lo que realmente son. Entonces hoy puede hacerse la pregunta sin ilusiones ni fanatismos: ¿Qué fue realmente el Concilio Vaticano II? Este artículo es tan solo una de las tantas respuestas.

Lo que nunca fue

El Vaticano II no está a la altura del Concilio de Nicea ni el de Trento. Si tuviéramos que elegir una categoría, diríamos que en vez de un Concilio fue un Gigantesco Sínodo, de tono espectacular. Las preguntas que se hacen sobre el mismo en la actualidad, son muchas.

¿Fue el Vaticano II un Concilio dogmático?

No figuran en sus escritos dogma alguno. Esto hace que en sí mismo el Vaticano II, no es ni será materia de fe. Por el contrario, todos sus escritos son opinables. Pues así como los prelados afirman que las manifestaciones místicas no son obligatorias para la fe, así las manifestaciones del Vaticano II lo son mucho menos.

Por supuesto, están los fanáticos que lo inscriben en el símbolo de la fe, como si rezáramos:

Creo en la resurrección de la carne, en la vida perdurable y en el Concilio Vaticano II.

Lamentable para los fanáticos (que no son pocos), el Vaticano II no puede, ni en sueños, figurar como materia dogmática.

La irrupción de la praxis

En la apertura de este “Concilio”, se vivía en un ambiente muy particular. Era la moda, donde los dogmas no importaban a nadie. Lo importante era la praxis, y esta se disfrazó de pastoral.

El siglo XX fue considerado el siglo de la técnica, esto dio paso a profundizar la ciencia que lo hiciera posible.

Era la tan mentada praxis, que ni el mismo marxismo, altamente teórico, pudo eludir. ¿A quién le importaba el materialismo dialéctico? Lo importante era que los ricos intelectuales tomasen el poder en nombre de una clase obrera, la cual solo conocían en los libros de los supuestos filósofos, que decían descifrar la Historia.

Este mismo fenómeno se dio en el ámbito religioso. Se debía crear una ciencia de la aplicación de la teoría dogmática, y esta se dio en la pastoral.

Así del eje teórico, se pasó al eje práctico y concreto. Del eje dogmático, al eje pastoral.

Decadencia intelectual

Con el andar del tiempo, se buscaron obispos que fuesen pastorales. Lo graficó uno de ellos con su famosa definición: Tener olor a oveja.

La teoría teológica fue opacada por el éxito de la acción. El Vaticano II fue consecuente con esta tendencia, y muchos lo llamaron el Concilio Pastoral, o sea, no un Concilio teórico, sino mas bien enfrascado en la praxis.

La consecuencia fue inevitable. Se nombraron muchos obispos que no sabían nada, con sacerdotes subordinados que sabían mucho menos. Toda una señal, para que acaten las normas de un superior sin cuestionar, ni murmurar y mucho menos criticar. Toda una situación que habla de gruesas falencias. El obispo cree tener el poder absoluto, ¿pero qué se hace cuándo el poder se les escapa de las manos?

La obediencia dictatorial, fue la ley suprema luego del Vaticano II. ¿Pero qué hacer con los que la cuestionan e incomodan?

Se vivía en una era, donde cuestionar acciones y mandatos era motivo suficiente para ser tachado de cisma. Era la pregunta que cuestionaba la acción en el Salmo 61:

¿Hasta cuando arremeteréis contra un hombre todos juntos, para derribarlo, como a una pared que cede o a una tapia ruinosa?

Con esta mentalidad, se cerró el Vaticano II.

Lo que fue

El Vaticano II fue una novedad y como toda novedad, no se puede tener un mismo criterio que sea aceptado por todos. Medio siglo pasado de su cierre, es poca cosa, pero el tiempo nos ha mostrado ciertos perfiles que se pueden agrandar con el paso de los años.

Hoy si alguien afirmara que el Vaticano II fue infalible, estaría impregnado de esquizofrenia. Sus mismos textos fueron redactados a las apuradas, conteniendo contradicciones evidentes que fueron muy mal disimuladas. No existe un pensamiento único en su redacción, sino un conglomerado de ideas que buscan alguien que les dé una unidad de pensamiento.

El Vaticano II buscó fijar objetivos, dado que algunos influenciados por las logias, los cuales eran sus agentes encubiertos, creyeron llegado el momento de poner sobre la mesa, ciertos temas que los afectaban.

Se debía arrimar posiciones hacia la masonería que impregnaba el mundo occidental. En dicha época ninguno pensaba que se pudiese llegar a una Religión Universal, pero sí que se abriese un camino que pudiera hacerlo posible. El ecumenismo fue la lógica respuesta a esta urgente necesidad de las distintas logias. Su meta era la religión universal que Bergoglio propició. Fue uno de sus objetivos encubiertos. La masonería vería con buenos ojos un papado sujeto a ella, como pontífice supremo de la religión universal. Esta idea ya no es un secreto para nadie y lo vemos en la actualidad.

