El
11 de febrero del fatídico 2013, Benedicto XVI anunció ante sus
cardenales, que dimitiría al cumplirse el día 28. Mucho se ha
hablado sobre esta renuncia, hoy luego de ocho largos años,
comprendemos mejor lo sucedido, cosa que algunos no desean repasar en
modo alguno, y prefieren tener una venda ante los ojos.
La
renuncia de Benedicto XVI no debe analizarse aislada de otros hechos,
sino puesta en todo contexto, tanto dentro de las presiones de la
Mafia de San Galo, como de la increíble ocurrencia por parte papal,
para evadir este frente de tormenta, que los mafiosos le impusieron,
llegando incluso a la amenaza de muerte.
Luego
de este tiempo transcurrido, podemos decir que la renuncia fue una
innovadora reforma al papado, nunca antes vista, que el genio de
Ratzinger dedujo manteniendo en parte las ideas de sus primeros años,
cuando militaba en la modernidad conciliar.
Ratzinger,
reformó el papado y su doctrina, y en esta reforma papal, debe
leerse su renuncia, la cual no se encuadra en el Código de Derecho
Canónico. No estamos hablando de una reforma encuadrada en la ley
eclesial, pues la misma nunca se legisló. No estamos hablando de una
reforma proyectada y explayada al resto de los cardenales y obispos,
puesto que la mayoría de estos ni se percató de la misma. Estamos
hablando de una reforma realizada e impuesta de facto, tal
como se impuso el hecho de comulgar con las manos.
En
todo esto el Vaticano II tiene en parte su responsabilidad, o tal
vez, inclinaron la balanza las tristes costumbres que se desarrollaron
a partir de este Concilio, lo que en la jerga modernista, se tildó
del Espíritu del Concilio.
Ratzinger
apeló al Espiritu del Concilio, del cual siempre fue un
admirador, por no decir uno de sus tantos artífices. Si un obispo
renuncia y aceptada su renuncia queda como emérito; del mismo modo,
el Papa, que en la jerga eclesial es el obispo de Roma, puede
renunciar y quedar emérito. Una costumbre novedosa, lleva a un hecho
inédito.
La
novedad del obispo emérito, que renuncia a los 75 años, como algo
impuesto de antemano, se aplica a Benedicto XVI.
¿Cómo
se puede hacer esto apelando a la teología? Es lo que Benedicto XVI
hizo a la vista de todos.
El
punto crucial de esta reforma está en comprender que una cosa es el
oficio papal o el munus como se dice en latín, y otra cosa es
el ejercicio de dicho oficio, dicho en latín, el ministerium.
Todos aquellos que dicen que munus y ministerium son
sinónimos, demuestran una ignorancia supina al no distinguir el
oficio del ejercicio de dicho oficio. Para dar un ejemplo, un Papa
posee el oficio (munus), pero puede estar impedido por alguna razón
de ejercer el ministerium, tal vez por enfermedad. El munus
debe distinguirse del ministerium. Es una distinción
filosófica, pero claro, ¿acaso les podemos pedir a estos cardenales
que sepan hacer distinciones sutiles de ideas? Imposible, como todos
pueden observar.
¿En
qué se basa la reforma al papado? Fundamentalmente en que es posible
renunciar al ministerium y seguir ejerciendo el munus,
lo cual generaría el “papa emérito”, o el Obispo de Roma
emérito.
Esta
reforma fue explayada, a su modo, por Georg
Gänswein, el secretario privado de Benedicto XVI, del cual ya nos hemos ocupado en otra página.
La
causa de esta reforma, es el hecho que indudablemente, Benedicto XVI
no sabía como salir del atolladero en el cual se encontraba.
Entonces apeló a la teología teutona, inmersa en el
idealismo, donde el sujeto es superior y moldea la realidad. Así se
hizo efectiva la división entre munus y ministerium
papal en dos personas distintas. Benedicto renuncia al ministerium y
retiene el munus, del cual como él mismo afirma, “no es posible
salir”. Este es el motivo por el cual los voluntariosos que
confunden ambos términos navegan en el limbo.
La
reforma no es banal, pues ha cambiado el panorama de la Iglesia, y si
no se dan cuenta de esto, es porque no solo navegan en el limbo, sino
que están como los nautas de la Nave de los Locos que diseñó El
Bosco.
Una de
las consecuencias de la reforma, es que Benedicto al renunciar al
ministerium, sigue siendo el Papa efectivo, pues no renunció
al oficio, tan solo se niega ejercerlo.
Esto
debieron distinguirlo los responsables que llamaron al Cónclave de
2013, cosa que no hicieron, ni objetaron el mamarracho de una
declaración de renuncia escrita en latín y plagada de 48 errores,
ni le preguntaron si renunciaba al munus. Nada. Una iglesia
como La Barca de los Locos.
E la barca va.... llamemos al
cónclave.
La
segunda consecuencia de esta reforma, es que el jesuita peronista
Bergoglio, no es el Papa, pues su oficio lo está ocupando otra
persona, tan solo usa el ministerium del papado, sin ser papa
en realidad. ¿Antipapa? Más aún, hereje.
¿No
sé si se dieron cuenta que aquí sobra un papa? O Benedicto renuncia
efectivamente al munus y se viste de cardenal, o Bergoglio se
saca la sotana blanca y se disfraza con los atuendos de la
Pachamama. No existe otra opción, no pueden convivir dos papas en un
mismo recinto.
La
tercera consecuencia de esta reforma, es que fue hecha tan
solapadamente, que los cardenales, en su mayoría dormidos, como
siempre, no se percataron de nada, y recibieron todo, como cuando el
Tíber se llena de agua por las lluvias invernales.
La
cuarta consecuencia, es que al renunciar Ratzinger al ministerium,
deja la Iglesia en indefección y al borde del cisma, pues todos los
cardenales nombrados por el jesuita peronista Bergoglio, no son
con-validados por el Papa efectivo, a no ser que exista testimonio
válido de su persona a los mismos, pues el hecho de ir con Bergoglio
a visitarlo en su nombramiento, no alcanza para su convalidación.
Esto indica que si se realiza un Cónclave sin la presencia de los
cardenales no elegidos por el jesuita peronista Bergoglio, el elegido
será Papa.
Los
cardenales como el avestruz, pusieron su cabeza bajo tierra, si esto
no es motivo suficiente para que la saquen, la cosa se complica
sobremanera. Más aún si leemos la reforma que Juan Pablo II realizó
para la elección del papado, donde los cardenales eligen papa, pero
no pueden validarlo; y tal como se desprende de la interpretación
del Código de Derecho Canónico, el Cónclave, no es el único medio
para elegir un Papa.
¿Qué
otra cosa necesitamos para formalizar el cisma? Todos los
ingredientes están servidos sobre una bandeja.
Mientras tanto, la
Barca va...