El tiempo había dad0 a las logias un baño de realismo, y lentamente se percataron que eliminar la Iglesia era imposible; pero torcer su rumbo, era más potable. Se trataba de abrir una brecha mínima, y que el tiempo la fuese ampliando. El Vaticano II fue el encargado de abrir esta grieta por donde se filtró “el humo de Satanás”.

Las metas conciliares las fijó el papado de entonces. Actualización y ecumenismo. Para alcanzar dichas metas objetivas, era todo cuestión de fijar normas de conducta. Las mismas recayeron en gran parte sobre los obispos, cuya preparación ya expusimos.

¿Dónde estuvo el Espíritu Santo en el Vaticano II?

Alguien se preguntará cuál es la función del Espíritu Santo en todo esto. El Vaticano II puede dictar normas, ya que éstas no pueden tomar el carácter de leyes, dado que las leyes se basan en la costumbre. Aquí se buscaba con las normas, establecer costumbres nuevas. Fue lo que interpretaron sus seguidores cuando pregonaban un Espíritu del Concilio. Era el espíritu romántico de Herder y Hegel.

El sentido común

Si la ley del Derecho Canónico se basa en la costumbre, la norma en cambio se basa en el sensus communis naturæ. Un sentido que es común en el resto de los sentidos, dado que los unifica a todos. Es la conciencia de los sentidos, que hace aplicar una norma en el actuar, como algo evidente. Por lo tanto el sentido común aprehende la norma y la hace una práctica coherente. Por tanto el sensus communis establece una Kritic que lo hace universal.

Cuando se pasa al ámbito de la fe, el sensus communis naturae se transforma en “sensus fidei”. O sea el sentido común sobre la fe.

Cuando el papado de mitad del siglo XX, planteó un aggiornamento junto a un ecumenismo, se daba por descartado, que tanto el uno como el otro, implicaban costumbres nuevas, y estas en muchos casos, se ponían en manos de los obispos. Obispos cuya mayoría crecería con severas falencias teológicas.

Lo humano, lo divino y lo demoníaco

Tener sensus communis naturæ no pasa por el Espíritu Santo, sino por la lucidez o torpeza humana. En el ámbito del sensus fidei, tenemos tanto lúcidos como torpes. En esta torpeza se encuentra la naturaleza humana dañada y sostenida por el mismísimo demonio. Por su parte la lucidez, como la luz en el actuar, es de naturaleza divina:

Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación. (Sant. 1,17)

De este modo, la torpeza e insensatez, se transforma en escándalo. Bailar en una función religiosa, es mostrar perfecta locura. Su remedio es conocer la teoría dogmática que es la que fija la lógica de la cordura.

Los escándalos inevitables

La teoría que cedió al pastoralismo buscaba congraciarse con la época. Esto nos proporcionó grandes desubicaciones, las cuales cayeron en el escándalo general. Este escándalo llegó al papado. Bergoglio, fue un perfecto desequilibrado. Hacía tiempo que había perdido la cordura. Ni los psiquiatras pudieron llamarlo a la sensatez. Astutamente aprendió a cubrir sus falencias con un manto de piedad. Era el ejemplo viviente del típico hombre que pregona la teología protestante. Este porteño resentido, odiaba la teología, la cual pudo haber sido su salvación. Su desarrollo dialéctico fue su propia carta de defunción.

El Espíritu Santo nos da su luz, pero si elegimos las tinieblas del mundo, ya nada puede hacer.

La irrupción de la realidad

La normativa que apuntalaba los contradictorios objetivos conciliares, se basaba en la realidad de mitad del siglo XX. En la guerra, no se dan dos batallas iguales, pues el escenario siempre es distinto. Lo mismo pasa en el ámbito religioso normativo. La norma fija una conducta, pero su aplicación nunca será la misma. Aquí radica lo defectuoso de un costoso Concilio, realizado para lo fútil, pues tan solo pasada una década, la misma realidad lo podía dejar obsoleto. Y si vamos hacia un siglo, es mejor olvidarse que esgrimir sus normas.

La caída moral

La realidad mutó en obsoletas las normas conciliares.

La ignorancia de la teología llevó a la caída moral. La caída moral llevó a un amor por el mundo. El amor por el mundo llevó a la pérdida del sensus fidei. La pérdida del sensus fidei llevó a la pérdida del sensus communis naturæ. La pérdida del sensus communis naturæ llevó a las locuras y escándalos que vemos hoy en día.

De este modo, los obispos que elevaron hasta las nubes el Concilio, son los mismos que quedaron atrapados en su propia trampa.